En Argentina, como en otras partes del mundo, el socialismo marxista ha perdido gran parte de su vigencia, ha sido reemplazado por un conjunto de ideas como la igualdad, el estatismo, el asistencialismo, el nacionalismo y el anti individualismo, las cuales conservan influencia política y cultural.
Estas ideas se reproducen especialmente en ámbitos intelectuales y sostienen, entre otras creencias, que la riqueza se origina en la explotación de los pobres, que la tecnología perjudica al trabajador y que las grandes empresas empobrecen a la sociedad.
Son algunas de las ideas que el presidente Milei cuestiona. Los datos que ofrecen quienes las aceptan están totalmente divorciados de la realidad y no corresponden con ella porque estas ideas son socialistas y el socialismo es imposible.
Ya se demostró en la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) y en muchos otros países: violan los principios fundamentales que hacen viable a la sociedad, la cultura, y su progreso material y ético. Sus metas son prácticamente irrealizables, salvo que se apele al terror sobre una población indefensa, como sucede aun hoy día en Corea del Norte o Cuba.
PROPIEDAD PRIVADA
La historia muestra que no es la propiedad privada de los medios de producción -como sostenía Marx- la que frena el progreso, sino por el contrario la falta de instituciones capaces de favorecer la acumulación y concentración de capital, aumentando el capital disponible por trabajador y consolidando y perfeccionando la propiedad privada.
Sin propiedad privada no pueden desarrollarse plenamente las asociaciones voluntarias, las actividades profesionales independientes ni la iniciativa creadora. Cuando desaparece la posibilidad de elegir libremente, también el trabajo deja de ser verdaderamente libre: desaparece el mercado laboral y las personas quedan obligadas a someterse a las decisiones de quienes concentran el poder.
Ese proceso tiende a una creciente concentración del poder político y económico, hasta desembocar en formas de organización totalitarias. En este sentido, el socialismo marxista y el nacionalsocialismo, aunque diferentes en algunos aspectos, compartieron una fuerte tendencia a subordinar al individuo al poder colectivo.
El punto crucial es que el retorno de gobiernos nacionalistas, fascistas, socialistas o proteccionistas puede favorecer nuevamente la concentración de poder en el Estado, debilitando los derechos individuales e interviniendo en la economía en beneficio de corporaciones y grupos de presión.
En todos ellos subyace una crítica a la sociedad abierta y una tendencia a ampliar la autoridad estatal, sin ofrecer necesariamente una propuesta constructiva concreta. La experiencia histórica argentina permite sostener que estas políticas han tendido a frenar la productividad, la innovación y la capacidad de competir internacionalmente, al generar condiciones políticas y culturales poco favorables para el desarrollo empresarial y la iniciativa individual. Siempre hay problemas persistentes de productividad, innovación, asignación de recursos y abastecimiento, especialmente cuando la planificación estatal sustituye al mecanismo de precios y a la competencia.
La pregunta que no se han hecho -o no parecen hacerse- quienes cantan loas a las políticas socialistas o socialistoides es por qué la experiencia histórica muestra que, una y otra vez, esos sistemas terminan reintroduciendo incentivos, mercados o formas de propiedad privada para elevar la productividad.
La creatividad no depende únicamente de los recursos materiales, sino también de la autonomía individual, la competencia entre ideas, la libertad de asociación y la existencia de una sociedad civil relativamente independiente del Estado.
Cuando se introducen cambios en esa dirección, como ocurrió en China a partir de las reformas iniciadas a fines de la década de 1970, mediante una progresiva ampliación de los mercados, de la competencia y de diversas formas de propiedad privada, comienzan a aparecer transformaciones propias de una economía más descentralizada.
Entre ellas pueden señalarse el fortalecimiento de la sociedad civil, una mayor diversidad y pluralismo, cambios culturales asociados con la modernización y, junto con ellos, nuevas demandas de libertad y participación política.
NACIONALISMO PERIMIDO
Ignorando que el capitalismo creó una sociedad global e interdependiente, sectores opositores en Argentina siguen atados a un nacionalismo perimido. Hoy los problemas son globales y requieren miradas consensuadas e integradas al mundo. Ya no se puede escapar a los problemas que establece esta experiencia única.
A nivel político se está haciendo imprescindible el sistema democrático por la necesidad de decisiones coordinadas ya que afectan a todo el mundo. Se engaña con la promesa de igualdad, cuando esta nunca ha existido plenamente en ninguna sociedad conocida. La única igualdad institucional posible consiste en estar todos sujetos a un mismo marco normativo, consensuado y revocable, al que también debe someterse el gobierno. Ese marco siempre será imperfecto, pero puede mejorarse o empeorarse.
El candidato del kirchnerismo más firme para competir con Javier Milei por la presidencia es Axel Kicillof. Sus ideas no coinciden con el liberalismo, por eso mismo si tuviera éxito en las elecciones como otros candidatos de la oposición de ideas similares, constituiría un peligro para el avance que se intenta hacer en la Argentina.
Jamás se podría progresar con la idea básica de confiar demasiado en la capacidad del Estado para solucionar problemas económicos y sociales ni considerar al mercado y al sector privado como ámbitos que necesitan una regulación estatal intensa.
Poner mucho énfasis en la redistribución y ampliación de derechos, pero menos en los incentivos económicos, la propiedad privada y la libertad contractual, favorece el crecimiento de burocracias, regulaciones y grupos de interés, parte de lo que tanto el presidente como muchos argentinos desean cambiar.
Hay una diferencia esencial entre una idea base del Gobierno actual y casi todos los demás candidatos: ellos interpretan los problemas económicos desde una perspectiva de conflicto distributivo, mientras que esta administración de tendencia liberal, tal como Alberdi deseaba, pone mayor énfasis en las reglas institucionales, los incentivos y la creación de riqueza.
En las elecciones del 2027 la economía ocupará un lugar muy importante y del resultado dependerá en gran medida el curso de de los problemas económicos, obviamente también el de los problemas sociales y políticos. El futuro será, en buena medida, hijo de lo que hagamos y de lo que aprendamos de nuestras acciones: de nuestros errores tanto como de nuestros aciertos.
Pero no será enteramente obra nuestra, porque también estará condicionado por fenómenos naturales y circunstancias que escapan a nuestro dominio. Vivir es, en definitiva, actuar, aprender, corregir y volver a intentar en un mundo cuyo curso nunca podemos controlar por completo.
