Año 1976: las “historias oficiales”
A medio siglo del último golpe militar sigue sin avanzarse un centímetro en la compresión de su sentido histórico
. Prueba de ello es que no se ha podido superar la etapa de las “memorias”, es decir, de los alegatos de facción. No hay una tesis mínima de lo ocurrido aceptable a la vez para “represores” y “terroristas” y la confrontación sobrevive en el debate público.
Caído el régimen militar, los partidarios de las “organizaciones armadas” machacaron con su versión casi sin rivales, pero de a poco comenzó a ganar espacio la memoria “completa”, es decir, el testimonio de las víctimas del terrorismo. El actual gobierno apoya esta última versión de la memoria.
Pero no se trata de un debate histórico/político limitado a intelectuales, historiadores o dirigentes partidarios. Hay todavía gente presa, toda perteneciente al bando militar, aunque ya muchos han muerto en la cárcel. Nadie, sin embargo, se anima a indultar a los pocos sobrevivientes para poner fin al asunto por temor a la repulsa del peronismo y los medios. Ergo, el conflicto no está latente, es decir oculto, sino vivo y a la vista. La grieta en todo su esplendor.
Para determinar la causa de la sucesión de “historias oficiales” hay que establecer primero qué pasó realmente. Los hechos, no los testimonios. En ese sentido conviene no olvidar que en los 70 la grieta se expresaba a los tiros. No había guerra “sucia”, ni guerra revolucionaria, sino una guerra de cuadros por el poder entre la guerrilla y las FF.AA.
La sociedad fue espectadora pasiva del salvajismo, pero finalmente se hartó y para marzo de 1976 anhelaba el restablecimiento del orden. Por eso el golpe no tuvo resistencia. Nadie vertió una lágrima por los terroristas. El 90% miró para otro lado y sólo se indignó moralmente años después cuando fueron difundidos los detalles de la matanza.
Con los medios ocurrió algo parecido. Los privados, en su mayoría diarios, se hicieron socios del “Estado terrorista” a través de Papel Prensa. Eso les aseguraba un insumo fundamental a bajo precio y a la vez estrangulaba con aranceles a la competencia que no quiso pactar con la Junta Militar. El diario sobre el que están escritas estas palabras no lo hizo.
Las radios y la TV eran casi todas estatales en aquellos años. Pasaron de ignorar las denuncias de personas que “desaparecían” a descubrir -después de la asunción de Raúl Alfonsín- tumbas NN de manera cotidiana.
Por último, la comprensión de lo ocurrido en marzo del 76 no avanzó, pero la realidad, sí. Los militares desaparecieron como factor de poder, porque cometieron entre otros errores el de considerarse una “casta” superior y aislarse de la sociedad. Cuando cayeron, nadie derramó tampoco una lágrima por ellos y quedaron a merced de sus enemigos. Exigían que los juzgara la Historia, pero terminaron condenados por tribunales ordinarios y están presos, muchos con domiciliaria por la edad. Una situación que debería tener presente la hoy llamada “casta” política.
