El Aguilucho opacó a las estrellas europeas

El baúl de los recuerdos. En la antesala del nacimiento de la Fórmula 1, Oscar Gálvez brilló en las calles de Palermo imponiéndose en el Gran Premio de 1949 a bordo de un Alfa Romeo.

Todavía la Fórmula 1 no había nacido. Faltaba poco para que su vértigo sacudiera los circuitos. Las carreras de Grand Prix constituían una suerte de anticipo de la era que estaba a punto de iniciarse. El mundo admiraba a un grupo de pilotos cuyas hazañas cruzaban las fronteras de la imaginación. Se antojaba imposible vencerlos. El 6 de febrero de 1949, Oscar Gálvez se lució bajo la lluvia en un trazado callejero en Palermo y derrotó a esas figuras con una clase magistral de manejo. Ese día, el Aguilucho opacó a las estrellas europeas.

La temporada de competencias de Autos Especiales del ´49 se abrió con una serie de carreras en suelo argentino. La llegada de pilotos como los italianos Alberto Ascari, Giuseppe Farina, Achille Varzi y Luigi Villoresi, el francés Jean-Pierre Wimille y el tailandés Birabongse Bhanudej, conocido en el automovilismo deportivo como Príncipe Bira, fue auspiciada por el gobierno del presidente Juan Domingo Perón para medir a esos hombres con los mejores exponentes nacionales: Juan Manuel Fangio, Oscar Gálvez y José Froilán González.

Dos pruebas en los lagos de Palermo, una en Rosario y otra en Mar del Plata despertaban el fervor de un público que aguardaba con gran expectativa la presentación de los grandes volantes europeos. Se daba por descontado que venían a mostrar victoriosos su talento conductivo. Ascari dio una prueba de ello imponiéndose en la primera carrera, en Buenos Aires, a bordo de una Maserati. El italiano ganó a un promedio de 113,016 kilómetros por hora, escoltado por su compatriota Villoresi (Maserati) y por Gálvez (Alfa Romeo).

ÍDOLO ETERNO

Oscar Gálvez, el primer gran ídolo del automovilismo argentino, había nacido el 17 de agosto de 1913 en Caballito. La pasión por los fierros se apoderó muy pronto de él. Trabajaba en el taller de su padre Marcelino y, a escondidas, junto con su hermano Juan -el piloto más grande de la historia del Turismo Carretera, con nueve títulos- compró un Ford T modelo 1927 con el que empezó a correr picadas. Debutó en el TC en 1937 y dos años más tarde consiguió su primera victoria, con Juan como acompañante.

El Aguilucho fue el primer argentino que venció a los grandes pilotos europeos.

Pícaro, ocurrente, siempre optimista y, por si fuera poco, eximio mecánico, no le costó captar la admiración del público. Su nombre era sinónimo de triunfo. Y de Ford, la marca a la que siempre representó. Campeón de TC en 1947 y 1948, tuvo una actuación memorable en la Buenos Aires-Caracas, una épica competencia de 9.576 kilómetros ganada por Domingo Toscanito Marimón.

Hacía años que se lo conocía como El Aguilucho. La imaginación de Pedro Fiore, periodista del diario Crítica, había instalado el apodo después de verlo en acción en el Gran Premio del Norte de 1940. “Solo volando como un ave podía pasar 29 autos en los peligrosos caminos de montaña”, razonó el cronista para instalar en el pasado el apelativo de Tito que lo había acompañado hasta entonces.

Lo que nunca abandonó a Oscar fue su permanente sociedad con el éxito. A los títulos del ´47 y ´48 del TC les sumó los de 1953, ´54 y ´61 y los de pista del ´47 y ´48. Por si fuera poco, recibió la bandera a cuadros antes que nadie en 46 carreras entre 1939 y 1962.

VOLANDO BAJO LA LLUVIA

La muerte de Wimille en los ensayos de la primera carrera en Palermo cuando su Simca-Gordini se despistó en una curva el 28 de enero instaló la noción del peligro que enfrentaban esos hombres al comando de autos que superaban holgadamente los 250 kilómetros por hora. Esa velocidad era hipnótica. Tan hipnótica como peligrosa en máquinas como la del francés, que solo pesaba 680 kilos. La noción de seguridad se reducía a la colocación de fardos de pasto en las curvas.

