La voz de la bolerista mexicana cautivó en una obra de danza contemporánea ofrecida en el Teatro San Martín
Bailando al son de la gran Elvira Ríos
Creada por Ana María Stekelman, ‘Bailando en la oscuridad’ formó parte en una retrospectiva de tres piezas presentadas en honor a la coreógrafa. A través suyo el legado de la artista azteca continúa.
La chispa creativa detrás de la obra ‘Bailando en la oscuridad’ -que vimos en su fugaz paso, de sólo cuatro funciones, interpretada por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín- surgió para Ana María Stekelman en un escenario tan cotidiano como inesperado: el consultorio del dentista. Mientras esperaba, una melodía envolvió la sala y, casi sin que ella lo notara, la transportó a un universo distinto.
Aquella música, que provenía del film ‘The Band Wagon’, de 1953, protagonizada por Fred Astaire y Cyd Charisse, evocaba una atmósfera de elegancia y nostalgia. Esa melodía no solo llenó el espacio, sino que despertó en Stekelman una serie de imágenes vibrantes que, como destellos, fueron hilando el germen de una futura coreografía.
Aunque el tema musical original de la cinta no fue utilizado, Ana María Stekelman decidió seleccionar tres boleros interpretados por Elvira Ríos, el ‘Youkali Tango’ de Kurt Weill y ‘La cumparsita’ para la banda sonora, porque estos temas evocan una profunda nostalgia y riqueza emocional.
LA VOZ DE LA NOLTALGIA
De la elección musical mencionada fue sin dudas la voz cálida, profunda y sincera de Elvira Ríos (1913-1987) la que motiva este recuerdo. Conocida en los escenarios como “La emocional”, “La voz de humo” y “La mujer barítono”, ocupa un lugar destacado en la historia del bolero mexicano gracias a su estilo inconfundible y a la intensidad con la que supo interpretar cada verso. Si bien se ha dicho que fue la primera mujer en atreverse a cantar boleros, esta afirmación ha sido motivo de debate entre especialistas: aunque existieron otras intérpretes femeninas en la escena musical de la época, Ríos innovó al dotar al bolero de una profundidad emocional y una presencia escénica que marcaron un antes y un después en el género.
Su aporte radicó en la capacidad de transformar la balada romántica en una experiencia intensa y personal, rompiendo esquemas y abriendo camino a nuevas generaciones de cantantes.

La voz de Elvira Ríos recorre algunos de los mejores momentos.
DESCUBRIDOR
El ascenso artístico de Elvira Ríos estuvo vinculado a dos figuras clave de la música popular mexicana: Agustín Lara y Emilio Azcárraga Vidaurreta. Lara, uno de los más grandes compositores de bolero y cronista musical de México, descubrió a Ríos cuando ella interpretaba en un café nocturno, donde incluso se atrevía a imitarlo, mostrando ya esa mezcla de osadía y carisma que la caracterizaba. De esa primera conexión nació una amistad y colaboración artística, que los llevó a grabar a dúo para el sello Vocalion los temas ‘Pensaba que tu amor’ y ‘Cachito de sol’ en 1936, registros que hoy son verdaderas joyas para coleccionistas y testimonio de una época dorada.
Por otro lado, Emilio Azcárraga Vidaurreta, pionero de la radiodifusión mexicana y fundador de la emisora XEW, brindó a Ríos la plataforma necesaria para que su voz alcanzara a públicos más amplios, invitándola a participar en programas musicales que consolidaron su popularidad. Tanto Lara como Azcárraga supieron ver en Elvira un talento singular, apoyándola en momentos clave de su carrera.
Los bailarines dibujan la coreografía de Stekelman y la voz de Ríos con versos de Javier Solis clama “Ven, mi corazón te llama/ ¡Ay! Desesperadamente/ Ven, mi vida te reclama/ Ven que necesito verte”. Y confiesa con los versos de Rafael Medina: “Si tuvieras cuatro vidas/Cuatro vidas serían para ti”.
Artistas como Eugenia León y Chavela Vargas han citado a Elvira Ríos como una de sus principales influencias, y sus interpretaciones siguen siendo un referente para nuevas generaciones de intérpretes. Su legado continúa inspirando a intérpretes y oyentes, recordándonos que la verdadera innovación surge de la valentía para ser diferente y fiel a uno mismo. Su historia nos invita a desafiar barreras y a creer en el poder transformador de la autenticidad.

Ana María Stekelman. Foto: Gentileza C. Furman.
