La Prensa
El rincón del historiador

La exposición de arte en el Palacio Hume

El ingeniero Alejandro Hume, un exitoso emprendedor ferroviario, encargó hacia 1890 el diseño de su residencia en la Avenida Alvear esquina Rodríguez Peña. El palacete en el estilo tardo-victoriano, que fue construido con materiales importados de Escocia, se levanta todavía airoso. En enero de 1895 ya finalizado así se lo describió: "Números 271 a 289. Esquina Rodríguez Peña. Una inmensa mole de ladrillo rojo y blanco, ventanas y puertas, dragones, salamandras, flores, pájaros, escudos, proas de barcos, todos los estilos reunidos: es el Palacio de Hume''. A esto debemos agregar que el propietario, hombre de buen gusto, había adornado con cuadros, esculturas, mármoles y bronces el magnífico edificio.

En 1895 la casa se encontraba momentáneamente desocupada y a un grupo de señoras de Beneficencia conocida como el Círculo de Santa Cecilia tuvo la idea de organizar una exposición de cuadros antiguos y modernos, de muebles, objetos de arte, poniendo a contribución las riquezas de nuestros coleccionistas con el propósito de contribuir a las obras de ensanche de la iglesia del Pilar.

Eduardo Schiaffino recuerda que cuando recibió el encargo de organizar la muestra "que debía servir de suntuoso marco a las fiestas sociales proyectadas'' comenzó a recorrer asistido por Augusto Ballerini los domicilios de "todos los poseedores de obras artísticas para efectuar una selección ordenada, es decir representativa y armoniosa''. El catálogo reunía 125 cuadros, 68 muebles y 367 objetos de arte, facilitados entre otros por los coleccionistas José Prudencio Guerrico, Aristóbulo del Valle, Manuel Quintana, Miguel Cané, Vicente L. Casares, Bartolomé Mitre, Francisco Seeber, Francisco Uriburu, Saturnino Unzué, Dardo Rocha, Guillermo Udaondo, Carlos Torcuato de Alvear, Horacio Varela, César González Segura, Federico Leloir, Carlos Ocampo, Julián Martínez, Laura Bunge de Pacheco, Carlos Vega Belgrano, Pedro Palacios, Ricardo de Lezica, entre otros.­

La parroquia del Pilar ofreció su talla de San Pedro Alcántara atribuida a Alonso Cano El Montañés, el frontal de altar de plata repujada, que procedía del antiguo convento de los recoletos y una gran mesa del barroco-portugués. Adela Napp de Lumb exponía su notable colección de abanicos; las miniaturas y marfiles se contaban por docenas; la exposición se dividía en tres salones destinados a los cuadros, uno a los muebles, tapices, objetos de arte, con cinco vitrinas repletas de curiosidades.­

A fines de octubre de 1893 se anunciaba que la exposición iba a "ofrecer el espectáculo más hermoso, gracias a la soberbia instalación de luz eléctrica hecha por la casa Cassels, y contribuirá poderosamente a la amenidad de la fiesta, el pequeño teatro organizado en el hall, pues en él habrá todas las noches conciertos, tomando parte de estos las socias del centro, así como aplaudidos artistas''. Con razón los diarios decían: "La exposición no puede ser menos que se la fiesta social del año''.­

La muestra iba a estar abierta de 10 a 12 y de 14 a 18 durante el día, y el precio de la entrada se fijó en 2 pesos; por la noche de 20.30 a 0.00 horas con un costo de 5 pesos. El día de la inauguración 28 de octubre se afirmaba que "esta noche el Palacio de Hume va a ser el punto de cita de todo Buenos Aires''. A la vez que era tanta la curiosidad que las señoras de la comisión Santa Cecilia, no sabían "como rechazar las súplicas de las personas que acudían a pedir que, mediante la retribución establecida, se les permitiera recorrer un instante los salones. Ni puede darse más legítima, pues ni aun las personas más aficionadas a las bellas artes suponían que en Buenos Aires se pudiera reunir una colección de telas tan soberbias; ofreciendo por otra parte, el suntuoso edificio, admirablemente decorado, el aspecto más hermoso. Según la frase consagrada es un castillo encantado''. Para hacer aún más atractiva la muestra la casa Schnabl facilitó un telescopio para "contemplar los astros por cincuenta centavos''. ­

Schiaffino el gran organizador en los días finales escribió: "Esta colección artística, cuyo inmediato destino es disolverse, a fin de que casa objeto vuelva a manos de su dueño; cuya efímera reunión en la mansión del señor Hume obedeció a dos móviles igualmente nobles: promover un acto de caridad y poner al alcance de todos durante varias semanas, buena parte de las obras de arte interesantes existentes en esta Capital -la única entre todas las ciudades medianamente importantes del mundo civilizado, que carezca de galería pública-; esta exhibición, que ha podido realizarse gracias a la dedicación e inteligente cordura de las distinguidas damas que forman la Comisión del Círculo Santa Cecilia, secundadas en su empeño por nuestros coleccionistas, y en su labor por un grupo de caballeros y de artistas, deja un precedente establecido, tanto más elocuente cuanto se ha producido bajo los más nobles auspicios; este precedente es la sanción pública otorgada al desnudo, que marca un verdadero progreso social por la serenidad de juicio que demuestra, capaz de levantarse sobre insidiosas y mezquinas preocupaciones, engendradas por la ignorancia del mundo, y el desconocimiento de los derechos fundamentales del arte, de asumir cualquier forma para manifestarse, no cabiendo la inmoralidad allí donde la emoción impera''.­

El suceso de la muestra no fue menor, Federico Gamboa que se desempeñó entre 1890 y 1893 en la representación de México en nuestra país se preguntaba: "¿Por qué Buenos Aires, que posee merecimientos de sobra para galardonarse con el título de centro ilustrado, no ofrece ni un mal Museo de Bellas Artes? Es inconcebible, pero es así. No hay lamentablemente ningún lugar donde se pueda ver una escultura o aplaudir un cuadro''. En estas breves líneas está la respuesta al éxito de aquella exposición.­

Así paso esta exposición en tan emblemático edificio. Vivió allí don John Walter Maguirre, -que mejor y emblématico lugar- destacado coleccionista de platería criolla, ponchos, grabados, miembro del Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades y generoso expositor en cuanta muestra dedicada a honrar nuestras tradiciones. Fue tal el prestigio de su colección que con su esposa Susana Duhau, recibieron a la Reina Sofía de España en 1980 con motivo de la visita que hizo por el IV Centenario de la Fundación de Buenos Aires, deseosa de conocer el valioso patrimonio que atesoraba en esa residencia, hoy propiedad de su hija Susana.­

Una residencia señorial en la avenida Alvear que sigue llamando la atención de cuantos recorren esa artería en el barrio de la Recoleta.­