A pesar de que había ocupado el último escalón del podio en esa ocasión, El Aguilucho había tenido serios problemas con su Alfa Romeo 8C 308. Perdía aceite. En el taller desarmaron el motor y Oscar se pasó la semana probando el auto que había comprado tres años antes en 65 mil pesos, casi 20 veces más de lo que costaba por entonces un Ford cero kilómetro. No participó de la tanda de clasificación y fue directamente a correr.

La pole position había quedado en poder de Villoresi. Llovía en Buenos Aires. Al principio, las gotas caían con timidez, pero con el correr de los minutos desataron un diluvio que anegó las calles que bordeaban los lagos. El circuito estaba delimitado por lo que hoy conocemos como las avenidas Figueroa Alcorta, Andrés Bello, Tornquist, De los Ombúes y Dorrego.

Una multitud siguió las alternativas de la carrera a la vera del circuito.

Todavía no existían los neumáticos para piso mojado. Para compensar esa carencia se apelaba al recurso, simpático e impensado en el siglo XXI, de abrir canales en las ruedas a fuerza de sierra. Pintoresquismo e innovación al servicio de la velocidad…

El III Gran Premio Eva Duarte de Perón, tal la denominación de esa carrera, reunió a las figuras europeas con una nutrida representación argentina encabezada por Fangio, Gálvez, el Cabezón González -en 1951 le dio a Ferrari su primera victoria en la Fórmula 1-, Clemar Bucci, Pascual Puópolo, Benedicto Campos y Adriano Malusardi, quien perdió la vida 20 días más tarde en Mar del Plata en un accidente similar al del francés Wimille. Catorce pilotos integraron la grilla de partida en esa carrera que comprendía 30 vueltas a un trazado de 4.865 metros de extensión.

El Aguilucho jamás había conducido su auto bajo la lluvia. Claro, su especialidad eran las cupecitas del TC que no tenían secretos para él. En la ruta, en los caminos polvorientos o en la montaña, sabía a la perfección cómo llevar a la victoria a su Ford. En cambio, con el Alfa Romeo la cuestión era otra. Además, había tenido que meter mano en el motor en los días previos. Eligió ser cauto y esperar la oportunidad para entreverarse en la lucha por la victoria.

Ascari le arrebató la punta a Villoresi en el cuarto giro. Tercero marchaba Fangio, quien ya había decidido que su futuro iba a estar en Europa, cerrando así su etapa en la Argentina, donde ya conseguido los títulos de TC en 1940 y 1941 con una cupé Chevrolet verde. El Chueco, que poco menos de una década más tarde se transformaría para siempre en El Quíntuple por sus cinco campeonatos de Fórmula 1, dañó la cola de su Maserati al esquivar a Villoresi, quien hizo una mala maniobra.

Farina (Ferrari) aprovechó una pausa tomada por la lluvia para ganar terreno y saltar al primer puesto casi en la mitad de la carrera. Gálvez avanzaba desde atrás y se iba acercando al pelotón de punta. La solidez de su andar muy pronto lo puso detrás de Ascari, quien había recuperado el liderazgo. El Aguilucho tenía claro que la mejor estrategia era mantenerse cerca del primer lugar y lanzar el asalto final en las últimas vueltas.

Otra vez con un feroz aguacero, Ascari y Gálvez se disputaban la posición de privilegio. Se hacía difícil sostener los autos sobre la resbaladiza superficie asfáltica. Los más de 800 kilos de peso del Alfa Romeo se transformaban en aliados del argentino para estar a salvo de perder la trayectoria ideal en las curvas. La Maserati era bastante más liviana.

Oscar Gálvez, uno de los máximos ídolos del automivlismo nacional, consiguió un triunfo histórico.

En el 26° giro, Oscar superó al italiano y desató el alarido triunfal de la multitud que seguía las alternativas de la competencia a los costados del circuito. Gálvez volaba bajo la lluvia, mientras la Maserati de Ascari perdía terreno por un problema en el caño de escape. Fangio accedió al segundo puesto, pero había quedado muy retrasado y no lograba oponerle resistencia al Aguilucho. Tercero estaba el rumano Eitel Cantoni (Maserati).

Oscar Gálvez cruzó la meta ante el delirio del público, que invadió la pista para acompañarlo en ese momento histórico. Es cierto que las adversas condiciones climáticas lo habían obligado a manejar a una velocidad mucho menor que la que había llevado al triunfo a Ascari una semana antes. El promedio había bajado a 96 kilómetros por hora. Pero ese dato estadístico no le quitaba brillo a su magistral faena. Porque ese 6 de febrero de 1949, El Aguilucho opacó a las estrellas europeas.