La Prensa
EL RINCON DE LOS SENSATOS

De la casta política y de los políticos anticasta (la enfermedad y el síntoma)

En los últimos tiempos, en éste y en otros continentes, han surgido figuras que irrumpen en la política presentándose como algo distinto – cuando no, contrario – a las estructuras partidarias. El descrédito en el que ellas han caído se torna, fácilmente, en apoyo a quien dice combatirlas. Un outsider goza de una apreciable plataforma de bienvenida.

Precursora de este fenómeno, en Sudamérica, fue la elección de Fujimori en Perú, en 1990. Este ingeniero agrónomo, entonces desconocido, se encaramó en un tractor y desde él hizo una campaña a favor de la producción que lo llevó a la presidencia. Por eso, en esos años, se llamó “fujimoristas” a quienes corrían por fuera de los partidos. Al comenzar ellos a florecer, escribí en este diario un artículo que creo que ha recobrado actualidad; se titulaba “Se vienen los falsos Fujimoris”. 

En él me preguntaba “…si Fujimori es un auténtico Fujimori”; es decir, si era un verdadero renovador de la política. Y agregaba que “…a favor de la indisimulable declinación de los partidos políticos, estamos prontos a asistir a una proliferación de falsos Fujimoris que, bajo formas aparentemente nuevas, están dispuestos a sacar tajada y a que todo quede como antes” (“La Prensa”, 6/11/1990). 

Hoy pasan cosas parecidas y no son pocos los que corren “por afuera”

    Volvamos a los 90. Entre nosotros, en 1991, irrumpió con éxito la figura de Aldo Rico, con discurso nacionalista y contrario a la partidocracia.  Su movimiento – el Modin - obtuvo el tercer puesto en las elecciones en la Provincia de Buenos Aires, con casi un millón de votos. Poco después, en la Asamblea Constituyente de 1994, tuvo una veintena de convencionales. Sin embargo, luego de tan promisorios comienzos, Rico se integró al peronismo y el Modin se diluyó. 

    Hoy la figura saliente adversa a la “casta política” es Milei. Sin embargo, sus discursos difieren. Rico, veterano de Malvinas, rescataba el carácter nacional de esa gesta y se diferenciaba del gobierno militar 1976/1983. De ese modo, consiguió la adhesión de muchos argentinos, tan disgustados con ese gobierno como con los que lo sucedieron en la práctica “desmalvinizadora”.

    En cambio, Milei pone el acento en lo insoportable que resulta un Estado obeso, dominado por una burocracia ineficaz y superpoblada por tropas partidarias (que gozan de todo tipo de prebendas). Rico blandía la causa de la soberanía; Milei, en cambio, se hace eco del daño que ese Estado ocasiona a quienes trabajan y producen.

    Las diferentes propuestas revelan las cambiantes motivaciones sociales. En los noventa primaba un reclamo de soberanía. Hoy, la angustia primera la provoca un Estado ocupado por los políticos como si fuera un bien propio. 

    En otros segmentos se esgrimen argumentos similares a los de Milei. Si en él hemos personalizado, es porque en sufragios y en intención de voto va por delante de los demás. 

Todo indica que, para conservar esa primacía, debería enriquecer sus propuestas. Así, la verdad histórica en materia de derechos humanos y cambios radicales en materia de educación, de cultura y de relaciones exteriores. Tales propuestas serían, sin duda, del agrado de sus electores. También, debería volver sobre sus pasos en cuanto a la aceptación que hizo de que una persona pueda vender parte de su cuerpo. El Mercader de Venecia, quien reclamaba una libra de carne de su deudor, no figura – precisamente - entre los personajes ejemplares de la literatura universal. 

No sabemos si los “renovadores” renovarán. Pero lo cierto es que, quien ofrece aires de cambio, conmueve al electorado, aunque la partidocracia lo rotule de “totalitario” e invite a los ciudadanos a no seguirlo (y, de paso, a mantener el statu quo político). También lo ha hecho, con muy poco acierto, una figura interesante:  la diputada española, nacida en nuestro país, Cayetana Álvarez de Toledo.  

Puede ser que los políticos anticasta terminen por no cumplir con las expectativas que suscitan. Puede ser que un sistema desprestigiado los absorba y los asimile. Pero demonizarlos es confundir el síntoma con la enfermedad. Porque una República está enferma cuando sus políticos se representan a sí mismos y se olvidan de sus representados. Cosa que hace rato que sucede en nuestro país.