Aquel pibe cantor hoy tiene su revancha
Artista desde niño, con destacado paso por certámenes de tango y ciclos de TV, Armando Duval regresa al escenario. A los 82 años se da el gusto de actuar con el quinteto del violinista Ramiro Gallo en un espectáculo que lo acerca a la estructura del teatro musical.
"Estoy muy entusiasmado, con muchas ganas. Esto que se presentó ahora es algo muy lindo, que hacemos entre amigos. La presencia de Ramiro (Gallo) es un lujo. Nos conocemos hace muchos años a través de mi hijo (el pianista y director musical Exequiel Mantega), que es amigo suyo. Siempre nos cruzábamos hablábamos de hacer algo juntos".
Armando Duval está henchido de emoción y no lo disimula. Este viernes a las 20 debuta con el espectáculo ‘Revancha’ en la sala mayor del teatro Border (Godoy Cruz 1838), a donde seguirá presentándose los viernes de marzo, y esta vuelta al ruedo significa mucho para él. Cantor de tango desde muy joven, las exigencias de la vida familiar hicieron que desarrollara otra profesión que lo alejó parcialmente de su vocación artística. "Aunque el amor por la música y el canto estuvo siempre, desde que nací", confiesa.
LA ESQUINA
Porteño de San Cristóbal, se crió en el límite entre esa barriada y Balvanera. "En mi familia paterna eran todos cantantes, incluso mi viejo...¡Imaginate! Desde la cuna que me acompaña el tango". En la esquina de México y Alberti donde paraba, los muchachos más grandes lo obligaban a cantar. "Llegaba la hora de comer y mi vieja me llamaba, pero los pibes le decían 'déjelo un ratito más, doña'".
De esos tiempos data su predilección por "el más grande de todos, Carlos Gardel", que en el altar imaginario de sus ídolos tangueros comparte estante con otro número uno, Alberto Marino. "Pero ojo que los respeto a todos, eh. No hay un cantante al que yo no respete", aclara con cierto aire bonachón.
Un día, a los dieciséis años, estaba entonando muy ensimismado para la muchachada cuando se le apareció Marino, al que Alfredo Gobbi había apodado "la Voz de Oro del Tango". Vecino del barrio (en esa época vivía en Saavedra entre México y Chile), Marino había escuchado hablar del pibe cantor y quiso verlo en vivo y en directo. "¿Qué tenés que hacer mañana a las seis de la tarde?, me preguntó. Pero yo a esa hora trabajaba; me permitían salir un rato antes sólo para ir a la nocturna". Siendo tan joven, Armando ya era empleado de la famosa cadena de sastrerías Modart, adonde ingresó a los catorce como cadete y se retiró 48 años más tarde como gerente.
"Había que llevar el mango a la casa. Mi viejo ya no estaba y yo tenía que mantener a mi vieja y a mi hermanita", se sincera con inocultable melancolía. Pero como no es de los que se rinden fácilmente, el incipiente artista le pidió la venia a su jefe y al día siguiente Marino lo presentó con su primer profesor de canto, "el maestro Domínguez, un ex tenor del Colón que atendía en Rivadavia y Rincón, frente al Café de los Angelitos". Nada menos.
LA LLAMA ENCENDIDA
A pesar del paso del tiempo y las demandas familiares, Duval mantuvo siempre encendida la llama del canto. En los últimos años, a través del trabajo en residencias para adultos mayores, en las que aún hoy actúa todos los días martes. Su cuñado, Blas Rimmaudo, dueño de varias instituciones geriátricas a través de la Fundación Grupo Montalto, lo convocó una vez a cantar para los residentes y no pudo parar. “Pasamos un lindo momento, me piden temas y yo se los canto”, relata, antes de engolar la voz y arremeter con los primeros versos de ‘Yira yira’: “Cuando la suerte que es grela…”.
Con el destacado violinista y director musical Ramiro Gallo, el cantor ya se había presentado en formato de concierto en Clásica y Moderna y Abra Cultural. “Pero esto es distinto, es teatro musical”, avisa. Del encuentro con el puestista y director general de ‘Revancha’, Augusto Alvarez, surgió una primera colaboración hace unos meses: la grabación de una live session de seis temas que dejó a todos contentos. “La sintonía entre Armando y Ramiro era evidente. Enseguida pensé que teníamos que hacer algo más”, cuenta. Grabaron otros tres temas, “¡y ya casi teníamos un disco completo! Entonces les propuse llevarlo al escenario”.
