La Prensa

Miedo, rituales y propaganda

El temor como poderoso elemento para manipular a las poblaciones y la actual campaña que no está destinada a la protección de la salud sino al control de pensamiento. Las noticias sobre la guerra entre Ucrania y Rusia, una nueva "dosis de refuerzo" al pánico.

Tuve hace muchos años la ocasión de una larga charla con el Prof. Isaac Marks tendiente a mi incorporación a su servicio, cosa que finalmente no se concretó. Pero el tema era la aplicación de algo muy moderno, las nuevas tecnologías a distancia (internet empezaba) sobre algo tan antiguo como la existencia de los organismos vivos más allá del hombre, el miedo.
Marks, un psiquiatra dedicado a la investigación en el área del comportamiento, había dedicado gran parte de su obra al miedo y escrito un libro que en su título quizás preanunciaba el futuro: miedos, fobias y rituales. 
En esa obra de gran interés, aun al día de hoy, recorre el camino de un espectro de ciencias y miradas sobre el fenómeno de los trastornos de ansiedad, pero de los miedos y las fobias en particular. 
La referencia al encuentro y al libro viene porque en la necesidad de saber algo más sobre esa figura de renombre mundial, el último libro y el que tenía el título más atrapante a la temática de mi interés, ya que estudiando yo en particular los cuadros obsesivos, no podía dejar de ver la relación con el miedo como emoción primaria y el ritual, es decir entre el miedo y los comportamientos aprendidos, instalados desde ese lugar. 
La psicología experimental del comportamiento ya había hecho un largo y fascinante recorrido y había seguido el camino de un conductismo que luego se fue ampliando a estudios del comportamiento cada vez más complejos y de la relación pensamiento, emoción, comportamiento, estructurando el paradigma cognitivo-comportamental. 
Sin embargo, quienes mejor habían entendido el potencial de estos aspectos básicos ligados a respuestas condicionadas y más tarde operantes (Skinner), habían sido quienes deseaban instalar respuestas específicas en la población, en particular los publicistas y los encargados de la propaganda ideológica. 
El mundo atravesaba épocas complejas, aun hoy no entendidas, y quienes manejaban sus hilos usaron entre otras esta línea de experimentación. Entre ellos sobresalía como pionero en su utilización Edward Bernays, sobrino de Freud. Nutriéndose de los abordajes de su tío y los de la teoría del aprendizaje y comportamiento, publicó dos libros posteriores a la primera guerra mundial: "Cristalizando la opinión pública", en 1923, y, en 1928, "Propaganda". Este último sería la piedra fundamental de un movimiento que sigue aún vigente un siglo más tarde y que inspirara desde las corporaciones, los medios, servicios de inteligencia inclusive, a Goebbels, el ministro de Propaganda en la Alemania Nazi, a quien Bernays citó como lector de sus obras en su autobiografía. Bernays describía a las masas como irracionales y con comportamiento e instinto de manada.
Todos entendieron que la guerra psicológica, la propaganda, era fundamental para generar cambios en la psicología de masas, otro concepto constantemente corrido del centro de la escena en la actualidad. La comprobación de la teoría de la investigación académica se daba en prácticas de campo, que era -en principio- el comportamiento del consumidor (el objetivo de Bernays), en un camino en paralelo y que por momentos confluía intercambiando aportes.
El concepto primario era apelar a emociones, cogniciones y comportamientos básicos, que el individuo no pudiera procesar más que de una manera primaria. Así, por ejemplo, las ideas con fuerte representación visual generaban emociones. Las "antorchas de libertad" (de las mujeres) fue la imagen que Bernays utilizó para instalar el consumo de cigarrillos como símbolo de libertad, de igualdad. Todos elementos que estaban en marcha en los reclamos feministas de la época y que utilizó convirtiendo el fumar en un emblema de ellos. 
Por el lado de la política, en particular para la respuesta en tiempos de guerra, el manejo del miedo, la más primaria de las emociones, ha sido siempre fundamental. Desde la antigüedad se entendió que el miedo era un elemento más poderoso que las armas y lo que permitía manipular a una población, que se quería conquistar. El problema es que esa población a dominar no era solamente la enemiga en tiempos de guerra sino la propia.
