EL ESCRITOR SANJUANINO SE OPUSO AL “PORTEÑISMO” EUROPEIZANTE
Adán Quiroga, poeta y científico
Casos hubo en las letras nacionales, en que las vocaciones tanto científica como artística, literaria para el caso, coexistieron en una persona discurriendo por distintos caminos. Uno típico es el del escritor salteño Juan Carlos Dávalos, profesor de Ciencias Naturales en el Colegio Nacional de Salta y estudioso de los insectos y plantas de su provincia como consta en los capítulos de su libro de 1947: Ensayos biológicos. Y también, algo más próximo, podría ejemplificarse con el platense radicado en Santiago del Estero, Jorge Washington Ábalos, autor entre otras obras de fantasía de la novela Shunko. El maestro rural Ábalos fue entomólogo, escorpionólogo, ofidiólogo y colaborador de los sabios Salvador Mazza en sus investigaciones sobre el Mal de Chagas y del Premio Nobel Bernardo Houssay.
Distinto ocurrió con Adán Quiroga Ovejero, sanjuanino por nacimiento e hijo de una madre de tradicional familia salteña. Alguien afincado desde la niñez en San Fernando del Valle de Catamarca -discípulo allí de Samuel Lafone Quevedo- quien mayormente en esa capital, como también en los alrededores, llevó a cabo sus investigaciones históricas, arqueológicas, lingüísticas y de ciencia folklórica, de la que fue con Juan Bautista Ambrosetti pionero en el país.
En cuanto a la diferencia con los aludidos al comienzo, radica en el hecho que la impronta lírica del poeta laureado en su tiempo como lo fue Quiroga, de algún modo impregnó sus trabajos científicos. Una circunstancia advertida por Lugones con elogio, pero que a otras personalidades les despertó críticas. Entre los segundos se cuenta Bartolomé Mitre.
Así pues en una carta fechada por el general el 24 de diciembre de 1897, luego de agradecer el envío de su libro Calchaquí, le observó sin dejar de valorar: “el nuevo continente que Ud. aporta a la arqueología argentina en la región Calchaquí”, que “siendo un trabajo serio de investigación y crítica le perjudica cierta forma poética o imaginativa, que podría extraviar el juicio del lector respecto de su verdadero carácter y de su mérito intrínseco como documento.” Y parece ser que otro tanto le objetó Lafone Quevedo, como que en una comunicación epistolar de Quiroga dirigida al descubridor de las ruinas de Quilmes, le manifestó a modo de arrepentimiento que había modificado el estilo haciéndolo más sajón, es decir despojado de adornos literarios.
CIENCIA Y LIRICA
Típico exponente de la Generación del Centenario que sucedió a la del 80, Quiroga vino al mundo en 1863, igual que su amigo y condiscípulo en la Universidad de Córdoba, Joaquín V. González con quien fundó el periódico literario La Propaganda y la hoja política El interior. El mismo año nacieron, por ejemplo, el pensador positivista y pedagogo correntino J. Alfredo Ferreira y el militar Manuel Prado, subordinado de Conrado Villegas en la Campaña del Desierto y autor de los libros Guerra al malón y La conquista de la pampa.
Adán Quiroga fue abogado, magistrado del Superior Tribunal de Justicia en Tucumán, político, periodista, poeta, historiador y uno de los iniciadores aquí del estudio y el desarrollo de las ciencias del hombre, así reconocido por Florentino Ameghino en su libro Doctrinas y descubrimientos.
