Seguramente un día algún buen lector de relatos de viajeros y memorias sobre Buenos Aires y nuestro país nos hará una compilación de cómo vieron, en los siglos XVIII y XIX, a nuestras mujeres. A modo de adelanto, podemos afirmar que la gran mayoría les prodigó elogios, y algunos deslizaron comentarios no menos sorprendentes, como el de un británico que llegó a Buenos Aires con las invasiones y fue trasladado a Luján, donde observó a muchas señoras entretenerse despiojándose en la vereda durante una tarde de sol.
En la Gaceta Mercantil del 1 de abril de 1828 se anuncia, bajo el título "INTERESANTE. Al bello sexo": "En la calle Cuyo (hoy Sarmiento) N.° 100, se venden botellas de agua para el tocador, compuesta de los más exquisitos extractos de flores, elaborada según una receta recibida de París y últimamente de Lima. Destruye el paño y las pecas, como también las espinillas, barros y demás afecciones cutáneas; da a la tez un perfecto blanco, realzando el color natural de las mejillas entre rosas, suavizándola y tornándola tersa. Usada en el rostro, pechos y brazos, se consiguen las ventajas expresadas sin necesidad de resguardarse del aire ni de otras precauciones. Su olor es aromático y agradabilísimo. El autor se complace en señalar que las personas que hasta ahora le han honrado con su confianza no han podido sino elogiar las virtudes de este específico".
Del mismo día data este aviso: "Al bello sexo. Se acaba de surtir la peluquería situada en la calle de la Paz N.° 19 con diversas obras de cabello —añadidos, bucles, etc.— a la última moda y del mejor gusto. También se ofrecen flores artificiales, aceites y pomadas superiores a precios moderados. Asimismo se confeccionan pelucas a la romana para hombres, casquetes y resortes a la francesa. El profesor se complace en asegurar que los señores que gusten ocuparlo serán atendidos con el mayor esmero y dedicación posibles".
La lectura de estos avisos trae a nuestra memoria a doña Agustina Rosas de Mansilla, célebre por su pulcritud. Su hijo Lucio V. Mansilla la evoca así en sus Memorias: "La limpieza era en mi madre algo así como una obsesión. Si el agua dulce no abundaba, su ingenio la suplía... Mi padre no era muy aficionado a los perfumes; en esto no coincidía del todo con mi madre, que sahumaba sin cesar. Ella jamás padeció dolencias de cabeza. Él, sí. Algunas veces solía exclamar: '¡Qué fuerte está esto!' La casa, en efecto, los muebles, la ropa interior y exterior, todo estaba saturado de alhucema, benjuí, pastillas del Perú, pebetes, mezclas de toda clase y, además, de muchas flores: rosas y junquillos, claveles y violetas, nardos y jazmines, aromas y azahares, cedrón y cedrina...".
José Mármol, en su novela Amalia, afirma que "la importancia de esa joven, en 1840, no se la daba su hermano, ni su marido, ni nadie en la tierra; se la había dado Dios". Y agrega que, para proclamarla "la mujer más bella de su tiempo, es necesario que lo escriba la crónica contemporánea, para que algún día lo repita la historia de nuestro país, confiada en la pluma de escritores independientes e imparciales, con suficiente elevación de espíritu para estar por encima de animosidades mezquinas nacidas de afiliaciones partidarias o políticas".
Santiago Calzadilla la sitúa entre las "Beldades" de su época y escribió, a fines del siglo XIX: "Aquella Buenos Aires de edificación poco elevada, de casas amplias, de patios sevillanos sombreados por enormes parras y adornados con el gran brocal del aljibe de estilo árabe... aquella Buenos Aires, sin estos esplendores, sin estos bulliciosos festejos, sin las ruidosas celebraciones del Tigre ni el clásico desfile de bellezas pálidas en las noches de Palermo; pero cuyas reuniones animaban mujeres de extraordinaria hermosura, como Agustina Rosas, o tipos casi soñados —creaciones de poeta, diríase— como esa tucumana de gracia seductora que inspiró a Mármol las mejores páginas de su novela".
Doña Agustina fue una mujer excepcional que merece una biografía propia, pues hoy la llamaríamos una influencer de la moda; pero además ejerció la caridad de manera privada desde su hogar y a través de la Sociedad de Beneficencia, que presidió durante los años de gobierno de su hermano don Juan Manuel. Tras la caída de éste, jamás fue molestada. Vivió 82 largos años, no exentos de duras pruebas, y falleció acompañada únicamente de su hijo Carlos en Buenos Aires, el 29 de agosto de 1898. Dos hijos habían muerto en la infancia; Lucio Norberto se suicidó en Cádiz a los 20 años; Eduarda, la notable escritora, la había precedido en 1892; y el también llamado Lucio Norberto, que la sobrevivió, se encontraba entonces en Europa.
Este último la evocaba así en aquellos tristes momentos: "La memoria de mi madre se acentúa. Ya comienzo a vislumbrar que era bella. Llegará la época en que suelo mirarla extasiado, diciéndome a mí mismo: '¡Qué hermosa mujer, parece una diosa!'".

El retrato que Carlos H. Pellegrini hizo de Agustina junto a su hijo no hace sino confirmar lo que muchos años después escribiría ese niño retratado al lado de su madre. Agustina fue madre a los 15 años. Un óleo posterior de Fernando García del Molino viene a reafirmar todo lo señalado.