En los últimos años se venía instalando una retórica que señalaba que algo inimaginable podía modificar definitivamente nuestros comportamientos y obligarnos a cambiar modos de vida. Lo veíamos en películas, publicaciones y de manera creciente ese discurso se fue instalando. Posteriormente fue mucho más concreto. Ya no eran películas distópicas que mostraban un laboratorio al cual se le escapaba un virus que transformaba a la gente en zombi, sino figuras referentes que nos alertaban de lo mismo, solo que sin la referencia a un laboratorio y los zombies, como la recordada premonición de Bill Gates en 2015 respecto a lo actual. 
Hasta que finalmente sucedió lo inesperado pero anunciado y la campaña racionalmente sanitaria estuvo por detrás de otra más ligada a instalar el miedo. La dialéctica central no fue destinada a la protección de la salud sino la de control de pensamiento. De hecho, las figuras elegidas para repetir un relato, en algunos casos idénticos hasta en la sintaxis, usaban la palabra miedo, repetida miles de veces, justificando que ello sería la forma en que estaríamos protegidos. 
Por supuesto, esto dejaba de lado todo lo conocido en materia de psicología experimental en la cual estaba demostrado desde siempre que a partir de ciertos niveles de miedo el individuo, y en particular las masas, no pueden responder de manera racional y autónoma. Sino de manera ritual, es decir un comportamiento primario que se repite y no responde al fin de protección como por ejemplo el miedo breve que puede hacer a un individuo correr de un peligro. Allí es donde la propaganda venía en auxilio, y es que la clave es la duración y repetición de la alerta, el estímulo. El impacto breve puede generar una respuesta de estrés que protege. Por el contrario, el repetido y continuado genera un comportamiento condicionado, un ritual que paraliza.
Para ello, ya desde el inicio, era evidente la necesidad de la repetición del estímulo y la variedad del mismo. A esto se llamó refuerzo, palabra hoy no casualmente empleada en otras áreas. El refuerzo del estímulo mantiene el condicionamiento y permite irlo manipulando de la manera deseada. El factor de fondo es el miedo y, en especial, si el individuo no tiene información clara. El miedo debe ir unido a la ignorancia, a la desinformación, a la contradicción que generen confusión. Orwell en "1984", al repetir las imágenes de la guerra - que nadie sabía si ocurría-, y la repetición constante y alienante de cifras incomprobables que solo infunden estados de ánimo (miedo), lo mostró de manera magistral. Las similitudes no son casuales. El comportamiento refuerza el estímulo y viceversa.
En estos días, los estudiosos del comportamiento vivimos un experimento de masas de magnitud insospechada en esos años, en que la experiencia era una pequeña población en base a inocentes parámetros, para adquirir la magnitud de la población mundial. Y allí vemos que todo lo que estudiamos se comprueba, desde Pávlov, Skinner, Bernays, Bandura, Marks y tantos otros.
Estamos a dos años de una incesante campaña de miedo en la cual se nos expuso a todos los estímulos, hasta llegar no solo a nuestra muerte sino a la de los más desprotegidos ancianos, niños. 
Hace pocos días un diario publicó una nota extraordinariamente laudatoria en la que un médico de un laboratorio que elabora vacunas dijo que morirían el 30% de los niños, aun "sanos y asintomáticos", que no tuvieran la vacuna. El estímulo implica un adoctrinamiento previo, ya que por ejemplo este absurdo, hasta estadístico, inevitablemente genera sin ese filtro racional, pánico y una respuesta ritual. 
Posteriormente se desencadena una guerra y una publicación en España publica, sin dudarlo, que otro experto (siempre lo son) dice que Rusia utilizaría una bomba atómica y que de usarla morirían 90 millones de personas. Otra noticia alerta que están bombardeando una central nuclear y que será un desastre, será 10/100 (las notas utilizan el número que consideran conveniente) peor que Chernóbil. 
En medio de la campaña de miedo desatada, es necesario un nuevo refuerzo del motivo anterior de miedo dado que lo prolongado lo desgasta. Varios trabajan en no dejar de reforzarlo y al mismo tiempo que se filtran informes de un laboratorio que pidió 75 años para informar sobre su protocolo con más de 1.200 efectos adversos. Alguien nos "recuerda" por redes sociales que seis millones de personas morirán si no se cumplen las dosis de refuerzo. Como siempre, los números no tienen marco, ni referencia, ni justificación o comprobación, pero sí impactan, atemorizan.
Ironías del destino o desconocimiento, pero las dosis de refuerzo conductista se están cumpliendo de una manera estricta desde hace años, solo que no está claro que el fin no es la protección sino el control.