9/12/2018
El baúl de los recuerdos. River y Boca protagonizaron ese día la final de la Copa Libertadores. En Madrid, el mundo fue testigo de la victoria millonaria en un partido inolvidable.
9 de diciembre de 2018. La fecha está instalada en la mente de todos los hinchas del fútbol. Los de River la tienen remarcada entre sus días más felices. También la tatuaron en su piel para siempre. Los de Boca la tacharon del almanaque. Y hasta quienes no aman a esos equipos son conscientes de que está asociada con un momento histórico. Ese 9-12-18, el equipo de Marcelo Gallardo consumó su victoria cumbre: derrotó a los xeneizes en la final de la Copa Libertadores con el estadio Santiago Bernabéu como sede de la versión más importante del clásico eterno del fútbol argentino.
Más allá de su trascendencia deportiva, la finalísima dejó expuestas con un impiadoso salvajismo las miserias del mundo de la pelota en nuestro país. La barbarie, la sinrazón, la influencia siempre presente de la política, la pequeñez de una dirigencia que no está a la altura de las grandes cosas… Todo eso enmarcó -o, mejor dicho: precedió- a un Superclásico de exportación.
El primer paso lo dio el entonces presidente de la Nación, Mauricio Macri. Traicionado por su pasado como dirigente deportivo esbozó la posibilidad de que cada duelo contara con público visitante en las tribunas. Su desmesurado entusiasmo contrastaba con la práctica establecida -en nombre de la seguridad- de estadios solo cubiertos por hinchas locales.
Hasta los funcionarios de la Ciudad de Buenos Aires -el distrito que gobernó durante ocho años- le advirtieron que su deseo era de imposible concreción. Y lo fue. En la Bombonera estuvieron los simpatizantes de Boca y en el Monumental los de River.
También apareció en escena la Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol). Aprovechando que, en las fechas pactadas, miércoles 7 y 28 de noviembre, la Argentina debía alistarse para albergar la Cumbre del G-20, insólitamente dispuso que las finales se disputaran los sábados 10 y 24 de ese mes. Esa decisión no hacía más que pisotear a la Superliga, el certamen de Primera División que debía tirar a la basura sus calendarios por la puerta que abrió la Conmebol para vender con un rédito mayor los derechos televisivos a otros continentes.
EN LA BOMBONERA FUE EMPATE
Como si el destino estuviera empeñado en envolver en el manto del ridículo al fútbol argentino y sudamericano, el 10 de noviembre llovió a mares en la Ciudad de Buenos Aires. Ese diluvio universal porteño ahogó la posibilidad de que se jugara el cotejo de ida. No hubo más remedio que postergarlo 24 horas. Se venía un domingo de Superclásico copero. Inédito. La competición local había perdido por goleada.
El empate 2-2 tuvo todos los condimentos de un partidazo. Ajeno a la demasiado extendida visión de que las finales se juegan con el cuchillo entre los dientes, tanto las huestes comandadas por Guillermo Barros Schelotto como las que guiaba el Muñeco Gallardo le dieron vida a un enfrentamiento en el que hubo corazón, pierna fuerte y también pies sensibles. Un cóctel sabroso.
A esta altura es preciso hacer un alto y hacer una aclaración menor. Por una sanción impuesta por la Conmebol, Gallardo no pudo estar en el banco de suplentes de su equipo. En los dos partidos más significativos de su historia, River salió a la cancha a las órdenes de Matías Biscay, la mano derecha del DT.
Esos primeros 90 minutos resultaron el esperado duelo entre un conjunto de una riqueza individual envidiable como Boca y otro de una fortaleza colectiva digna de ser aplaudida como River. Los del Mellizo pudieron haberse quedado con el triunfo, pero se encontraron con una reacción fabulosa de Franco Armani que le negó el gol a Darío Benedetto.
La igualdad dejó la definición abierta. Justo a pedir de la Conmebol, de Macri y, por supuesto, de xeneizes y millonarios.
EN NÚÑEZ NO SE PUDO
La expectativa para la revancha era enorme. No cabía ni siquiera en un estadio inmenso como el Monumental. En cambio, sí había espacio para la sinrazón.
