En 1842 el británico William Mac Cann, de cuyo nacimiento y muerte no tenemos información, arribó al Río de la Plata interesado en la suerte “de un gran número de inmigrantes a Buenos Aires” de una comarca a la que se “sentía íntimamente vinculado por diversos motivos”.
Si le preocupaba la suerte de sus compatriotas, parece que también tuvo un negocio en el que la fortuna no lo favoreció y regresó en 1845. De este viaje publicó un folleto de casi 60 páginas (nunca lo vimos traducido) con interesantes datos de Montevideo, aparecido al año siguiente en Liverpool: The present positicion of affairs in the River Plate. Fue firmado con el seudónimo de A. Merchant.
Volvió nuestro personaje a Buenos Aires en 1847 y realizó un recorrido por la campaña bonaerense que comenzó el 29 de abril de 1847 rumbo a Quilmes y retornó al punto de partida el 11 de junio tras recorrer 200 leguas. Sumó poco después otra proeza al recorrer Santa Fe y el litoral sumando otras 570 leguas, siempre a lomo de caballo. Esto dio como resultado el libro Viaje a caballo por las provincias argentinas, editado en 1853 por la librería londinense Smith, Elder & Co.
Observador minucioso y agudo describió el paisaje local, las costumbres de sus habitantes, lo distintos aspectos de la vida cotidiana especialmente en las actividades rurales, en las cuáles con el esfuerzo del trabajo -como se verá más adelante- se podía progresar con bastante rapidez.
Se alojó en establecimientos rurales de británicos, en su mayoría, allí a la luz de los fogones y dialogando en su idioma, se guareció muchas noches de las inclemencias del clima, o del peligro de pernoctar a campo descubierto por la posibilidad de algún animal salvaje, también de la soledad inmensa de la llanura, en esos modestos cascos, que fueron con el tiempo réplicas de las casas rurales británicas.
MR. MURRAY
Una interesante descripción del progreso de los inmigrantes es la que hace de Mr. Murray, “que vivía en la costa del río Salado… las orillas de río, en las proximidades de Chascomús, se hallan densamente pobladas por súbditos británicos, principalmente irlandeses, que se dedican a la cría de ovejas. En su mayoría son propietarios de las majadas; unos las tienen en sociedad, otros como únicos dueños. Es singular que casi todos los irlandeses sean naturales del Condado de Westmetah. Cuando uno de ellos llega al país, pobre e ignorando la lengua, las costumbres y el modo especial de trabajar en el campo, trata de emplearse en casa de algún compatriota. Si es sobrio y laborioso, pronto ahorra dinero y en lugar de seguir como simple cuidador de ovejas, las compra por su propia cuenta y se asocia con otros connacionales para adquirir una majada”.
El otro aspecto es la hospitalidad de Murray que andaba por los 70 años: “Tenía varios hijos e hijas y todos llevaban una vida feliz y próspera. La casa no estaba todavía provista de comodidades, pero se nos hizo una cordial acogida. Así que llegamos, mataron un cordero y mandaron buscar vino. Después nos regalamos con asado y puchero, zapallos, pan y té. Nuestra llegada pareció hacer revivir el fuego de la juventud en el ánimo del buen viejo que no retuvo hasta la medianoche con las reminiscencias de los días lejanos”.
Así podríamos abundar en detalles, pero llama la atención este detalle que muestra la razón del rápido progreso de estos inmigrantes: “Me encontré con unos irlandeses que se ocupaban en cavar una zanja y con los que mantuve una larga conversación. Me enteré que no hay trabajo tan lucrativo como ése y que aquellos hombres ganaban según sus propios cálculos, diez a doce chelines por día. Todavía se mostraban quejosos… Ganan jornales tan altos porque muy pocos trabajadores de su condición llegan tan lejos, hacia el sur, y porque los criollos no toman jamás una pala en sus manos. Se explica así que estos hombres, fuertes y laboriosos, puedan ganar lo que pidan”.
TANDIL
Interesante es la descripción de Tandil, a 70 leguas de Buenos Aires, localidad “bastante pintoresca porque se levanta al pie de una cadena de colinas rocosas… Las 12 o 14 personas que se dedican al comercio tienen sus casas en el pueblo pero también intereses en el campo”.
Lo sorprendió al viajero la falta de artesanos especializados en cualquier oficio, y menciona un sujeto “hábil en el corte de trajes pero que no sabe coser las piezas cortadas y se ve obligado a recurrir a las mujeres para esta tarea”, lo que nos da una idea del trabajo femenino para afuera aún dentro del espacio hogareño.
Describe la iglesia sin techo y el desinterés del gobierno en colaborar en mantenerla y repararla, la falta de un religioso, con la visita del sacerdote dos veces por año para celebrar misa y administrar los sacramentos, después de recorrer veinte leguas; lo mismo que el cementerio en la falda de una colina cercana, que nunca fue rodeado por un muro.
Mr. Swasey, un norteamericano le ofreció alojamiento porque no existía hospedería alguna. Se enteró de la visita de un “irlandés muy industrioso Mr. Hanley, quien compró ocho mil ovejas al precio de un chelín y seis peniques la docena, lo que hace, al precio actual del cambio, no más de tres medios peniques, algo menos que el valor de un huevo, porque para entonces no podía comprarse un huevo por menos de tres peniques”.
Cierto día fueron a visitar la famosa piedra “tan renombrada que existe en las inmediaciones: se halla sobre la falda de una colina, en la parte más alta y en verdad parece que estuviera colgada sobre el precipicio. Su posición es tan insegura que una persona algo medrosa evitaría ponerse a su sombra por temor de que la brisa más leve precipitara su derrumbe. Tiene 24 pies de alto y la circunferencia, en la parte más ancha, es de cien pies”.
A sus pies contempló “llanuras feraces y fértiles valles que se extendían en todas direcciones, cubiertos con incontables tropas de ganado”, mientras “las águilas espantadas, dejaban sus nidos bajo nuestros pies” ante toda ausencia de habitación humana.
La descripción de Tandil, una de las más antiguas sin duda de esa población que tenía poco más de dos décadas, en un tiempo destacamento de fronteras podría extenderse. No tenemos un registro de Mac Cann en el lugar, por eso esa imagen aproximadamente del año 1900 de una señora leyendo sentada en la sierra, seguramente observando el valle y las extensas llanuras, que se guarda en el Archivo General de la Nación, sea lo más apropiado para ilustrar este recuerdo a aquellos pioneros de la campaña bonaerense y hoy a tan hermosa ciudad.
