Una madrugada lluviosa del 3 de noviembre de 1992 moría un creador de lo que podríamos denominar poesía testimonial.
Una hemorragia digestiva masiva y un paro cardíaco posterior lo vencieron definitivamente a los 63 años, pues había nacido un 21 de abril de 1929 en Mendoza, sitio que llevó consigo, cualquiera fuese el lugar donde el destino o su lucha lo llevaran.
Actuó en política y a los 29 años fue elegido diputado provincial por la UCRI, el partido del Dr. Arturo Frondizi. Luego se afilió al Partido Comunista. Pero en lo personal somos ajenos a todo partidismo y queremos rescatar solamente al artista singular que fue.
El periodista Ezequiel Martínez nos cuenta que más de una vez el artista confesó una íntima esperanza, aunque inmediatamente se disculpaba por aquella cuota de vanidad.
Esperaba que un día, caminando por la calle, una mujer cualquiera se cruzara con él y lo identificara con una simple frase: “Ahí va el poeta”.
Nunca se sabrá si cumpllio ese sueño. Sí puede afirmarse, en cambio que ese poeta existió y se llamó Armando Tejada Gómez. En cualquier caso, la anécdota no dudamos que se hizo real entre aquellos que corearon “Todas las Voces Todas”, y transformaron en himno las estrofas del poeta.
La historia de Tejada Gómez, que se cerró con su muerte, sobrevive en las páginas que escribió, dentro de las poesías, prosa, canciones y una única novela, que transmitieron, a través de décadas, sus gritos contra la pobreza y en defensa de la dignidad.
Perseguido, amenazado de muerte y forzado al exilio, tuvo sin embargo el premio de contar con el reconocimiento de los grandes. “Su obra es un monumento de belleza y contenido”, dijo de él nada menos que Pablo Neruda.
Más de veinte títulos, entre los que se destacan “Tonadas de la Piel”, “Antología de Juan”, “Amanecer Bajo los Puentes” y una novela “Dios era Olvido”, conjugaron un definido lenguaje literario con una asombrosa facultad para contar y analizar las pasiones, las costumbres y los sufrimientos del pueblo latinoamericano.
-”Tengo 25 libros editados pero la cultura porteña me ignora. Claro, agregaba. No me perdonan mis canciones…”.
Sus letras pronto empezaron a tener un feliz matrimonio con la música. El grueso de su produccción se hizo melodía a través de César Isella: “Canción con Todos” y “Canción de Lejos” son algunos ejemplos.
También Ariel Ramírez y Gustavo “Cuchi” Leguizamón pusieron sobre el pentagrama los poemas de Tejada Gómez.
El primero en cubrir con música sus versos adolescentes fue Oscar Matus -quien fuera marido de Mercedes Sosa-. Tejada Gómez apenas si conoció a su padre, un gaucho tropero que murió cuando él tenía un año. Con la pobreza a cuestas, su familia se instaló en un pueblito del norte de Mendoza, y se dedicó a la agricultura.
En una escuelita rural -la única a la que fue en su vida- aprendió a leer y escribir. Las penurias económicas apretaban demasiado cuando él tenía 12 años, y ya a esa edad estaba enrolado en el gremio de la construcción, previa experiencia como canillita y lustrabotas.
Su primer contacto con la poesía se produjo con el Martín Fierro. Lo compró y lo leyó en una tarde.
Los versos de Tejada Gómez fueron consecuencia del dolor.
- “Creo que di con la poesía de frente, cuando tenía 15 años, el día que mataron a un hermano mío”, -recordó en una entrevista-. “Este desgarramiento que fue la muerte de mi hermano emergió días después en una oración, pero era un poema lo que estaba haciendo”.
Aquella experiencia fue como una bisagra en su vida. Tejada Gómez sintió que muchos hechos descraciados les ocurria no sólo por ser muy pobres, sino también por su ignorancia.
Entonces se introdujo en la biblioteca del pueblo y comenzó una lectura desordenada, pero furiosa, del primer al último estante. Por sus ojos entraron en torrentes Rubén Darío, Vallejo, García Lorca. Las voces que él quiso continuar.
Tal vez por eso nunca le gustó que lo encasillaran como un folklorista. Su poesía iba más allá y pronto se mezcló con arraigadas convicciones que lo llevaron a engrosar la lista de artistas prohibidos, junto a Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Horacio Guaraní. Partió finalmente rumbo a un prolongado exilio europeo. Cuando regresó retomó el camino del éxito. Porque su enorme talento estaba intacto.
Los siete años de exilio en España y las penurias económicas en Europa no le quitaron ni sus ideas ni su energía vital. Fue lo que se dice, un poeta militante. Pero acertado o equivocado, nadie puede negarle su desinterés y sus valores morales. Tuvo el mérito adicional de respetar las ideas ajenas. Jamás impuso las suyas.
Su mayor cualidad, decían sus amigos, era que Tejada Gómez era más fiel a la verdad, que a su propio ideal.
