La Prensa

Covid-19: cada vez son más los expertos que llaman a cuestionar todo

Especialistas en Ciencia, Medicina, Política, Estadística, Sociología y otras disciplinas participaron de una cumbre en Londres para analizar el modo en que se manejó el mundo ante la pandemia y de qué forma es posible comenzar a recuperar nuestras vidas.

Las preguntas desafiantes acerca de cómo se ha manejado el covid-19 en los últimos 16 meses no se restringen a una minoría marginal, como se intenta presentar. La mejor prueba de que estos interrogantes ya son insoslayables es la reciente cumbre celebrada en Londres bajo el elocuente título de “Cuestioná todo”. Mientras en nuestro país la opinión pública parece no tomar nota de la inconsistencia de las medidas adoptadas y la urgente necesidad de un debate, en la reunión londinense participaron casi una veintena de prestigiosos expertos en Ciencia, Medicina, Política y Sociología, entre otras especialidades.
Según explicaron los organizadores, el encuentro, que se transmitió en vivo de forma virtual, tuvo como objetivos evaluar la respuesta al covid-19, analizar de qué forma el mundo puede empezar a convivir de manera responsable con el virus y ofrecer una hoja de ruta para la recuperación que ayude a acelerar la vuelta a la vida civil.
Este examen de las medidas adoptadas frente al coronavirus hasta el momento incluyó interrogantes muy pertinentes como: ¿Por qué se descartó el libro de reglas de las pandemias?, ¿Por qué el covid-19 fue sobrediagnosticado?, ¿Por qué las estadísticas que impulsan el covid-19 son erróneas?, ¿Funcionaron los confinamientos?, ¿La respuesta global al covid-19 ha causado más daños que beneficios?
Una intervención muy interesante fue la de Nick Hudson, actuario, fundador y presidente de Panda Pandemics Data & Analytics, quien buscó responder cómo y por qué las insólitas cuarentenas de los sanos se convirtieron en la respuesta dominante ante el covid.
“Antes del 2020 -señaló Hudson- no era posible encontrar un solo libro de texto sobre salud pública que avalara la práctica de poner en cuarentena a los sanos”. Sin embargo, cuando llegaron los confinamientos, las guías de cómo proceder ante una pandemia se dejaron de lado. “Incluso, peor, es que ninguno de los gobiernos que implementaron los confinamientos llevó adelante alguna forma de análisis de costo-beneficio”, destacó.
Asimismo, hizo hincapié en el hecho de que cualquier examen del impacto de los confinamientos no haría más que revelar que éstos tienen más costos que beneficios en términos de salud pública.
Los pocos estudios que concluyeron que los confinamientos fueron efectivos, según remarcó Hudson, tuvieron un error en común: soslayar que desde el comienzo de una pandemia se da una reducción de la tasa de propagación del virus a medida que disminuye la cantidad de personas susceptibles por haber sido infectadas. “Todos estos trabajos que hablaban del efecto positivo de los confinamientos dejaron de lado esta realidad sobre la tasa de propagación y la atribuyeron a las cuarentenas”, argumentó.
En esa línea, también apuntó que se creó la idea de que todos éramos susceptibles ante el virus si bien enseguida se supo que eran los adultos mayores los verdaderamente vulnerables y señaló que incluso la Organización Mundial de la Salud alimentó esta idea equivocada mediante sus comunicados de prensa, donde mencionó a los niños en numerosas oportunidades.
En opinión de Hudson, la combinación de los hallazgos sobre la supuesta efectividad de los confinamientos, sumados a la idea de susceptibilidad universal y a la creencia de que se trataba de un virus completamente nuevo -cuando en realidad era similar al anterior SARS- condujo a un conjunto de resultados trágicos. “Cuando los medios y los funcionarios de salud pública miraron al mundo, y la vasta mortalidad que se esperaba no se pudo evidenciar, concluyeron que los confinamientos habían funcionado”, explicó.
Como contrapartida mencionó el caso de Suecia, que de manera correcta “separó la política de la ciencia” y al evitar los confinamientos demostró que no alcanzó los trágicos resultados que se habían pronosticado en ese país.
También se preguntó dónde estaban los servicios de inteligencia de los países mientras se desplegaba una propaganda feroz desde los medios haciendo creer en la eficacia de los confinamientos, la susceptibilidad universal, las nuevas variantes más riesgosas para los jóvenes, la efectividad de los barbijos, el contagio de los asintomáticos, el diagnóstico de casos mediante pruebas de PCR, en conjunto con los “chequeadores de datos”  y los “censuradores” y la formación de “ministerios de la verdad”. “¿Los servicios de inteligencia fueron parte del juego o simplemente fueron incompetentes? Es una pregunta importante”, aseveró.
Del mismo modo, instó a preguntarse si las tasas actuales de mortalidad no fueron en gran parte causadas por “el fracaso en llevar adelante procedimientos médicos normales, como tratar a las personas en el momento en que se presentan con una enfermedad, en vez de esperar a que acudan al hospital cuando están casi muertas”.
El otro fracaso, según Hudson, fue el de no realizar autopsias, bajo la excusa de que eran un proceso peligroso -fogoneado por el pánico-. “Esto llevó a que los médicos no pudieran conocer más sobre la enfermedad y, por ende, el proceso de corrección del error no ocurrió”, lamentó.

