El 12 de agosto de 1806 las improvisadas tropas de Buenos Aires, con la ayuda de las que envió el gobernador de Montevideo, el brigadier don Pascual Ruiz Huidobro -algo que no siempre se recuerda-, realizaron el ataque general por casi todas las calles que convergen en la Plaza Mayor, con tal éxito que el general Beresford, viéndose perdido y viendo morir a su ayudante junto a él, se replegó al Fuerte y levantó bandera de parlamento.
El general británico y sus oficiales entregaron sus espadas a Liniers, quien, con la hidalguía que lo caracterizaba, se las devolvió como homenaje al valor con que habían combatido.
Dos días después se convocó a un Cabildo Abierto y el pueblo exigió con vehemencia que el virrey Sobremonte no se hiciera cargo de nuevo del gobierno, que debería delegar en el capitán de navío don Santiago de Liniers para el mando de las tropas, y en el Regente y Oidores de la Real Audiencia, para el gobierno civil.
En cumplimiento de las instrucciones del Cabildo, Liniers convocó al vecindario para organizar milicias, con el objeto de prepararse para la defensa ante los refuerzos que los ingleses podrían enviar, luego de haber despachado a Londres los partes de la toma de la ciudad y el tesoro capturado.
El 6 de setiembre de 1806, después de elogiar la bravura de los hijos de Buenos Aires, los convocó a reunirse en cuerpos separados para la defensa del suelo que acababan de reconquistar.
En la proclama del día 9 les recordaba que "uno de los deberes más sagrados que tiene el hombre es la defensa de la Patria que le alimenta; y los habitantes de Buenos Aires han dado siempre las más relevantes pruebas de que conocen y saben cumplir con exactitud esta preciosa obligación… con este objeto… vengo en convocarlos… para que concurran a la Real Fortaleza, los días que abajo irán designados, a fin de arreglar los batallones y compañías nombrando los comandantes y sus segundos, los capitanes y sus tenientes, a voluntad de los mismos cuerpos".
Los días señalados para la concurrencia, a las dos y media de la tarde, fueron: miércoles 10, Catalanes; jueves 11, Vizcaínos o Cántabros, Gallegos y Asturianos; viernes 12, Andaluces, Castellanos y Levantiscos; y Patricios, el lunes 15. Y finalizaba la proclama con estas palabras: "Ninguna persona en estado de tomar las armas dejará de asistir, sin justa causa, a la citada reunión, so pena de ser tenida por sospechosa y notada de incivismo, quedando en tal caso sujeto a los cargos que deban hacérsele".

PRIMERA RESPUESTA PATRIOTICA
Merece reconocerse también que los primeros que se alistaron ante la invasión británica fueron un grupo de paisanos liderados por Juan Martín de Pueyrredón y sus hermanos Feliciano -párroco de Baradero-, José Cipriano y Juan Andrés; Martín Rodríguez, Diego de Herrera y Martín Rivero, que desde su estancia La Figura, en Chascomús, llegó con un buen contingente de paisanos. Don Juan Martín, de su propio peculio, se encargó del abastecimiento y abonó los primeros gastos de la empresa.
No es necesario comentar la acción de estos hombres en esos días, pero sí que el 23 de agosto, estando reunido el Cabildo, se presentó Pueyrredón y entregó el guión o estandarte del Regimiento 71, que había arrebatado el día de la Reconquista cuando quien lo portaba intentó ocultarlo. El 5 de setiembre, un día antes del llamado a las armas de Liniers, el Cabildo premió con una medalla a los que se habían reunido para combatir en Perdriel, que luego pasaron a la otra banda y participaron de la Reconquista, porque, según el documento, "se habían sostenido a su costa en todos los relacionados servicios y no han querido en obsequio de la Patria gratificación alguna".
El 20 de setiembre, Pueyrredón había formado y "uniformado costosamente y a sus solas expensas" al primer escuadrón de Húsares, que estaba bajo sus órdenes, mientras se organizaban los otros dos, con Lucas Vivas y Pedro Núñez al frente de ellos.
El obispo Lué, acompañado por Liniers y los cabildos eclesiástico y secular, presidió la misa que celebró el arcediano Andrés Ramírez; predicó y bendijo el estandarte de los Húsares el domingo 21 de setiembre, en una lucida ceremonia. Sin duda estos antecedentes demuestran que los primeros que acudieron en defensa de la Patria fueron los húsares que formó Pueyrredón por impulso del deber, sin que mediara convocatoria oficial de ninguna naturaleza, más que el sentimiento patriótico ante la invasión extranjera.