En los alrededores del estadio se amontonó una multitud. Lo hizo, con escasa preocupación por el orden de parte de los organismos y las fuerzas de seguridad, justo en el trayecto que debía recorrer el micro que transportaba a la delegación auriazul.
La violencia que va de la mano con el falso amor por la camiseta hizo que el vehículo fuera atacado por los bárbaros envueltos en los colores de River. Varios jugadores de Boca resultaron heridos. La peor parte se la llevó Pablo Pérez, quien sufrió una lesión ocular.
Las horas fueron transcurriendo entre acusaciones, prolongados silencios, presiones, charlas entre dirigentes, futbolistas… Finalmente, Alejandro Domínguez, presidente de la Conmebol, se encargó de anunciar lo que parecía una obviedad: el partido no se podía jugar. Se informó la postergación para el día siguiente.
Sin embargo, el domingo 25 tampoco hubo fútbol. No se antojaba creíble que los dos bandos en pugna salieran a la cancha como si nada hubiese pasado. La incertidumbre ganó la partida. Y la ganó por un abultado marcador.
La Conmebol amagó con llevarse el partido a Paraguay. Pensó en varias sedes alternativas. No contemplaba la posibilidad de que el título se definiera en el escritorio, algo que exigía el presidente de Boca, Daniel Angelici, el mismo que gritaba su ira a los cuatro vientos cuando se le dio el partido por ganado a River la absurda noche del Panadero y el ataque con gas pimienta a los futbolistas visitantes en la Bombonera en 2015.
Domínguez entendió que el negocio podía ser todavía más espectacular si la finalísima de la Copa Libertadores se mudaba a Europa. ¿A Europa? Sí, increíble pero real, la Conmebol le entregó en bandeja al Viejo Continente el partido más importante de su historia. Sudamérica se hacía un insólito gol en contra. Bueno, la Argentina también.
FESTEJO MILLONARIO EN MADRID
Después de un período de vacilaciones de la Conmebol, se determinó que el nombre del ganador de la edición 2018 de la Copa Libertadores se resolvería el 9 de diciembre en el estadio Santiago Bernabéu, en Madrid. El ridículo al que se entregaba mansamente el fútbol sudamericano -y el argentino, por supuesto- hizo que el título se definiera casi un mes después del inicio de la serie final. Absurdo. Digno de una porción del planeta futbolera sumida en el subdesarrollo.
Las tribunas de la cancha del Real Madrid estaban colmadas. Un gran número de aficionados europeos asistían a una suerte de función teatral de la que conocían poco y nada. Les llamaba la atención la contagiosa combinación de colorido y pasión que exhibían los hinchas de River y Boca, quienes lograron el visto bueno de la organización para presenciar el partido. Lo que no se pudo dar en Buenos Aires se produjo con absoluta normalidad en la capital española.
Barros Schelotto sorprendió con un planteo táctico que ató de pies y manos a River. El Mellizo, quien se caracterizaba por entregarse más al talento de sus jugadores que a las batallas estratégicas, diseñó un plan que le impedía al equipo de Biscay/Gallardo asumir el protagonismo del juego.
La retaguardia local -porque, aunque resulte ridículo, River en los papeles se presentaba en esa condición- mostraba dudas. Su mediocampo tampoco conseguía la pelota ante la sacrificada tarea del trío Nahitan Nández-Wilmar Barrios-Pablo Pérez.
Casi sobre el epílogo de la primera etapa, y luego de una equivocación del arquero xeneize Esteban Andrada, nació un contraataque iniciado por Nández que derivó en un golazo de Benedetto, quien les ganó a Jonatan Maidana y Javier Pinola y definió con categoría ante la salida de Armani.
Al árbitro uruguayo Andrés Cunha le costaba llevar las riendas del partido. Se le pasó por alto un penal de Andrada a Lucas Pratto y una expulsión que debió haberle marcado al siempre tumultuoso Pérez.
En los segundos 45 minutos el partido cambió. Ingresó el colombiano Juan Fernando Quintero para darle más juego a River. Salió Leonardo Ponzio, amonestado y con escasa participación. Esa variante fue positiva para los de Núñez repentinamente mudados a Madrid. A Boca le pasó todo lo contrario: el reemplazo de Benedetto por Ramón Wanchope Ábila le quitó recursos en ataque.
