La Prensa
EL RENOVADO INTERES DE SELLOS LOCALES ACTUALIZA LA OBRA DE STEFAN ZWEIG

Recuerdos de una catástrofe

Una nueva edición de `El mundo de ayer', la autobiografía del popular escritor austríaco, permite acercarse a uno de los testimonios más elocuentes sobre el desastroso siglo XX. La evocación también deja enseñanzas para este tiempo.

El austríaco Stefan Zweig (1881-1942), uno de los escritores más populares de la primera mitad del siglo XX, vuelve a estar presente en las librerías de nuestro país. A la reciente aparición en España de sus Diarios se agregan la recuperación de varias de sus obras más significativas a cargo de sellos argentinos, en ediciones propias y con traducciones nuevas.

Ediciones Godot ha publicado una decena de títulos, incluido el famoso Momentos estelares de la humanidad, en tanto Libros del Zorzal presentó en julio El mundo de ayer, la autobiografía en la que Zweig trabajó en sus últimos años, antes de quitarse la vida en Brasil en un pacto suicida con su mujer.

Como bien apunta Marcelo G. Burello, traductor y responsable de las notas abundantes y acaso excesivas que completan el volumen, más que una historia personal, El mundo de ayer es el retrato de una generación y del eclipse de una manera de entender la vida que voló por los aires con la Primera Guerra Mundial.

Zweig lo escribió al comienzo del segundo enfrentamiento planetario, entre 1940 y 1941, parte en Estados Unidos, adonde había llegado desde Gran Bretaña (había dejado Austria en 1934, donde su obra fue proscripta en 1936, dos años antes que en Alemania) y parte ya en territorio brasileño. Esa situación precaria realza el tono elegíaco de la obra, y el constante vínculo entre lo que parecían ser dos actos de un mismo drama, el de la destrucción de la Vieja Europa junto con sus tradiciones, costumbres y hábitos vitales.

Deben existir pocos testimonios más elocuentes que este libro acerca de lo que significó aquella catástrofe. Entre los recuerdos de su vida familiar y estudiantil, a medida que va descubriendo y ejerciendo la vocación literaria que le daría prosperidad y renombre en todo el mundo, Zweig vuelve una y otra vez a lamentarse por el fin de aquella vida ordenada, segura y humana que los europeos habían disfrutado por casi un siglo hasta que empezó la matanza de 1914.

Aquel "mundo de ayer" era previsible, constante, hospitalario para las grandes mayorías ("Nadie creía en guerras, revoluciones o levantamientos") y, al menos en el imperio austrohúngaro del que Zweig era ciudadano, respetuoso de las libertades y las religiones de pueblos muy diversos. Era un mundo sin apuros, ni arrebatos ni excesos y, cuando estallaban conflictos, se limitaban a escaramuzas breves que no alteraban la vida de la gente. Aquel mundo desconocía la inflación, favorecía el ahorro y las inversiones prudentes, y creía con ingenuo optimismo en un ideal de progreso que permitía llevar vidas "sin ascensos, sin caídas, sin sacudones ni peligros; una vida con pequeñas tensiones e imperceptibles transiciones".

Es cierto que el autor se contaba entre los más afortunados de aquella sociedad. Se había criado en una próspera familia de empresarios textiles judíos y su adolescencia y juventud fueron las de un muchacho de vida fácil, que podía gozar sin obstáculos de la fascinante oferta cultural en la Viena que entonces era una de las grandes capitales culturales del continente, o incluso del planeta.

La vocación literaria de Zweig prosperó con el cambio de siglo, azuzada por tareas periodísticas y el contacto con algunas de las grandes figuras de su tiempo, de las que estas páginas dan testimonio memorable. Porque El mundo de ayer también es eso: una galería de semblanzas de los poetas, novelistas, músicos, políticos, gobernantes o ideólogos que se cruzaron en la vida del autor y fueron sus amigos, mentores o adversarios.

Zweig ingresó en el periodismo gracias a Theodore Herzl, el fundador del sionismo que lo fascinó pero nunca llegó a convencerlo para su causa. Luego conoció a Rudolf Steiner, pionero de la antroposofía, del que luego se distanció; fue amigo y admirador del poeta belga Emile Verhaeren, al que tradujo y de quien escribió su biografía; se deslumbró con "el único y maravilloso fenómeno" de Hugo von Hoffmannsthal; frecuentó en París al refinado y perfeccionista Rainer Maria Rilke; compartió ideas y conversaciones con Franz Werfel y, en Zurich, con un James Joyce amargado y endurecido; escuchó a William Butler Yeats leer sus propios poemas; trató a Maxim Gorki, Benedetto Croce, Arturo Toscanini, Alban Berg y Richard Strauss; estuvo cerca de Karl Haushofer, antecesor ideológico de Adolf Hitler, y de Walter Rathenau, su opuesto exacto, y vio en Romain Rolland, a quien visitó antes de la hecatombe en su casita de Montmartre, "al hombre que había de ser la conciencia moral de Europa en el momento crucial".