ESTADISTICAS INCIERTAS
Por su parte, Norman Fenton, matemático de formación y profesor de Gestión de Riesgos e Información en la Universidad Queen Mary de Londres, explicó por qué las mediciones respecto del covid-19 son defectuosas.
Según relató, él y su equipo de investigación se preocuparon por el modo “naif” en que las estadísticas estaban conduciendo la narrativa del covid. “El problema es que las métricas están sujetas a la definición de 'caso' de covid: tenemos el número de casos, el número de hospitalizaciones, el número de muertes. Pero, incluso si estuviéramos de acuerdo en la definición de caso, no nos dicen ninguna de las otras métricas adicionales críticas, es decir cuántos de esos casos son asintomáticos, cuántas de las hospitalizaciones son por otra causa distinta al covid y cuántas solo tuvieron covid después de la hospitalización, y cuántas personas murieron con covid y no por covid”, expresó, para luego añadir: “Aún peor, sabemos que un caso de covid es simplemente un test positivo de PCR, que puede incluir también a los falsos positivos”.
Fenton puso además el foco en el hecho de que las pruebas de PCR socavan los resultados de la demostración de la eficacia de las vacunas, al comparar el número de “casos” entre vacunados y no vacunados. Como ejemplo citó el estudio publicado en The Lancet sobre la eficacia de la vacuna de Pfizer, en el que en promedio se realizó el test de PCR a una de cada seis personas vacunadas mientras que cada persona sin vacunar fue sometida a dos tests de PCR. “Si no se testea a los vacunados, no se encontrarán casos entre ellos. Y si continuamente se testea a los no vacunados, se encontrarán montones de casos, en su mayoría falsos positivos”, argumentó.
“Meses después, The Lancet todavía no ha publicado nuestra carta en la que resaltamos las deficiencias en las conclusiones de este estudio”, mencionó.
Para concluir, Fenton planteó al público el interrogante de qué tienen en común las siguientes preguntas: ¿cuántos casos de covid hay?, ¿cuántas hospitalizaciones por covid hay?, ¿Cuántas muertes por covid hay? Y ¿cuán efectivas son las vacunas contra el covid? Su respuesta para todas esas preguntas es la misma: “Incluso tras 17 meses, no tenemos idea”.

