Argentina nos hizo muy felices

Dicen que la felicidad es efímera, que aparece con espasmos nomás. Que dura un instante, que es volátil. Gabriel Rolón asegura que todo no se puede tener, que no es posible acumular bienes para lograrla porque, siempre, algo te va a faltar. Argentina nos hizo felices desde que comenzó el ciclo de Lionel Scaloni, en 2021. Pero esta vez, contra España, no pudo pese a que nos llevó a creer que sí podía. Que era posible el milagro. Hasta el último minuto de los 120 de un segundo Mundial consecutivo de triunfos y emociones, nos ilusionó.

Existen cientos de estudios de universidades prestigiosas del mundo entero que afirman que la única felicidad posible, la verdadera, es la que se genera por los vínculos. Que no existe bien material, lujo, auto, casa, vacaciones, que puedan asegurarla. Este equipo de Lionel Messi y compañía creó una comunión con el pueblo que pocas veces vi en mi vida. Y eso que ya estoy grande, que lo vi campeón del mundo tres veces al elenco nacional.

Dice Pilar Sordo, otra prestigiosa analista de las conductas humanas que nunca, nadie, en los últimos días de sus vidas, le contó que fue feliz por algo material. Que, al borde de dejar este mundo, la gente le habla de sus hijos, de sus amigos, de sus seres queridos viviendo momentos de alegría. Del tiempo perdido, de lo que no pudo compartir, de eso se lamenta. Repite, la gente, eso de los vínculos.

Coincido con el asunto, con la conclusión de los psicoanalistas. Eso es la felicidad. Es estar con los míos viendo o jugando al fútbol. Riéndonos cuando la pelota entra en el arco o quejándonos cuando no entra. O, peor, cuando entra en el que no queremos que entre. Para mí la felicidad es gritar un gol con mis hijos, con mi pareja, con amigos o, incluso, con desconocidos. Y si es uno del Seleccionado nacional, en un Mundial, mucho más. Eso es sublime. Esta vez no pasó en la final pero fuimos felices durante los 39 días que duró la Copa del Mundo 2026.

Los jugadores españoles reconocen con su aplauso a Lionel Messi, el símbolo eterno de la Selección.

Ojo, esa felicidad que disfrutamos durante el Mundial no dista demasiado de la que vivimos cuando jugamos en un campito o debajo de la autopista a la pelota. Pero la diferencia, en este caso, es lo colectivo. Lo masivo del asunto. Todo ese tiempo, en las calles, nos hermana un sentimiento. El mismo que gozamos en la plaza desde chicos. Es idéntico más allá del paso del tiempo.

Para muchos puede resultar banal el fútbol. Y está bien, por supuesto, no todos somos iguales. Pero hay algo diferente en los mundiales y cuando le va bien al equipo de todos. En esos casos el sentimiento se agiganta. Porque ahí somos todos, o el 99 por ciento (nunca es bueno generalizar), iguales. Viendo las caras de los hinchas después del partido, oyendo los silencios y los ruidos en el barrio mientras transcurre el encuentro, es posible afirmar que estuvimos viajando juntos a lo largo de seis semanas hasta este domingo. Que la mayoría fuimos pasajeros del mismo barco.

No pasa nada igual con algo que no sea fútbol. No ocurre. Ni siquiera en los Juegos Olímpicos, ni en la mejor victoria de Franco Colapinto en la F1. No sucedió con la Generación Dorada, aquel histórico equipo nacional que fue ejemplo de ejemplos del básquetbol argentino. Con el fútbol es diferente. Mi tía Amarilis de 77 o mi mamá Aroma de 87, quien no conoce a Rodrigo De Paul, se sientan frente a la TV para ver a la Selección. Y llaman para felicitar o consolar a sus nietos, que esta vez lloran como muchos jugadores que todavía aparecen en cámara cuando la tarde se hace oscura fuera de casa.

En las calles también se celebra con lágrimas. Más tímidamente que en 2022, pero se agradece en masa. La gente no olvida. Este plantel de jugadores que comanda Scaloni nunca los dejó tirados. Prometió Messi y cumplieron todos. Con diez tipos en la cancha, contra una descomunal España, nos hizo creer hasta el final que podían ir a los penales y ser campeones de nuevo.  No fueron los primeros, pero sí son campeones.

No pasa en ningún ámbito algo similar.

Con la política ni hablar.  Ni siquiera cuando una fuerza supera a otra por una abrumadora diferencia. No sucede con los derechos que defendemos la mayoría. El tema de las universidades públicas, las leyes que a muchos nos parecen obvias, las causas que defienden el medio ambiente… Qué sé yo… Ni con los temas que creemos más nobles hay tanto consenso. Las grietas devoran todo en nuestro país.

Pero esta Selección saltó todas. Aquello de que el segundo puesto no cuenta suena absurdo por estas horas. Aquel término despectivo se instaló en el pasado y en estas tierras. Andá a decirle a Cabo Verde o a Italia, que hace tres mundiales que falta a la cita, que ser subcampeón del mundo no vale. Por eso a Messi, Dibu y el resto: muchas gracias. Nos hicieron felices por un largo tiempo y el recuerdo quedará para siempre.