Y un aforismo para este hombre tan especial que combinó el arte con los principios: “Los valientes también temen. Pero siguen avanzando”
Una hemorragia digestiva masiva y un paro cardíaco posterior lo vencieron definitivamente a los 63 años, pues había nacido un 21 de abril de 1929 en Mendoza, sitio que llevó consigo, cualquiera fuese el lugar donde el destino o su lucha lo llevaran.
Actuó en política y a los 29 años fue elegido diputado provincial por la UCRI, el partido del Dr. Arturo Frondizi. Luego se afilió al Partido Comunista. Pero en lo personal somos ajenos a todo partidismo y queremos rescatar solamente al artista singular que fue.
El periodista Ezequiel Martínez nos cuenta que más de una vez el artista confesó una íntima esperanza, aunque inmediatamente se disculpaba por aquella cuota de vanidad.
Esperaba que un día, caminando por la calle, una mujer cualquiera se cruzara con él y lo identificara con una simple frase: “Ahí va el poeta”.
Nunca se sabrá si cumpllio ese sueño. Sí puede afirmarse, en cambio que ese poeta existió y se llamó Armando Tejada Gómez. En cualquier caso, la anécdota no dudamos que se hizo real entre aquellos que corearon “Todas las Voces Todas”, y transformaron en himno las estrofas del poeta.
La historia de Tejada Gómez, que se cerró con su muerte, sobrevive en las páginas que escribió, dentro de las poesías, prosa, canciones y una única novela, que transmitieron, a través de décadas, sus gritos contra la pobreza y en defensa de la dignidad.
Perseguido, amenazado de muerte y forzado al exilio, tuvo sin embargo el premio de contar con el reconocimiento de los grandes. “Su obra es un monumento de belleza y contenido”, dijo de él nada menos que Pablo Neruda.
Más de veinte títulos, entre los que se destacan “Tonadas de la Piel”, “Antología de Juan”, “Amanecer Bajo los Puentes” y una novela “Dios era Olvido”, conjugaron un definido lenguaje literario con una asombrosa facultad para contar y analizar las pasiones, las costumbres y los sufrimientos del pueblo latinoamericano.
-”Tengo 25 libros editados pero la cultura porteña me ignora. Claro, agregaba. No me perdonan mis canciones…”.
Sus letras pronto empezaron a tener un feliz matrimonio con la música. El grueso de su produccción se hizo melodía a través de César Isella: “Canción con Todos” y “Canción de Lejos” son algunos ejemplos.
También Ariel Ramírez y Gustavo “Cuchi” Leguizamón pusieron sobre el pentagrama los poemas de Tejada Gómez.
El primero en cubrir con música sus versos adolescentes fue Oscar Matus -quien fuera marido de Mercedes Sosa-. Tejada Gómez apenas si conoció a su padre, un gaucho tropero que murió cuando él tenía un año. Con la pobreza a cuestas, su familia se instaló en un pueblito del norte de Mendoza, y se dedicó a la agricultura.
En una escuelita rural -la única a la que fue en su vida- aprendió a leer y escribir. Las penurias económicas apretaban demasiado cuando él tenía 12 años, y ya a esa edad estaba enrolado en el gremio de la construcción, previa experiencia como canillita y lustrabotas.
Su primer contacto con la poesía se produjo con el Martín Fierro. Lo compró y lo leyó en una tarde.
Los versos de Tejada Gómez fueron consecuencia del dolor.
- “Creo que di con la poesía de frente, cuando tenía 15 años, el día que mataron a un hermano mío”, -recordó en una entrevista-. “Este desgarramiento que fue la muerte de mi hermano emergió días después en una oración, pero era un poema lo que estaba haciendo”.
Aquella experiencia fue como una bisagra en su vida. Tejada Gómez sintió que muchos hechos descraciados les ocurria no sólo por ser muy pobres, sino también por su ignorancia.
Entonces se introdujo en la biblioteca del pueblo y comenzó una lectura desordenada, pero furiosa, del primer al último estante. Por sus ojos entraron en torrentes Rubén Darío, Vallejo, García Lorca. Las voces que él quiso continuar.
Tal vez por eso nunca le gustó que lo encasillaran como un folklorista. Su poesía iba más allá y pronto se mezcló con arraigadas convicciones que lo llevaron a engrosar la lista de artistas prohibidos, junto a Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Facundo Cabral, Horacio Guaraní. Partió finalmente rumbo a un prolongado exilio europeo. Cuando regresó retomó el camino del éxito. Porque su enorme talento estaba intacto.
Los siete años de exilio en España y las penurias económicas en Europa no le quitaron ni sus ideas ni su energía vital. Fue lo que se dice, un poeta militante. Pero acertado o equivocado, nadie puede negarle su desinterés y sus valores morales. Tuvo el mérito adicional de respetar las ideas ajenas. Jamás impuso las suyas.
Su mayor cualidad, decían sus amigos, era que Tejada Gómez era más fiel a la verdad, que a su propio ideal.
Y un aforismo para este hombre tan especial que combinó el arte con los principios: “Los valientes también temen. Pero siguen avanzando”
