La Prensa
EL RINCON DEL HISTORIADOR

Ya no repican las campanas

La lectura de viejos documentos y memorias de viajeros nos indican que la ciudad de la Santísima Trinidad en el puerto de Santa María de los Buenos Aires fue fundada bajo el signo de la fe a pesar de lo que nos toca observar.

Por ello vamos a hablar de las campanas para ilustrar a los que ejercen el poder pero ignoran la historia, algo sobre esas "voces de bronce" como las llamara en el tango Misa de Once Armando Tagini con música de Juan José Guichandut que popularizara Carlos Gardel en 1929.

Pero nos llamó a la reflexión el comunicado que el párroco de Santa Julia dio a conocer hace unos días sobre la clausura del campanario y la prohibición de tocar las campanas, calificadas como "ruido molesto" por la Dirección General de Control Ambiental del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, según acta entregada al referido sacerdote, además de resultar un atropello a la religión católica como bien se expuso: "Forman parte de nuestro culto y tradición, al igual que lo es en las 186 Parroquias que integran la Arquidiócesis de Buenos Aires".

DEBIDO RESPETO

En un interesante estudio el doctor José María Mariluz Urquijo apuntó que, cuando la Corona costeaba los ornamentos para el culto, solía incluir campanas para las iglesias que se erigían en América o que se levantaran en el futuro a la vez que rogaban se las tratara "con el debido respeto al sagrado ministerio a que son destinadas".

En nuestro país se fundieron campanas. Ricardo de Lafuente Machain menciona a Pedro Morel, un granadino que en 1538 tenía el oficio de "maestro de artillería y campanas". Seguramente lo enseñó a algunos ya que en 1598 había en Córdoba, al decir monseñor Cabrera, "un taller de fundición de campanas".

En Jujuy tenía ese arte el jesuita Lope de Mendoza en el año 1619 y dos décadas después Juan Dávila hizo una campana para el convento de los padres franciscanos que afirmaba el padre Furlong en 1969 "está aún en servicio activo y en perfectas condiciones".

Sabemos que en 1658 en las reducciones de Misiones y Corrientes, se trabajaba con campanas, porque el gobernador Cabral de Alpoin en enero de ese año por indicación del Cabildo manifestaba haber enviado las de la iglesia matriz para arreglarlas en las reducciones. 

Un jesuita santafesino el padre Buenaventura Suárez se ocupó de la fundición de campanas. En 1733 el padre Leoni afirmaba: "En San Cosme ha puesto el padre Ventura oficina de hacer campanas y tiene una". Y cuatro años después, el padre superior le ordenaba "el metal fundido en campanas no pasará de 12 reales la libra, los cinco por la materia y siete por la forma".

LA DEL CABILDO

Otra campana histórica fue la del Cabildo porteño, que se embarcó en España en la fragata Nuestra Señora del Carmen junto el reloj para su torre. 
La primera hora del año 1765 la campana del Cabildo repicó por primera vez. El 14 de enero los alcaldes regularon su uso: para reuniones ordinarias debía repicarse en la víspera por un cuarto de hora, dando después 24 golpes que debían repetirse al día siguiente a las 7 de la mañana, seguido de un campaneo una hora más que era la fijada para el acuerdo y para las extraordinarias por media hora. Y allí concurrían estos ediles que no cobraban un centavo de honorarios para tratar de acuerdo a sus luces a mejorar la ciudad. 

El gobernador Bucarelli bastante parecido nuestro jefe de gobierno bajo el pretexto que armaba mucha alarma en los vecinos los prohibió, pero en 1778 se restableció en tiempos ya del virrey Vértiz a pedido del Cabildo.

El Presbítero Pedro Pereira Fernandes de Mesquita, párroco de la Colonia del Sacramento después de ser tomada por Cevallos llegó en 1776 a Buenos Aires, donde fue internado prisionero teniendo la ciudad por cárcel. Dejó una relación de la vida cotidiana e interesantes apuntes sobre la vida religiosa, así cuando se llevaba el viático a los enfermos "en muy pocas partes usan repicar las campanas cuanto entra o sale" el Santísimo. Del mismo modo el Viernes Santo al relatar la agonía del Señor, cada tanto se hacía "sonar una campanada", y en algunas iglesias "jamás doblan las campanas; porque no acostumbran ponerles tuercas (ejes) y están sujetas por los aros. Para llamar a misa y para dar los demás oficios divinos, lo hacen con campanadas más o menos rápidas para distinguirlos".

