La belleza de los libros­

Una pasión ardiente e imprescindible­

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­Como en tantas profesiones, nada más importante en el periodismo que la necesidad de ejercerlo, sufrirlo y gozarlo. Si no fuera tan apasionante, sería un sacerdocio. Llamas de Madariaga y su historia que tantos soñamos vivir.

Con esa innata vocación por sorprender -sin poder evitar deslumbrar- Llamas de Madariaga prologa su libro recordando, casi como al pasar, que es sobrino nieto de Salvador de Madariaga, el hispánico autor del inolvidable Corazón de piedra verde, la novela histórica con la que muchos descubrieron el mundo azteca, y otros aprendieron a entenderlo, aunque Enrique lo cite al pasar, como un libro más y no como un trabajo magnífico.

La clausura monacal pandémica postergó un año la aparición en librerías de Serás Periodista, el libro de Llamas de Madariaga que él se empeña en sostener que no se trata de su biografía, aunque lo sea. Sólo que en vez de elegir el camino a veces tedioso de recordar su infancia, su escuela, sus compañeros de la bolita, el trompo y el balero, Quique lleva directamente a sus recuerdos, a sus personajes, a sus confidentes y sus reporteados, a sus ídolos y sus maestros, a los medios emblemáticos en los que trabajó, a las épocas que vivió. Tal vez porque transitó un país y un período en que la infancia era muy corta, donde se pasaba sin prolegómenos de la niñez al trabajo, de la escuela a la oficina o la fábrica. De alumno a aprendiz. De la familia a la vida.

Es a través de esos recuerdos y esas semblanzas que construye y cuenta su curriculum, desde el Cholo Peco, que para muchos es un sindicalista más, pero para el narrador es un protector y un tutor, hasta Frondizi, Alfonsín o Menen, el primero hosco y difícil, los dos últimos expertos en dialogar en la intimidad con la prensa. Había que saber cómo entrarle a cada uno. El Cholo era el jefe del sindicato de repartidores de diarios, en su momento tan importante como los Mitre o los Noble. Así eran las cosas pre-internet y pre-TV. ­

­LA ETICA DE LA NOTICIA­

El resultado es, primero, entretenido, si se puede permitir el adjetivo mundano y casi poco respetuoso. Porque las descripciones de personalidades o situaciones son generosas, imparciales, íntimas, aún cuando narren a veces momentos duros personales, que incluyen épocas en que el periodismo era descartable, y los periodistas también, como tantas otras en la historia nacional. Y, además, narradas en una prosa fácil, rica, amena y profunda. De paso, un repaso comprimido pero contundente de varias décadas que pusieron patas para arriba a Argentina.

Detrás de esa fachada, una excusa acaso, se descubren valores que no se dicen. O que se dicen sin decir. Se descubre la ética de la noticia. La capacidad de aquellos grandes de la profesión que jamás traicionarían un acuerdo, un pacto de silencio, un embargo, una confidencia o un off the record. De los que frecuentaban como tarea desde el bajo mundo hasta la aristocracia social o política y cultivaban una relación para conseguir una información, una declaración, una confidencia que se trataba con una responsabilidad ya olvidada. ­

También es la historia de una profesión humilde. De gente con menos recursos que un empleado jerárquico, que arriesgaba su puesto por dar una noticia que no podía dejar de dar, por esa pasión que era más fuerte que todo. Llamas es, en un injusto resumen, un hombre de noticias. De la vieja escuela, la única. Su CV está lleno de nombres emblemáticos. Imposible recorrer sus páginas sin recordar las entrevistas de Frost a Nixon, pobladas de acuerdos y límites, que en definitiva presentaron descarnadamente la figura del presidente, que era la tarea del entrevistador. Imposible no rememorar a aquellos corresponsales de guerra que luego fueron famosos, que no escribían desde el frente de batalla, sino que extraían sus experiencias y sus vivencias de los protagonistas de esos combates, sus colegas o sus víctimas. Y se aseguraban de que fueran ciertas. Malaparte, Hemingway, Steinback, Remarke y muchos otros ­

Entre los actos de valentía de esta obra, está el recuerdo del autor para Bernardo Neustadt, que tantos que aprendieron, crecieron y prosperaron a su lado, hoy tienen vergüenza de nombrar porque ha recibido críticas, merecidas en muchos casos, por sus apoyos, favores y lealtades; apoyos, favores y lealtades que muchos otros que se precian de impolutos han prodigado secretamente a personajes igualmente innombrables. Reconocer las cualidades y los innegables aportes profesionales de Bernardo no es compartir sus convicciones ni su conducta. ­

El autor omite o minimiza sus éxitos en la gráfica, la radio y la televisión, que fueron muchos, y que le valieron reconocimiento, prestigio, respeto, buenos ingresos y envidias. Supo transcurrir por esos momentos con la misma dignidad que relata en los casos y etapas en que su devenir y su carrera no eran tan auspiciosos ni prósperos. Gajes del oficio. Justamente esas etapas duras y complejas que recuerda con sencillez y sinceridad muestran algo que es tan difícil de encontrar hoy, cuando el periodista ha pasado de ser reportero a ser conductor, de conductor a content y de content a panelista. Un actor haciendo de periodista, en muchos casos.

Seguramente Enrique intentaba simplemente resumir su vida de algún modo. Pero, sin quererlo, ha escrito un tratado de posgrado. Que quienes sueñan con ejercer una profesión parecida, deberían leer y meditar en profundidad, suponiendo que les interesase. No tiene la obligación de imitarlo, ni siquiera de aprender nada de él, quédense tranquilos. Finalmente, es sólo un periodista. Orgullosamente