En el plano ideológico, si bien fue un exponente del régimen conservador imperante, de hecho tuvo una mirada distinta al porteñismo europeizante. No sería ajeno a ello su identificación con las tradiciones y mitos nativos que rastreó y exaltó, desde la Chaya al Pucllai: “Como Grecia –explica- creó a Baco, juvenil y jovial, el indio creó a Pucllay, al viejo alegre, pintarrajeado, de cabellos canos, viejo verde, como se diría hoy, encarnación del juego, de la alegría, de la fiesta, y, más que nada, de la embriaguez, que más que un hábito fue una virtud”. Y desde el genio andino Llastai, la Pacha Mama y el kakuy, hasta la veneración popular tributada a la Virgen del Valle, marcando rumbos que prosiguieron Ricardo Rojas y después Carlos Villafuerte y Juan Oscar Ponferrada en sus Loores en cuaderna vía a la imagen de Nuestra Señora hallada en la gruta de Choya.
En el libro La cruz en América, objetó las teorías sobre un paleocristianismo en la América Precolombina, algo de lo que sin embargo pudiera dar indicio la cruz de Palenque referida en las páginas, donde en cambio Quiroga asimiló los cuatro puntos a los que apunta el símbolo crucífero con la lluvia benéfica. Prueba de que el también autor de Calchaquí o de Folklore calchaquí, no solo se retrajo en un gabinete sino que realizó trabajos de campo es la llamada en su homenaje “Urna Quiroga” exhibida en el Museo Etnográfico dependiente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, una pieza antropomorfa de alfarería perteneciente a la cultura santamariana extendida hasta Tucumán donde él la descubrió, atesoró y documentó el hallazgo.
OBRA BASICA
Sobre el antedicho Folklore Calchaquí, obra que a juicio de Juan Alfonso Carrizo vertido en Historia del folklore argentino (1953), es “básica e insustituible para conocer las pervivencias nativas y las supersticiones de las poblaciones del valle que se dilata desde Santa María (Catamarca) hasta Tolombón (Salta), hacia fines del siglo pasado”, su publicación iniciada en 1897, se completó con ilustraciones de Eduardo Alejandro Holmberg –hijo de su amigo el médico y naturalista Eduardo Ladislao Holmberg- por gestión de Ricardo Rojas en la Revista de la Universidad de Buenos Aires a veinticinco años de la muerte de Quiroga, ocurrida en Buenos Aires en 1904 cuando se disponía a cumplir funciones como Subsecretario del Interior del ministro Rafael Castillo, en la presidencia de Manuel Quintana.
Cabe atender a sus décadas vividas en nuestro interior profundo, para no extrañarse de que su ideario poco tuvo en común con la arrogancia de los vencedores de los pueblos originarios de la Patagonia, evidenciada por su contemporáneo, el nombrado Teniente Coronel Prado. Entre los vientos del positivismo al que no sería ajeno en lo metodológico y cientificista, se mantuvo lejos de los prejuicios raciales de su admirado Francisco P. Moreno -a quien dedicó junto a Lafone Quevedo y Juan Bautista Ambrosetti su libro Calchaquí en 1897- y del darwinismo social de Estanislao Zeballos convencido del predominio necesario de la raza blanca sobre “el peligro indígena” de Calfucurá y la dinastía de los Piedra.
LO INDIGENA
Quiroga por el contrario se situó distante del lema “Civilización y barbarie”. Mostró un hondo respeto y hasta veneración por lo indígena y el mestizaje hispano criollo y así expresó: “apartar al indio de la historia es desdeñar nuestra historia, renegar de nuestro nombre de americanos”. O bien: “A cada década de la historia de la raza calchaquí corresponde un acto de heroísmo. En su lucha de siglo y medio en defensa del suelo nativo”.
En esa senda reivindicatoria de lo aborigen coincidió con el riojano Joaquín V. González preguntándose con él, por qué desidia intelectual o más exactamente por qué desprecio, gestas de resistencia al dominio español durante la Conquista, como la de Don Juan de Calchaquí, extrañamente no inspiraron poemas épicos de estilo homérico; hexámetros dactílicos más que merecidos por los “idólatras de su propia libertad” en palabras del historiador jesuita del siglo XVIII Pedro Lozano.