BUENA MORAL

Alexander Gillespie que llegó con los invasores británicos en 1806 recordó en su descripción que "si las iglesias son signos de verdadera religión, Buenos Aires debe tener un alto rango por buena moral; de la mañana a la noche las campanas tocan para la devoción, y allí acude una muchedumbre de feligreses".

Juan Manuel Beruti, testigo calificado de la vida cotidiana de Buenos Aires, apuntó que el 5 de junio de 1805 "una sudestada con lluvia y creciente del río arruinó y echó abajo el muelle y todas las casas de la ribera de la ciudad" echando a la costa todos los barcos, rompiendo sus amarras y con el saldo de ocho ahogados y pérdidas por tres millones de pesos. A su vez en el puerto de Las Conchas fue semejante y hubo seis víctimas fatales, "pidiendo a Dios cesara el temporal pues si sigue seis horas más, seguramente llegan las aguas del río a la Plaza Mayor", se ordenó tocar "rogativas en todas las iglesias". 

El mismo autor menciona a Simón de Aráoz, "natural de la provincia del Tucumán, que aunque de oficio es campanero" en marzo de 1808 fundió un mortero que se probó con excelente resultado.

Durante la asonada del 1º de enero de 1809, su promotor Martín de Alzaga mandó tocarla para convocar a sus partidarios. Sofocada por las tropas criollas encabezadas por los Patricios al mando de Saavedra, le fue quitado el badajo y depositado en la Real Fortaleza. Por esa razón el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 fue convocado por invitaciones y no por el tradicional repique. En noviembre de 1810 fue restituido y la fiesta del santo patrono San Martín de Tours. Una semana después fue anunciada al pueblo con el tradicional toque de la campana del Cabildo, junto a la de los templos.

EL 25 DE MAYO

Hubo "repique general de campanas", siguiendo a Beruti, cuando se instaló la Junta el 25 de mayo; cuando llegó a Buenos Aires don Roque Tollo, con la noticia de la victoria de Suipacha el 2 de diciembre de 1810; la noticia de los triunfos de Tucumán y Salta; por tres veces a las 7 de la mañana, al mediodía y al atardecer al llegar el 16 de julio de 1816 los pliegos de la declaración de la independencia; en los triunfos de San Martín en Chacabuco y Maipú... y larga sería la nómina.

Fueron esas campanas las que repicaron desde siempre en las juras reales, con motivo del nacimiento de los príncipes y también las que doblaron con fúnebre tañido para acompañar el luto, en lo público y en lo privado. Algunas de ellas que pertenecieron a la catedral de Buenos Aires o a las misiones jesuíticas se exhiben en los Museos Históricos de Luján y en el de Rosario, mientras que otras como las de la espadaña de la iglesia del Pilar en la Recoleta son admiradas por miles de turistas.

Mientras que los ruidos en bailantas o boliches y los excesos a la salida de los mismos no es controlado, resulta una constante la falta de respeto del gobierno de la Ciudad al patrimonio y a la tradición, como el tema del predio de la histórica iglesia de Santa Catalina, "patrimonio arqueológico" que se pretende destruir para dar paso a un emprendimiento inmobiliario, esquivando un fallo judicial como se ha denunciado. 

O como lo dijo en estas páginas Germán Masserdotti sobre la clausura del campanario de Santa Julia: "Se trata de otro avance irrazonable del Gobierno porteño contra la religión católica. actos como esta clausura y otros hechos anteriores lesivos a la vida de la Iglesia con una muestra indecorosa de la falta de sentido común de las autoridades locales". 

A pesar de la "falsa consagración de la gestión del Jefe de Gobierno al Sagrado Corazón en la Catedral metropolitana".

* Historiador. Miembro del Instituto Nacional Browniano y de su Academia.