LA LIBERTAD PERDIDA
Otro de los oradores en la cumbre se ocupó de responder si la negociación de la propia libertad a cambio de seguridad es una ilusión. Al respecto se refirió Frank Furedi, profesor emérito de Sociología en la Universidad de Kent en Canterbury e investigador principal del Instituto del Siglo XXI, en Budapest.
“Considero que vivimos en un mundo en el que cada vez más la amenaza a nuestras vidas, la amenaza a nuestra salud, no está representada por el covid sino por la libertad. Es decir, por las personas que actúan libremente, moviéndose, personas que están comportándose con normalidad en la forma anticuada”, reflexionó el sociólogo.
No obstante, el catedrático aclaró que esta manera de mirar la libertad como una amenaza a nuestra seguridad data de mucho tiempo atrás. “El primero en referirse a este tema fue Thomas Hobbes, el filósofo inglés, quien desarrolló la idea de que si cambiábamos libertad por seguridad, todos estaríamos bien”, recordó.
De todas formas, enfatizó que los valores a los que las personas adherían en términos de libertad han disminuido muy bruscamente en el mundo occidental en los últimos 18 meses. “El valor de seguridad ha desplazado al valor de la libertad”, aseguró.
Por otra parte, evaluó que algunas personas creen que esta obsesión por la seguridad tiene que ver con los medios, el modo en que se han comportado los gobiernos y la forma en que funcionan las instituciones dominantes. “Es verdad que muchas de las instituciones y los gobiernos negocian con el miedo como moneda, pero es importante advertir que casi todo lo que está sucediendo en la actualidad, la hostilidad frente al riesgo de la libertad y la vuelta a la antigua normalidad, se basa en importantes fuerzas culturales anteriores al estallido del covid”, reiteró.
“Temer siempre lo peor ha existido durante mucho tiempo. La idea del principio de precaución, que recoge esto, se ha institucionalizado en las últimas dos décadas”, prosiguió Furedi, quien afirmó que la adicción por la seguridad ha influenciado durante décadas nuestros comportamientos. “La obsesión por los espacios seguros -que ha estado presente en los últimos cinco o seis años- y la voluntad de auto encuarentenarse de los jóvenes también ha estado presente por lo que no es sorprendente que las personas estén felices de permanecer ahora en cuarentena, u opten por el autoaislamiento”, detalló.
Asimismo, apuntó que el concepto de seguridad se ha medicalizado ya que nuestra noción de seguridad se ha visto cada vez más sometida al idioma de la medicina. Como paradoja citó el ejemplo de aquellos que se oponen a los confinamientos y al argumentar hablan del impacto que tienen éstos sobre la “salud mental”, cuando según Furedi, debería hablarse del impacto que han tenido sobre la libertad.
También habló el sociólogo del fenómeno cultural de la reducción permanente de nuestras expectativas, en particular la de los jóvenes, al punto en que muchos de nosotros hemos adoptado una actitud de fatalismo. “En vez de vernos a nosotros mismos como el sujeto de nuestro destino, nos vemos como el objeto de fuerzas fuera de nuestro control -como el calentamiento global, el terrorismo global, el clima- que están continuamente determinando cómo conducimos nuestras vidas”, expresó.
Furedi sostuvo que una vez que hemos adoptado este idioma cultural fatalista, la idea de la “nueva normalidad” cobra mucho sentido. “¿Cuál es el mensaje detrás de la “nueva normalidad”? Es básicamente un mensaje que dice no esperes vivir de acuerdo a las libertades de las cuales disfrutabas una o dos décadas atrás. En otras palabras, la nueva normalidad para vos y para mí es una peor normalidad que aquella a la que estábamos acostumbrados en el pasado. Encierra este sentido fatalista del mundo”, precisó.
Según el académico, la premisa hoy es que quienes viven libremente están amenazando la salud y la seguridad. Por lo tanto, la contrapartida es que si resignamos un poco de nuestra libertad, entonces nos sentiremos más seguros y estaremos mucho más saludables. “Pero si pensamos en los últimos 18 meses, hemos sistemáticamente intercambiado nuestra libertad por nuestra seguridad, hemos resignado nuestra libertad de movilidad, de sociabilizar, de manejarnos como ciudadanos con vida pública, pero ¿usted o las personas del público se sienten más seguras hoy en día por el hecho de haber intercambiado todas estas libertades? ¿O dicen que pueden vivir en confinamiento, que los confinamientos no han sido tan malos y que están dispuestas a volver a ellos en un futuro indefinido porque no se sienten realmente seguras?”, interpeló, para luego apuntar: “Nuestra pérdida de libertad -que es el haber perdido nuestro poder como seres humanos- nos ha hecho en verdad sentir mucho más inseguros y ansiosos”.
En esa misma línea indicó que negociar la libertad no hace a las personas sentirse genuinamente más seguras, sino que “cuando actuamos como ciudadanos libres y nos atrevemos a dejar nuestros hogares, a empezar a relacionarnos con otros y empezar a sentir la solidaridad, dándonos fuerzas los unos a otros, es cuando la seguridad aparece por sí misma”.
Furedi aclaró que sin dudas el covid es una amenaza muy real pero la manera en que debemos manejarlo es “dándole a las personas más oportunidades para ejercitar su capacidad de unirse, trabajar en conjunto y empezar a discutir cuáles son las soluciones apropiadas que tienen sentido de acuerdo con sus circunstancias”.
Para concluir, insistió en que el concepto de “nueva normalidad” es realmente aterrador y preocupante. “Tenemos que entender que la “vieja normalidad” era lo suficientemente buena y era el producto de siglos de lucha y logros en materia política, intelectual, científica”, remarcó. “La vieja normalidad no es algo a lo que simplemente podamos renunciar para poder abrazar en forma fatalista el consejo de expertos que pueden decidir por nosotros cómo será la normalidad. Porque lo que es normal no debe ser producto de personas que discutan la normalidad en un laboratorio, sino que debe ser el producto de debate y discusión entre personas como usted y yo”, finalizó.