Arsénico, la punta del iceberg

Por Gonzalo Meschengieser

La reciente difusión del mapa de arsénico en el agua elaborado y relanzado por el ITBA volvió a poner sobre la mesa una problemática tan conocida como incómoda. En vastas regiones de la Argentina -y del mundo- millones de personas consumen agua con concentraciones de arsénico por encima de los valores recomendados para la salud humana. No es un tema nuevo. Sin embargo, cada vez que reaparece en la agenda pública, lo hace como si fuera una novedad, para luego volver a diluirse rápidamente entre otras urgencias.

Y ahí está, justamente, el problema: el arsénico es solo la punta del iceberg.

Durante décadas, el debate sobre la calidad del agua potable se concentró en unos pocos parámetros clásicos: bacterias, arsénico, nitratos. Pero el siglo XXI trajo consigo una realidad mucho más compleja. Hoy sabemos que en el agua -incluso en sistemas formales de abastecimiento- pueden encontrarse decenas, y en algunos casos cientos, de sustancias químicas que no están reguladas, no se miden de manera sistemática y rara vez forman parte de la conversación pública.

Un ejemplo paradigmático lo aporta un estudio científico reciente del Conicet y la Universidad Nacional de La Plata, publicado en la revista Environmental Toxicology and Chemistry, que analizó agua superficial en ríos y arroyos del Área Metropolitana de Buenos Aires. Los investigadores detectaron hasta 16 fármacos diferentes, incluyendo antiepilépticos como la carbamazepina, analgésicos como paracetamol e ibuprofeno, y fármacos cardiovasculares como el atenolol. En zonas urbanizadas, prácticamente todos los medicamentos buscados aparecieron en el agua, mientras que en zonas rurales los hallazgos fueron mucho menores. El estudio también mostró que incluso aguas que reciben descargas de plantas de tratamiento de efluentes contienen altos niveles de estos compuestos, evidenciando las limitaciones de las redes de saneamiento actuales y la magnitud de la contaminación por fármacos que queda fuera de los controles habituales. 

Este tipo de contaminantes, conocidos como micropoluentes emergentes, incluyen no solo medicamentos, sino también hormonas, metabolitos activos, hormonas sintéticas y residuos de consumo humano que llegan a los cuerpos de agua a través de efluentes cloacales, drenajes y escurrimientos urbanos. Las plantas de tratamiento convencionales no fueron diseñadas para eliminar estas sustancias, que pueden interactuar con los sistemas biológicos incluso a dosis extremadamente bajas.

Más allá de los fármacos, existen otras familias de contaminantes que ya han demostrado impactos reales en la salud y los ecosistemas. Las sustancias per- y polifluoroalquiladas (PFAS), utilizadas desde hace décadas en textiles, espumas antiincendios y envases, persisten indefinidamente en el ambiente y se han vinculado con diversos tipos de cáncer, alteraciones endocrinas y disfunción inmunológica en comunidades de Estados Unidos y Europa. En muchos países, el monitoreo de PFAS ha revelado que centenares de millones de personas estuvieron expuestas a niveles preocupantes en su agua potable.

Los disruptores endocrinos -como bisfenoles y ftalatos- interfieren con el sistema hormonal; los nitratos, a menudo asociados con la agricultura intensiva, se vinculan con trastornos como el síndrome del bebé azul y ciertos cánceres; y los metales pesados -plomo, mercurio, cadmio- siguen siendo una amenaza en lugares con redes viejas o descargas industriales. Todo esto sin mencionar los microplásticos y otros químicos industriales que se detectan cada vez más en cuencas urbanas y rurales.

Paradójicamente, gran parte de esta historia ya la conocemos. Como advertía el historiador Tony Judt, “el problema es que nos estamos olvidando del siglo XX demasiado rápido”. Lo mismo ocurre con los grandes debates sanitarios y ambientales: irrumpen con fuerza, generan alarma, producen informes y promesas, y luego desaparecen de la agenda pública mucho antes de que se tomen decisiones estructurales. Pasó con el plomo en las naftas, con el asbesto, con múltiples contaminantes industriales. Pasó con la pandemia. El ciclo de atención es cada vez más corto, mientras que los problemas son cada vez más persistentes.

Aguas oscuras

Hollywood, curiosamente, ha sabido narrar estas historias con mayor eficacia que muchos informes técnicos. Erin Brockovich expuso la contaminación con cromo hexavalente en California; Dark Waters reveló el ocultamiento sistemático de los PFAS por parte de una de las mayores empresas químicas del mundo; “A Civil Action” mostró cómo el agua contaminada puede destruir comunidades enteras. No son ficciones distópicas: son relatos basados en hechos reales que se repiten, con distintos nombres, en distintos países.

La pregunta, entonces, no es si el agua que consumimos enfrenta riesgos, sino qué estamos dispuestos a hacer frente a ellos. Seguir reaccionando contaminante por contaminante, escándalo por escándalo, o asumir que la calidad del agua es un desafío estructural del siglo XXI que requiere inversión, ciencia, regulación dinámica y, sobre todo, una ciudadanía informada.

El mapa del arsénico es valioso y necesario. Pero no alcanza. Necesitamos ampliar la mirada, actualizar marcos normativos, incorporar nuevas tecnologías de monitoreo y tratamiento, y aceptar que el derecho al agua segura no se garantiza solo con caños y plantas, sino con conocimiento y anticipación.

El arsénico es llamado de atención. Y todo lo que no estamos mirando todavía debería preocuparnos aún más. Porque cuando finalmente llega a la agenda, casi siempre es tarde.

* Médico Sanitarista MN. 117.793
CEO de la Cámara Argentina del Agua.