EL BAUTISMO
Todos concurrieron con puntualidad al llamado de Liniers. Y a medida que iban organizándose, procedieron a concurrir a las distintas iglesias con sus banderas para recibir la bendición. El 12 de octubre concurrieron a Santo Domingo los Cántabros y los Cazadores Correntinos, que por su poco número se habían unido a los primeros. El 19 de octubre, con la presencia de Liniers en la iglesia de la Recolección (la Basílica del Pilar), el obispo Lué, por ser el día de San Pedro Alcántara, celebró un pontifical y bendijo el estandarte del escuadrón de Húsares Voluntarios comandado por Lucas Vivas; la predicación estuvo a cargo de fray Francisco de Paula Castañeda.
El 30 de octubre, el diocesano bendijo en la Catedral las banderas de los Catalanes, y al día siguiente, en San Francisco, por la mañana, monseñor Lué bendijo el estandarte de los Húsares cuyo comandante era Diego de Herrera, y por la tarde, en la Catedral, la bandera de los Andaluces. Al sonido de las músicas acudía muchísima gente a presenciar estas ceremonias, que eran rubricadas por salvas de artillería y, en algunos casos, espléndidos banquetes en la casa de sus comandantes.
El escuadrón de Húsares de don Pedro Núñez hizo su presentación pública el 1° de noviembre en la iglesia de la Merced, mientras que esa misma mañana, en la Catedral, se bendecían las banderas del Tercio de Galicia.
El 9 de noviembre, en la Iglesia Mayor, se bendijeron las tres banderas del Cuerpo de Patricios y la de Cántabros o Montañeses. Todos los cuerpos estaban formados en la plaza y las banderas y estandartes fueron llevadas al altar, como apadrinando las nuevas, de modo que tanto color de sedas y tafetanes hicieron un espectáculo de magnífico esplendor, que conmovía el espíritu patriótico de los concurrentes. Después de la bendición por el obispo, al ruido de las músicas y la formidable descarga de fusilería de los Patricios, las banderas marcharon a la Sala Capitular, mientras que el cuerpo marchó a la casa de su jefe, don Cornelio de Saavedra, y se tiraban flores desde las ventanas y balcones.
Los Arribeños (de las provincias del Norte), por ser la mayor parte de ellos peones y jornaleros, recurrieron el 18 de noviembre al Cabildo para uniformarse, ya que no disponían de recursos. Ese mismo día el cuerpo acordó entregarles 1.500 pesos para que se uniformaran los más necesitados.
LA GRAN REVISTA
Ese ejército realizó el 15 de enero la gran revista militar, suspendida antes a causa de las fuertes lluvias del verano, que habían convertido los caminos en verdaderos fangales. A las dos y media de la mañana, desde la Fortaleza, cien tambores con brillantes bandas de música rompieron la generala, esparciéndose por todas las calles.
A las cuatro salieron hacia Barracas por la calle de Santo Domingo, alertando a la población y a la perrada que, cuando había movimientos no comunes, alborotaba con sus ladridos. Cada cuerpo marchaba con sus banderas desplegadas y su música tocando marcha. Alrededor de las cinco de la mañana llegaron al bañado de Santa Lucía. Poco antes de las ocho lo hicieron las autoridades, y el obispo, que tras el toque de ordenanza comenzó la celebración de la misa.
En un magnífico altar, ubicado en el centro del cuadro en que habían formado las tropas, "para llegar al pie de la mesa tenía que subir doce gradas espaciosas, cubiertas con magníficas alfombras". Al comienzo de la misa, al Sanctus y al final, se hizo una descarga de fusilería, seguida por otra de artillería; a continuación, Liniers, con su estado mayor, revistó a las tropas, que eran más de 8.000 efectivos.
A la una de la tarde se sirvió un gran almuerzo que ofreció Liniers a las autoridades, el Cabildo, la Audiencia, el Obispo, los comandantes y un capitán, un teniente, un alférez y un soldado de cada cuerpo. Los soldados vivaquearon, al igual que muchas familias, en los sauzales cerca del Riachuelo, con las vituallas que había costeado el Cabildo, desde el pan hasta el vino, un barril por compañía. Terminada la comida, a las cuatro de la tarde se hizo una descarga general de fusilería y una de artillería que duró tres cuartos de hora y que debió escucharse hasta la Colonia del Sacramento, dando así noticia a los británicos apostados en Montevideo de los aprestos militares en la capital del virreinato.
Esta es, en síntesis, la historia de aquellos primeros momentos de nuestras tropas, a las que evocamos en estos días en que el Cuerpo de Patricios celebra el 220° aniversario de su creación.