Asimismo, como puntualizó Bernardo Canal-Feijóo, discutió sin temores reverenciales el antiindigenismo de Sarmiento: “Estoy en la más completa disconformidad con las ideas de nuestro gran publicista, que, atendidas, quitarían a nuestra naciente historia la más rica e inextinguible fuente de sus investigaciones, a la ciencia elementos valiosos y a la poesía luminosos motivos.”
Resultó profético en esto; otro poeta de su generación captó esos “luminosos motivos”, haciendo una excepción al vacío en la literatura épica local que lamentaron Quiroga y González en La tradición nacional. Así la Musa Calíope inspiró a un contemporáneo suyo, también abogado, escritor, periodista y político: el salteño José Arturo León Dávalos, a homenajear al mítico Jefe de la Confederación Diaguita en las coplas encadenadas de “La Muerte del Cacique Don Juan de Calchaquí”, presentes en su libro Recreaciones poéticas, publicado en Valparaíso en 1876.
Quiroga que sin descuidar en ocasiones la veta elegíaca y épica, cantó con acento lírico y sutil en celebración de las aves cordilleranas como la reina mora, podría sugerir en alguno de sus versos, sin llegar a la poesía social a lo Lugones de las rebeldías juveniles en La Montaña: “¡Odia pueblo! La faz se hermosea/ cuando hay fiebres de odio en el pecho!”, Fernández Espiro o el contertuliano de este y del socialista Mario Bravo en el café de Los Inmortales, Felipe Torcuato Black en Cantos de bronce, una cierta identificación con las tristes realidades de los nativos pobladores catamarqueños apaciguados ya sus genes insurrectos; pero víctimas seculares del despojo en su propia tierra y resignados a carecer de una vivienda digna:
“Yo soy de aquellos que sin el rancho/ de los faldeos no tiene casa;/ de esos que saben por los meleros/ que es atamiski cuando se canta./ Yo soy de aquellos que aman los bosques/ oyendo el ruido que hacen las hachas,/ de esos que quieren los cuatro horcones/ del no envidado techo de paja.”
Versos marcados con la solidaridad para con quienes estaba lejos de cumplirse la admonición a las oligarquías terratenientes de José Hernández: “Debe el gaucho tener casa,/ escuela, iglesia y derechos”.
TENSIONES
Al comienzo de esta nota se entreabrió una ventana respecto a las tensiones que suscitaron en el ánimo de Adán Quiroga su verbo lírico al filtrarse en estudios de la prehistoria local. Sucede que al tiempo que excavaba para hallar restos de antiguas culturas de la región, latía de manera inevitable su corazón de poeta, autor en 1893 del título Flores del aire editado en Buenos Aires por la imprenta de Pablo E. Coni e Hijos, libro que se reimprimió ampliado en 1913. (Un ejemplar de 1893 se conserva en la biblioteca de la Academia Argentina de Letras).
“Yo nací poeta” le confesó a Leopoldo Lugones, autor más tarde de un prólogo para la reedición póstuma de Calchaquí que tramitaron sus hijos y su viuda Delia Gómez Acuña. Y a renglón seguido continuó confidenciándole a Lugones: “Mis Flores del aire me serán siempre más queridas que todo”.
CON LUGONES
Por su parte el creador de Los crepúsculos de jardín evocó en ese prólogo el encuentro inicial con él:
“Fue a visitarme espontáneo, presentándose por su cuenta: Soy Adán Quiroga -y bastaba- en el hotel donde acababa yo de apearme para una inspección postal. Invitóme, modesto de sus letras como todo buen escritor, a visitar en su casa aquella noche la magnífica colección arqueológica que había formado. Era el motivo inicial, acaso el pretexto, como que después de ver algunas piezas capitales, pusímonos a hablar de versos hasta las tres de la mañana. Y al despedirnos, buenos amigos ya, epilogó con dulce ironía: -Cuando viene un mal poeta, ocurre precisamente lo contrario: pasamos la noche hablando de arqueología...”.
