La Prensa
Acuarelas porteñas

Avatares de Boitus

En la edición del 6 de julio de 2020 apareció mi artículo `La explotación del individuo'. (1) En él me referí a un condiscípulo llamado Boitus, y relaté una anécdota ilustrativa de su extravagante personalidad.

Creo que su edad superaba, al menos, en dos lustros a la de los demás alumnos, y sé que nunca concluyó su carrera. Su voz, de registro agudo, tropezaba con algunas dificultades fonéticas, tales como ignorar las consonantes oclusivas y no poder pronunciar la ere y la ele, a las que sustituía con el fonema de

 

Era dueño de un vocabulario exclusivo y tendiente, a su manera, hacia lo metafórico, lo barroco y lo burocrático. El común de la gente llama, a los niños de muy corta edad, nenitos o bebés: Boitus los denominaba datantes (o sea lactantes). Nunca decía calles ni avenidas: siempre, vía púbdica. Jamás abordaba colectivos, trenes ni subtes: él utilizaba los servicios del Monopodio Estatad ded Sistema de Tdanspodte Ciudadano. ­

Ante una pregunta, era imposible que contestase No sé; prefería Desconozco esa infodmación. Todo agente de policía, sin diferenciar entre oficiales y suboficiales, era, para él, un miembdo ded Apadato de Depdesión Podiciaca. Además, en su discurrir verbal, introducía, carentes de significado alguno, expresiones tales como eventuadmente, en odden de pdedación, sin sodución de continuidad, etcétera.­

Se ganaba la vida como vendedor de libros a crédito, de modo que, durante varios años posteriores a aquel episodio de la década de 1960, seguí, en mi carácter de cliente, frecuentando su trato. Que me era funcional por dos motivos: ­

1) Desde el aspecto comercial, no fueron pocos los libros que adquirí por su intermedio, lo que resultaba muy cómodo, ya que, encargada la compra, Boitus se presentaba en casa con los volúmenes solicitados. Sin embargo, nunca admitió su condición de vendedor de libros: se autoproclamaba difusod de cudtuda.­

2) En cuanto a la relación humana, no puedo negar que Boitus constituía una fuente inagotable de regocijos desencadenantes de las más estentóreas e irreprimibles carcajadas. Por esa causa, yo me hallaba siempre muy bien predispuesto a escuchar sus asombrosas reflexiones.­

Así, pues, en nuestros encuentros confluían, sin molestarse, el provecho y el placer.­

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UN REPROCHE VERSIFICADO­

­El 8 de noviembre de 1986 ejecuté el acto más inteligente de mi existencia: fumé el que sería mi último cigarrillo. Antes de esa fecha jubilosa, yo tenía infernalmente arraigado tan nocivo hábito. No así el -en este sentido- juicioso Boitus: yo jamás lo había visto fumar.

Durante una de sus visitas como difusod de cudtuda, extraje mi atado de cigarrillos, me puse uno entre los labios y lo encendí.­

Al instante, Boitus, con su atiplada voz y en elevados decibeles, canturreó: -¡Ed que fuma y no convida / tiene un sapo en da badiga!

Avergonzado por el reproche, le extendí el paquete y lo invité: -Disculpame, Boitus, no me di cuenta. Servite.­

-¡Gdacias! ¡No fumo!­

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TRES RAZONES BOITUSIANAS­

­Las visitas de Boitus se prolongaban bastante, pues, llevado de cierta leve maldad, me encantaba, como ya di a entender, hacerlo hablar y oír los despropósitos y disparates que, en forma de manantial inextinguible, surgían de su misterioso cerebro.

En otra ocasión, cuando yo, aún soltero, vivía en la casa paterna, mi madre, acaso por el mero gusto de decir algo, le preguntó:­

-Dígame, Boitus, ¿usted nunca pensó en casarse?

La más viva curiosidad por la siempre inimaginable respuesta me hizo dirigir toda mi atención al semblante y a la expresión de Boitus. Éste esbozó una sonrisa comprensiva y, si se quiere, indulgente:­

-No me estdaña, estimada señoda, que quieda satisfaced su cudiosidad -aquí introdujo una pausa de efecto teatral. Tras verificar que madre e hijo estábamos a la espera de sus palabras, prosiguió:­

-Su pdegunta tiene fácid espdicación -nueva pausa de efecto-. Yo no me puedo casad pod tdes dazones: en pdimed dugad, no estoy en condiciones económicas; en segundo dugad, cadezco de dinedo; y, en tedced lugad, no tengo pdata.­

La respuesta de Boitus y cierto estupor en el rostro de mi mamá me produjeron un ataque de risa que, por decoro, intenté reprimir. ``Bien'', me dije, ``no cabe la menor duda: este Boitus es un humorista genial''.­

No diré un tomo de quinientas páginas, pero sí un fascículo de unas cincuenta sería necesario para testimoniar por escrito los sorprendentes episodios verbales que se plasmaban dentro del visionario cacumen de Boitus. Sé que, posiblemente por pereza, no me entregaré a esa tarea exhaustiva, aunque bien valdría el esfuerzo. Pero, por ahora, ya he relatado tres de esas anécdotas boitusianas: una, como dije al principio, en el artículo ``La explotación del individuo''; las otras dos, en estas líneas que ahora llegan al punto final.­