¿Hacia una vida de diseño humano?


Vida.exe
Por Juan P. Bustamente (et al.)
Fondo de Cultura Económica. 173 páginas

Los enigmas de la vida, las fronteras de la ciencia y el creciente papel de la bioinformática para expandir esos límites son los ejes de este libro, que propone un recorrido ameno y esclarecedor sobre los avances de una disciplina muchas veces hermética. Vida.exe. Desafíos y aventuras de la bioinformática (Fondo de Cultura Económica) es una aproximación al trabajo de los investigadores. Un ensayo de divulgación que rezuma entusiasmo por las posibilidades que abre la ciencia para mejorar la vida de todos.

Los autores son una decena de jóvenes especialistas argentinos que se reconocen como millennials, nacidos todos en los "80. Entre otros, Germán González, Lionel Uran Landaburu y Nicolás Palopoli. Muchos de ellos licenciados en biotecnología o bioinformática, la mayoría con maestrías y doctorados y la mitad de ellos investigadores del Conicet.

Su propuesta es contar cómo la biología empezó a valerse cada vez más de la informática para agilizar la investigación o potenciarla, un itinerario que comienza a mediados del siglo pasado y que, a juicio de los autores, nos acercó a comprender algunos aspectos del funcionamiento de los seres vivos.

La travesía nos sumerge en el maravilloso mundo celular y la creación de bases de datos, siguiendo los pasos de una investigación cada vez más asistida por las computadoras para sistematizar e interpretar la información. Una colaboración que permitiría pronto pasar de secuenciar un solo gen o proteína a la vez, a hacerlo a escala industrial. Un avance que llevó a concebir el proyecto genoma humano, para descifrar la secuencia completa del ADN humano.

El ensayo sugiere la idea de un camino siempre ascendente que serviría a la postre, no sólo para echar luz sobre enfermedades con bases genéticas, sino también para iluminar fenómenos epidemiológicos, forenses u otros misterios.

El libro, que está dividido en once capítulos breves, de lectura ágil y entretenida, navega luego por algunas áreas específicas de la bioinformática.

La aventura del conocimiento discurre así desde los intentos primeros por entender cómo funcionan los organismos a la posterior simulación en computadora y a las técnicas incipientes de ingeniería genética que abren un camino a la manipulación con fines terapéuticos. No es díficil advertir que este horizonte de intervención humana creciente lleva a una pregunta que cae por su propio peso y que se hacen también los autores: ¿podrá algún día el ser humano crear vida? ¿Se puede diseñar la vida?

La respuesta que proporcionan es que ya hubo una primera forma de vida de diseño humano, con genoma sintético. El sugerente capítulo dedicado a ese tema no elude enfatizar las millonarias inversiones que se destinan a la biología sintética, lo que permite imaginar que la investigación en ese campo seguirá en aumento. El capítulo se cierra con una pequeña advertencia sobre la responsabilidad ética que requiere crear vida. Advertencia muy oportuna, aunque un tanto discreta, si se quiere, frente al peligro que abren este tipo de experimentaciones de proyección incierta.
Claro, el lado oscuro de la ciencia no es aquí abordado y tal vez no tendría por qué serlo. El problema surge cuando la respuesta de la ciencia fue controversial y no se admite, como sucedió con la actual pandemia, un asunto que intenta ser elucidado en el último capítulo.

El optimismo demostrado a lo largo de todo el ensayo se extiende aquí para justificar todas las medidas sanitarias adoptadas contra el coronavirus, admitiendo, eso sí, que hubo ensayo y error en cuestiones poco importantes. No hay por lo tanto preguntas incómodas sobre la grosera sobreestimación de los primeros modelos epidemiológicos, responsables de generar la psicosis, ni sobre las graves limitaciones del PCR como técnica de diagnóstico, algo que el propio creador advirtió que no era y que llevó a perpetuar la sobreestimación de cifras de muertes y casos. Muchos menos hay objeciones a las vacunas experimentales pero sí (¡cómo no!) a la utilización de viejos fármacos de efectividad probada por médicos disidentes.

A esta altura, sostener, por ejemplo, que las marchas y contramarchas de la OMS sobre el uso del barbijo universal fue un error del que se aprendió es, cuanto menos, curioso.

Es innegable, como afirma González, que las personas apoyan o rechazan todas estas disposiciones debido a sesgos cognitivos que influyen en la forma en que procesan la información. Eso vale para todos. No ver que la ciencia puede curar y que sus datos también pueden ser usados para manipular o engañar, tal vez sea uno de esos sesgos.