El estallido del conflicto lo sorprendió justamente en Bélgica, visitando a Verhaeren, mientras el continente entero disfrutaba del que sería el último verano de paz y vitalidad en decenios. La guerra de 1914, inexplicable y absurda, iba a abrir un sendero de desdichas que Zweig, escribiendo un cuarto de siglo más tarde, enumeraba con honda desilusión: miseria, amargura, hambre, devaluaciones, revueltas, pérdida de libertades civiles, esclavitud a manos del Estado, una inseguridad perturbadora y la "desconfianza mutua entre todos".

Por esos años Zweig había alcanzado el florecimiento como escritor pero se encontró solo en su mirada pacifista, aislado entre el fanatismo de colegas que en todos los bandos por igual justificaron la matanza y la promovieron entusiastas. El recuerdo de aquella súbita transformación, con ecos que resuenan incluso en este siglo XXI, ofrece algunos de los pasajes más convincentes para entender el poder de la manipulación de masas y los dislates a los que puede conducir.

Zweig padeció el delirio en la Viena subordinada a los medios culturales alemanes, pero el fenómeno alcanzó a todos los países combatientes. Escritores, eruditos, filósofos, científicos y hasta sacerdotes terminaron convertidos en una "desaforada horda de poseídos" en su canto a las armas y el odio al enemigo. Incluso hubo médicos, ironizaba Zweig, que "alababan tan exaltadamente las prótesis que casi daban ganas de hacerse amputar una pierna para reemplazar la sana por una artificial".

Marginado, disconforme y recluido en el Archivo de Guerra austríaco después de pasar por una breve instrucción militar, Zweig optó por lo único que parecía posible en medio del desvarío: "retraerse en uno mismo y guardar silencio mientras los demás deliraban y vociferaban". Estuvo en ese limbo hasta que el agotamiento de la población civil y las repetidas derrotas en el campo de batalla cambiaron la marea y fomentaron el descontento con una lucha que parecía interminable. Entonces se propuso librar su propio combate personal y en minoría "contra la traición de la razón en la pasión colectiva del momento". Escribió un artículo resonante que mereció la adhesión fervorosa de Rolland, el otro gran disconforme europeo, y se abocó a la obra teatral Jeremías, que de algún modo marcó el inicio de su auténtica consagración literaria.

El fin de la carnicería y de su "peligrosa psicosis en masa", sumado al reguero de tumultos revolucionarios, crisis políticas e inflaciones galopantes que siguieron al armisticio de 1918, trajo también el comienzo de la "era de la desconfianza" y una masiva rebelión juvenil contra todo lo natural, incluso la sexualidad, que alcanzó su manifestación más cruda en el Berlín decadente de la década de 1920. Zweig no comulgó con ese momento de "éxtasis entusiasta y fraude escandaloso", pero retrospectivamente, y acaso pensando en su agitada vida íntima, tampoco deseó que hubieran faltado "esos tiempos caóticos".

Convencía menos a su espíritu clásico la subversión que se había apoderado del arte en todas sus formas. "El elemento inteligible fue proscripto por doquier -recordaba con fastidio -: la melodía en la música, la semejanza en el retrato, la comprensibilidad en la lengua. Los artículos `el', `la' o `lo' quedaron abolidos, la sintaxis se vio invertida, se escribía rápido y moderno, al estilo de los telegramas, con efusivas interjecciones; además, toda literatura que no fuera activista, o sea, sin una teoría política, iba a parar a la basura". Con 36 años, Zweig rechazó esos experimentos mientras buscaba afianzar su propia voz literaria.

Y no tardó en conseguirlo. Superada aquella etapa de quiebre se inició la época más gloriosa para su obra. El período de 1924 a 1933 (cuando "aquel hombre", Hitler, llegó al poder en Alemania y empezó a veranear en el majestuoso Berchtesgaden, muy cerca de la casa de Zweig en Salzburgo) fue el de mayor éxito y fama internacional. Sus libros gozaban de una inmensa popularidad y entre 1932 y 1939 lo convirtieron en el escritor vivo más traducido del mundo. Había alcanzado la madurez narrativa con un estilo guiado por su talante de "lector impaciente y temperamental". Su meta cuando escribía cuentos, novelas cortas y, especialmente, las numerosas biografías de personajes históricos o artísticos, era la condensación y la composición, sin distraer al lector ni perder ritmo. La documentación en sus obras no debía notarse y el ideal máximo era la síntesis y la agilidad. Al escribir, confesaba, "suprimir es de veras lo más divertido".

Mucho de ese esfuerzo puede apreciarse en El mundo de ayer, con su alternancia dosificada de recuerdos personales -más bien escasos y discretos- y el trazo grueso de la historia trágica de un país y un continente desbaratados por el odio y la guerra. "Nacidos con un alma libre -escribía hacia el final del libro-, continuamente se nos ha hecho sentir que éramos objetos y no sujetos, que a nada teníamos derecho y que todo nos era dado por gracia de las autoridades". Una frase con perturbadoras resonancias en este siglo en el que también, aunque por otros motivos, cunde la psicosis y el delirio de masas y se empuja no ya a un pueblo o una nación sino a toda la humanidad a romper con la vida de siempre, la que se vive en libertad y sin miedo por el prójimo.