ARA General Belgrano
Señor Director:
El ARA General Belgrano no fue sólo un buque, fue un símbolo de acero envejecido sobre el que se sostenía la dignidad de la patria. Navegaba con la serenidad de los veteranos, consciente de que cada travesía podía ser la última, pero decidido a cumplir su deber. Los torpedos que lo alcanzaron, clausuraron con honor su camino, lo salvaron del destino que podía venir acompañado de esos menesteres menores de oxido, chatarra y olvido.
Murió como un buque de guerra sueña morir, con sus hombres. El casco se quebró, las cubiertas se abrieron, y el océano reclamó su tributo, pero en ese instante se encendió una llama que no se apaga, porque los hombres del Belgrano no se rindieron. Se aferraron al deber, al honor, a la certeza de que morir en combate es también vivir en la memoria. Su sacrificio no fue inútil, fue testimonio de virilidad, de coraje, de fidelidad a la bandera que flameaba sobre el mástil. El mar los guarda, pero la patria los recuerda. El Belgrano descansa en el fondo del mar como un guerrero dormido, las hélices inmóviles, la artillería callada, las cubiertas rotas, pero con la gloria intacta. No hay derrota en su hundimiento, sino grandeza. No hay silencio en su tumba de agua, sino un eco que resuena en cada puerto y en cada argentino que sabe que la patria se defiende hasta el último instante como él, con sus hombres, lo hizo.
JOSE LUIS MILIA