Y continuó el prologuista, en mucho el Lugones que se mostraría interesado por la antropología y la paleontología en el “Elogio de Ameghino” de 1914, poniendo en palabras la admiración que le dictó el espíritu poético de Quiroga conjugado con el patriotismo que traducía ahondar con sus propias manos en el subsuelo de la patria:
“Sentimental hasta lo apasionado, su propia obra científica nació del culto a la patria de sus amores. Y así como tituló la colección de sus poesías, que había ido derramando sin más propósito que aliviarse el corazón -tal cual sus melodías de la soledad del flautista serrano- con el nombre delicado de la flor del aire, por ser ella tan propia de la montaña natal donde anuncia la primavera, puso a este libro el de la trágica nación de los cerros, no menos ríspida en su heroísmo, y no menos desolada en la inmensidad de su desventura. Quería entrañablemente esa tierra calchaquí de los contrastes, donde el peñón más rudo alberga en la grieta todavía hollinada por el fuego primordial, el enjambre de abejillas inermes. Y sondeando la tumba antigua donde yace la momia en su tinaja, o la ruina de la encumbrada fortaleza que fue el pucará donde se defendía la libertad hasta morir, conforme al voto del rayo, formulado por las hachas de piedra; estudiando en la decoración del cántaro pintado el enigma jeroglífico; aplicándose a indagar la petrografía de la gruta; explorando también de monte en monte la geología formidable; extrayendo la tradición genuina como una peca de oro entre la ya bastarda superstición de los labriegos, su alma sensible ponía en todo, a semejanza de la abeja montaraz, aquella gota de miel que enternece el corazón del peñasco.”
JUICIOS POSTUMOS
Aparte de Rojas que le dedicó varias páginas en el primer tomo de Los Modernos en su Historia de la Literatura Argentina, donde destacó que en 1893 tradujo el Canto Secular de Horacio, admitió: “Si Adán Quiroga solo hubiera escrito Flores del aire, su nombre tendría un sitio en nuestros anales literarios” y donde lejos de la crítica que le formularon Mitre o Lafone Quevedo, elogió en cambio en el polígrafo que “puso intuición de poeta en sus trabajos arqueológicos y que llevó a sus cantos de poeta la emoción de su especialidad científica”; Enrique E. Rivarola, de los primeros en elogiarlo: “Sus Flores del aire no se marchitarán en mi biblioteca”; o Tomás de Lara que sostuvo sobre su poema “Calchaquina” que debería figurar entre las cien mejores poesías argentinas, quizá fue César Carrizo quien más extensamente estudió su poesía. Lo hizo en “La Musa de Adán Quiroga”, un trabajo dado a conocer en el número 1703 de la revista Caras y Caretas correspondiente al 23 de mayo de 1931.
Este novelista riojano de trayectoria docente en la ciudad de Buenos Aires y en la bonaerense localidad de Quilmes, antiguo colaborador de la revista Mundial que dirigía Rubén Darío en París, expresó del poema de Quiroga premiado en 1903 por la Academia Literaria del Plata en el Certamen Literario Hispanoamericano “Canto al Ejército de los Andes”, una composición que aplaudió en su momento Guido Spano: “Comparado con ‘El Nido de Cóndores’, de Andrade, y con ‘Los héroes’, de Leopoldo Lugones, -si posible fuera la comparación-, no diremos que es más o menos hermoso, sino que es más humano, menos alegórico, está más al alcance de nuestros ojos y de nuestro corazón.”
En el homenaje a la hazaña sanmartiniana de los Andes, en la admiración por las heroicidades a cargo de indómitos caudillos indígenas, tanto como en el amor por la naturaleza viva y renovada ante sus ojos abrevó su estro poético, fructificado en versos tan límpidos como cubiertos de polvo los restos arqueológicos dormidos en las capas arcillosas de los territorios del noroeste argentino que Quiroga supo rescatar.