Los millonarios fueron encontrando terreno fértil para manejar la pelota gracias al circuito que construyeron Quintero, Ignacio Fernández y Gonzalo Martínez. El Pity empezaba a ser un problema sin solución para Julio Buffarini.
Exequiel Palacios, Nacho Fernández y el Pity se asociaron para despejarle el camino al gol a Pratto, quien selló la igualdad. Los dirigidos por Biscay asomaban con más respuestas para el último tramo. Los de Guillermo, por el contrario, se habían desdibujado y el uruguayo Nández era uno de los pocos que hacía pie, más por su esfuerzo que por su juego.
Entró Fernando Gago por Pérez en un intento de ordenar el andamiaje creativo de Boca en el suplementario que se imponía al persistir la paridad en el resultado. La expulsión del colombiano Barrios les provocaron un artero golpe a los planes de Barros Schelotto. Para empeorar todavía más la situación, Nández estaba agotado. También Buffarini, quien salió sustituido por Leonardo Jara. El Mellizo necesitaba un mediocampista más, pero no lo tenía en un banco de suplentes con abrumadora presencia de hombres de ataque como Carlos Tevez y Mauro Zárate.
El cansancio y la inferioridad numérica se convirtieron en los peores enemigos de Boca. River no estaba mucho mejor en el aspecto físico, pero sacaba ventaja en un repertorio futbolístico mucho más profuso que el de su adversario.
De pronto partió el zurdazo de Juanfer inatajable para Andrada y el partido cambió definitivamente de rumbo. El golazo de Quintero les proporcionó calma a los millonarios y sumió en la desesperación a los xeneizes.
Boca era todo nervios. Para empeorar más las cosas, Gago, un notable futbolista al que las lesiones le jugaron siempre en contra, dejó la cancha envuelto en el dolor. Jara tuvo el gol del empate, pero falló por poco. Andrada fue a buscar cabezazos en el área contraria como si fuera un consumado goleador.
Y entonces salió el contraataque fatal para los del Mellizo. La corrida a la gloria del Pity instaló en la memoria colectiva el “y va el tercero, y va el tercero” del relato de Mariano Closs. El 3-1 se sentenció con el toque de Martínez ante el arco desguarnecido, postal definitiva del más soñado éxito de River y de la derrota que ningún hincha de Boca podrá olvidar. Todo eso pasó el 9-12-2018. El día que todos los futboleros recordarán eternamente.
LA SÍNTESIS
River 3 - Boca 1
River: Franco Armani; Gonzalo Montiel, Jonatan Maidana, Javier Pinola, Milton Casco; Enzo Pérez, Leonardo Ponzio; Ignacio Fernández, Exequiel Palacios, Gonzalo Martínez; Lucas Pratto. DT: Matías Biscay.
Boca: Esteban Andrada; Julio Buffarini, Carlos Izquierdoz, Lisandro Magallán, Lucas Olaza; Nahitan Nández, Wilmar Barrios, Pablo Pérez; Sebastián Villa, Darío Benedetto, Cristian Pavón. DT: Guillermo Barros Schelotto.
Incidencias
Primer tiempo: 44m gol de Benedetto (B). Segundo tiempo: 13m Juan Fernando Quintero por Ponzio (R); 17m Ramón Ábila por Benedetto (B); 23m gol de Pratto (R); 29m Camilo Mayada por Montiel (R); 44m Fernando Gago por P. Pérez (B); 47m expulsado Barrios (B). Primer tiempo suplementario: 6m Leonardo Jara por Villa (B); 7m Julián Álvarez por Palacios (R). Segundo tiempo suplementario: 4m gol de Quintero (R); 6m Bruno Zuculini por I. Fernández (R); 6m por Carlos Tevez Buffarini (B); 11m se retiró lesionado Gago (B); 17m gol de G. Martínez (R).
Estadio: Santiago Bernabéu (Madrid, España). Árbitro: Andrés Cunha, de Uruguay. Fecha: 9 de diciembre de 2018.
