Alianzas y peligros en el diseño de Argentina
Por Miguel Angel Troitiño
Javier Milei habló por primera vez sobre el alineamiento con los Estados Unidos de Norteamérica e Israel durante la campaña presidencial del 2023. Su cercanía al rabino Shimon Axel Wahnish, su consejero y asesor espiritual, sumado a la devoción por la Escuela Austríaca de Economía, defensora del capitalismo de libre mercado, definieron en su pensamiento que el éxito de la Argentina dependería de alinearse a la primera potencia del mundo, líder del bloque y cultura occidental.
Su afinidad ideológica con el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, potenció su posición y ayudó a confirmar el cambio que le está imprimiendo a la Argentina.
Es muy importante resaltar que el actual “proyecto argentino” tiene sello de autor en Javier Milei y no en una evolución consensuada institucional del país.
Distinto es lo que sucede con Estados Unidos. Si bien liderados por una personalidad que impone, histriónica, disruptiva y verborrágica como la de Trump, el cambio geopolítico es consecuencia de un acuerdo interno a partir de interpretarse que el viejo modelo de globalización e intervención ilimitada dejó de funcionar para la economía norteamericana.
Tanto el Partido Republicano como sectores claves del Partido Demócrata coincidieron en que el estatus quo anterior era insostenible. El acuerdo institucional confirmó la necesidad de corregir el déficit comercial, proteger sus industrias críticas y dejar de financiar la seguridad de sus aliados ricos que no invierten en su propia defensa.
CAMBIO DE ESTRATEGIA
La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS), publicada en noviembre 2025, formalizó el giro, que sólo cambia la manera de ejercer su hegemonía en el mundo, entendiendo la necesidad de negociar equilibrios de poder directos, fundamentalmente, con su principal competidor: China.
En ello, y tomando como referencia el concepto de círculos concéntricos de seguridad de China, de Andrew J. Nathan, la estrategia norteamericana acepta y define al mundo actual dividido en espacios de influencia controlados por los poderosos.
La reciente cumbre entre Donald Trump y Xi Jinping en Pekín, los muestra negociando en un marco de interdependencia tecnológica y económica. Saben lo que quieren y conocen sus límites. Para Estados Unidos su espacio es el Hemisferio Occidental, y su Heartland, toda América.
El resto del mundo se negocia, aunque manteniendo el control de las vías de comunicación marítimas y sus nodos estratégicos, porque, parafraseando al corsario y escritor inglés Walter Raleigh (siglo XVI), “quien controla el mar, controla el comercio; quien controla el comercio, controla la riqueza; quien controla la riqueza, controla el mundo”.
Este diseño exige contar con socios que demuestren su valor y confianza. El ejemplo es Groenlandia, y el planteo norteamericano a sus socios europeos amenazándolos con apropiarse de la isla. La inmediata reacción, asumiendo el control de esa región, que implica neutralizar la proyección rusa sobre la vía de comunicación marítima ártica, demuestra la seriedad del planteo de la primera potencia y su aceptación inmediata por parte de sus aliados europeos.
ESTRATEGIA
En estrategia, la comunicación es directa, a través de mensajes que se deben interpretar y que siempre conllevan una respuesta. En abril de 2024, la General Richardson; en mayo 2025, el Almirante Holsey; en enero 2026; una delegación bipartidaria del Congreso de Estados Unidos (Comité de Energía y Comercio de la Cámara baja), nos visitaron, interesados en la Patagonia, en Ushuaia, en las capacidades portuarias, en la cooperación en defensa, en temas relacionados a lo energético y recursos estratégicos y, desde Washington, en la neutralización del avance de la influencia geopolítica de China en el cono sur y en la coordinación de la vigilancia marítima del Atlántico Sur.
¿Alguien tiene alguna duda del interés de Estados Unidos sobre el control del Atlántico Sur, los pasos bioceánicos, la proyección hacia la Antártida, la Antártida y los recursos naturales, tanto terrestres como marítimos, de la región?
Compartir el mismo origen cultural, pertenecer al mismo continente y estar bajo el área de interés de la primera potencia del mundo, nos obliga a comprender que no tiene sentido definirnos “enemigos” o “revolucionarios” opositores del capitalismo. No sería la respuesta correcta.
Hay que entender que, más allá de la afinidad ideológica y económica, siendo parte del diseño estratégico liderado por Estados Unidos, Argentina puede y debe diseñar y desarrollar su estrategia nacional que, como pieza clave de Occidente, contribuya al bloque desde el extremo sur de América.
No es sutil el mensaje norteamericano hacia nosotros, como tampoco lo ha sido hacia sus socios de la OTAN respecto a Ucrania. Es más, para que no queden dudas en los hechos, el fuerte apoyo económico a través del FMI y las acciones que favorecieron al éxito electoral del 2026 del gobierno libertario, invitan a pensar que nos prefieren sin crisis y socios para poder satisfacer sus intereses.
Pero en una sociedad, cada parte necesita que el otro demuestre fortaleza y confianza. Las dos características deben convivir, ya que la ausencia de una de ellas anula a la otra. A Estados Unidos no le sirve un socio débil y menos no confiable. Y esto no se resuelve con diplomacia, ni con afinidad personal. Los socios saben lo que quieren, conocen sus fortalezas y debilidades y esperan que, con su alianza, puedan suplir estas últimas.
Estar en el lugar, poseer un capital humano calificado, el conocimiento y experiencia de las características del espacio de interés y, finalmente, el potencial para desarrollarlo, constituyen nuestra fortaleza. La falta de desarrollo estratégico nos descubre imprevisibles, inconstantes y faltos de una continuidad de gestión, que permita el desarrollo virtuoso de políticas de estado. Todo ello nos presenta débiles y no confiables.
Argentina debe demostrar ser ambiciosa, pero no improvisada. Necesita un Plan Integral de Futuro, que la haga crecer fuerte y en libertad, para hacer de su economía una herramienta ordenada y sustentable, y para ofrecerse al mundo como un actor que puede y en el que se puede confiar, transformándose en contralor del Atlántico Sudoccidental y de todo lo que se realiza en la región; conectando la Patagonia al mar y a la Antártida, y todo ello al resto del país, para lograr una integralidad estratégica que potencie su política, su economía y su defensa, y, finalmente, defina su rol ante Occidente y el mundo entero.
Blindar las directrices de una Política de Gobierno requiere el diseño y formalización de un plan de largo plazo que, consensuado, asegure la continuidad de gestión más allá de Milei. Depender sólo de procesos eleccionarios, viciados con campañas desenfrenadas y manchadas de batallas personales superficiales, desorienta a socios e interesados, haciéndolos dudar y, en muchos casos, elegir otras opciones que se muestran más serias y seguras. La puja por acceder/mantener el poder político en la Argentina debe cambiar hacia la discusión de la mejor opción para cumplir con ese plan estratégico.
La evolución geopolítica mundial nos da una oportunidad de protagonismo que no debemos desaprovechar. Una alianza con Estados Unidos y un escenario mundial demandante y más carente, nos exigen estar a la altura, y no demostrar ser débiles y no confiables, ya que eso puede transformarse en un peligro para nuestra integridad soberana e identidad como país.
Las potencias no piden permiso para ejercer su poder, lo usan si es necesario para cumplir con su propósito, evitando que su rival, con el que compiten, lo use mejor.
Está en nosotros construir el poder necesario que exima a las potencias de imponer el suyo en estas latitudes. De ser así, ejerceremos nuestro rol ante el mundo y seremos un país más desarrollado, libre y confiable.