‘Malena’, ‘Nada’, ‘El cantor de Buenos Aires’, ‘Milonga sentimental’: vocalista y director musical delinearon un repertorio plagado de clásicos.
Si bien el espectáculo comprende mayormente tangos clásicos, la novedad reside en los textos que los hilvanan, en la puesta escénica, en los diálogos que se darán entre violín y voz. “Hay un juego constante de las emociones, que replica el juego natural que se genera entre Ramiro y Armando”, agrega Alvarez. El elenco de la obra se completa con el Ramiro Gallo Quinteto (Lautaro Muñoz, Adrián Enriquez, Santiago Vera Candioti, Joaquín Benítez Kitegroski) y la bailarina Morena Ortega, con asistencia de dirección de Catalina Gentile.
“Es lo mejor que me pudo pasar en este momento de mi vida”, se emociona el cantor. “Ya soy un hombre grande, tengo 82. A partir de este espectáculo volví a las clases de técnica vocal y el profesor me dijo: ‘no te podés quejar, tenés dos octavas completas (entre el grave y el agudo), a tu edad muy poca gente lo consigue’. ¿Qué más puedo pedir?”.
-¿Se ha cuidado mucho?
-Nunca fumé ni tomé alcohol, pero tampoco he tenido grandes cuidados con la garganta. Trabajaba de día y cantaba de noche, no paraba. Pero eso sí: a primera hora del día tenía la obligación de estar entre los maniquíes de Modart, porque yo manejaba las vidrieras y los desfiles de moda de las 65 sucursales.
‘EL NEGRO’ JUAREZ
-¿Qué recuerdos guarda de su debut profesional?
-Empecé después de ganar un concurso, ‘La huella del tango’, en Mosconi y Nazca, organizado por Héctor Mauré. Votaba el público y...esto nunca lo dije, sabés: le gané a Rubén Juárez, que salió tercero. Juárez tenía dos años menos que yo; gran tipo, con el tiempo se convirtió en uno de los mejores cantantes que conocí. Un día me vio adentro de una vidriera de Modart y se vino: “Recuerdo hasta con qué tango me ganaste. Cantaste ‘Por la vuelta”, me dijo, y se río. Habían pasado treinta años y todavía se acordaba”.
Antes de tener que cumplir con el Servicio Militar Obligatorio, Duval ya actuaba en ‘Patio de tango’, un local nocturno ubicado en Av. Corrientes y Uruguay donde compartía el escenario con Edmundo Rivero, Roberto Rufino, Alberto Marino, Jorge Durán, Raúl Verón. Con Roberto Goyeneche cimentó una amistad de muchos años pero nunca coincidieron en una presentación. La relación entre ellos nació a través de un compañero suyo de la sastrería que era sobrino del ‘Polaco’ y lo llevó a cantar a la peña El Tábano, en Saavedra, donde se lo presentó. “Me decía Armandito porque lo había conocido también a mi viejo”.
-¿Usted llegó a cantar con su padre?
-Sí, claro. A mi viejo le pasó casi lo mismo que a mí. Eran ocho hermanos (él, el mayor) y cuando murió mi abuelo tuvo que salir a laburar. Una pena, la verdad, porque era magistral como cantor.
-En aquellos años cada orquesta tenía su propia hinchada. ¿Cuál era la suya?
-Para mí el tango se llama Carlos Gardel y Aníbal Troilo. Tuve el honor de cantar con Leopoldo Federico, algo inolvidable. Fue en un concurso en Radio Splendid cuando murió Julio Sosa. Llegamos a la final Carlos Gari y yo. Pude haber seguido, pero me abrí. Me perdí una gira grande con Osvaldo Pugliese por Japón y Europa, a la que fui invitado por Abel Córdoba, a quien había conocido en el ‘75 cuando canté en ‘Grandes valores’. Esa vez fui a hablar con el gerente general de Modart y le expliqué. “Mirá, Armando -me dijo-. Yo sé que esto a vos te apasiona pero tenés un equipo grande a tu cargo y no te puedo dejar ir tantos meses”. Lo entendí y me quedé. Pero eso ya pasó. Ahora pienso en ‘Revancha’ y nada más.
