La Prensa
De esto se habla hoy­

El caso Chocobar o el poder del delito­

 

Hace apenas 20 días, publicamos en estas columnas una nota titulada El robo de arriba engendra el robo de abajo. En ella nos ocupamos del vínculo -no oficializado, pero ostensible- que une a muchos políticos, más amigos del negociado que de las tareas propias del gobierno, con los delincuentes comunes.

Dijimos entonces que, cuando en las altas esferas se roba, el Estado pierde estatura moral para sancionar al delito común. Comunes, en realidad, son todos los delitos. He aquí una manipulación del lenguaje, que se origina en que, en las cercanías del poder -o en su centro- no se quiere que los ilícitos que allí se cometen sean considerados comunes. Tras esa tergiversación del idioma, anida el primer eslabón de la teoría del law fare

Además, es entre los delincuentes de guante no blanco, donde buen número de políticos, gremialistas y dirigentes sociales reclutan su fuerza de choque cuando se trata de agredir opositores, de extorsionar empresas o de formar piquetes. (¿Recuerda el lector aquel Vatayón militante -militancia K, claro está- integrado por penados cuya salida se permitía para ejercer funciones como las mencionadas?).­

El maridaje de unos y otros delincuentes, se cubre con la capa del garantismo penal, el cual, supuestamente pensado para famélicos ladrones de gallinas -a quien se puede mirar con compasión- se emplea con frecuencia en beneficio de quienes roban a un Estado indefenso, puesto que es víctima de aquellos que deberían cuidar de él.­

­UN CASO EJEMPLAR­

­Una lamentable muestra de lo dicho, lo constituye el reciente fallo que condenó al policía Chocobar por homicidio a dos años y medio de prisión (nada importa que ésta sea en suspenso).­

Chocobar impidió, justamente, que se cometiera un verdadero homicidio. El que estaban en tren de perpetrar dos ladrones que asestaron a un turista extranjero la friolera de doce puñaladas. Pero resultó condenado él, por ultimar a uno de ellos. ­

El hecho de que en el mismo fallo se condenara a prisión al ladrón superviviente, no disminuye su gravedad. Porque si el uniformado que da muerte a un asesino, impidiéndole consumar su tarea, es condenado por homicidio, impera en nuestro foro aquel Reino del Revés que cantaba María Elena Walsh.

Que ese asesino de vocación -que, gracias a Chocobar, no consumó su tarea- haya o no recibido una bala por la espalda, cosa que tanto se ha meneado, no es relevante ni puede serlo en ningún país del mundo. Cuando un sujeto así no acata la orden de alto, no se lo puede dejar huir para que continúe su raid criminal. Chocobar cumplió con su deber. Y justamente por eso, el Estado lo acaba de condenar. ­

En estos días, un subcomisario que abatió a dos motochorros está detenido .¿Qué suerte puede aguardarle por defender su vida y, al mismo tiempo, a toda la sociedad? Ninguna buena, está a la vista. Y con esta justicia -sí, con minúsculas- tampoco a nuestro sufrido país lo espera una suerte buena. ­