LA FERIA DEL LIBRO Y UNA MEMORIA HISTÓRICA SELECTIVA

A vueltas con la censura

Las autoridades de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires quisieron, para esta 50ª edición, poner el foco en la memoria y la censura, con varias actividades, entre ellas una muestra sobre libros prohibidos durante la última dictadura, una maratón de lectura y mesas de debate sobre el asunto. Parece haber una pretensión de alzarse como salvaguarda de la memoria. Sin embargo, la Fundación El Libro, que organiza la muestra, olvida que ella misma también incursionó en esas prácticas de censura que ahora denuncia, y no hace tanto tiempo, lo que invita a preguntarse si es, en verdad, el pluralismo lo que se pretende defender.

Son varias las ocasiones en que la Feria fue escenario o se vio salpicada por los intentos de “cancelación”. Podrían citarse protestas airadas que interrumpieron la expresión de oradores (2025) o el intento de exclusión de Mario Vargas Llosa (2011) por parte de intelectuales cercanos al gobierno kirchnerista que se oponían a sus críticas al populismo.

Pero hay al menos un caso en que fue responsable directa de la cancelación del documental Será Venganza (2018), del Centro de Estudios Salta, que estaba a punto de estrenarse en una de sus salas, como estaba acordado, y cuya proyección fue prohibida a último minuto por la Fundación El Libro a pedido de organismos de derechos humanos.

El documental denuncia el uso político de la “memoria histórica” -en verdad, una revancha ideológica- para ejecutar una persecución jurídica contra integrantes de las Fuerzas Armadas, hasta el punto de avasallar por la vía judicial los más elementales derechos humanos de hombres que ya son ancianos. Y todo eso, como conviene a la hipocresía reinante, en nombre de los “derechos humanos”.

El hecho de que la Fundación El Libro se haya prestado a prohibir ese documental (disponible aquí: https://www.youtube.com/watch?v=pXIioVaKJt8 ), con el argumento de que la película cuestionaba un supuesto “consenso social” sobre lo ocurrido en nuestros trágicos años setenta, es una mancha para su propia trayectoria.

Demuestra que la censura no es solo un recuerdo histórico, sino una herramienta activa en el presente para consolidar esa “memoria histórica” antojadiza y deformante sobre los años setenta, que es, en definitiva, un montaje interesado, una gran mascarada.

Olvidando aquel episodio, las autoridades de la Feria despliegan un espacio de memoria que incluye la muestra Censura planificada. Los libros en la mira de la dictadura militar, con curaduría de Judith Gociol, así como una maratón de lectura y mesas de debate, con el objetivo declarado de reflexionar sobre el papel de la industria editorial en contextos represivos. ¿Y el contexto represivo del presente?

La Feria del Libro, es justo reconocerlo, ha dado lugar en años recientes a voces críticas sobre la forma en que se narra el pasado. Pero, si no ha dudado en imponer prohibiciones, ¿puede ser la censura de antaño tan extraña? ¿O lo que verdaderamente no se tolera es aquello que la censura -supuestamente- se proponía defender? Si se atiende a lo expresado por Gociol en estos días, da la impresión de que es esto último. “Se prohibía en defensa de la Constitución Nacional, de la familia, de la patria y de los valores occidentales y cristianos”, enumeró.

La premisa para este año es abordar la cancelación "en diálogo con el presente". Y el presente está atravesado por nuevas formas dictatoriales de corrección política y cancelación, que lo que buscan es decidir qué voces tienen derecho a escucharse y cuáles deben permanecer silenciadas, qué parte de la historia debe iluminarse y cuál debe permanecer en una conveniente sombra.

Etiquetas como “negacionistas”, “progenocidas” o contrarios al “consenso social”, que se usan como armas arrojadizas, buscan eso: sepultar todo cuestionamiento a la versión canónica del pasado, pero también toda legítima pregunta sobre cómo son los juicios en el presente, que es a lo que apuntaba el documental.

Si de verdad la intención en la Feria es rescatar autores silenciados, deberían comenzar por garantizar un espacio genuinamente plural, no uno selectivo. A menos que la selección de lo que va a escucharse sea importante y entonces todo el asunto de la censura en dictadura sea una mascarada para ocultar el tráfico de ideología.