La Prensa

El covid se llevó a otro destacado intelectual argentino

Fernando Chao (h) nos dejó hace tres días en su Rosario, cuando estaba por cumplir 75 años, víctima del trágico mal que en este momento azota al mundo. Hijo de don Fernando, un español que llegó a la Argentina por los años 40, y fue periodista en La Capital de Rosario, reconocido crítico cinematográfico y uno de los gestores del Festival del Cine en Mar del Plata; desde siempre y fallecido hace unos años, hasta ahora firmó (h). 

Fernando era bioquímico, recibido hace 50 años, después cursó Ciencia Política y fue profesor en la Facultad de Ciencias Agrarias de su ciudad natal. Desde joven se interesó por las monedas y medallas, se integró al Instituto Numismática e Historia de San Nicolás de la mano de quien fue su maestro y entrañable amigo el doctor José Eduardo de Cara, ya en 1969 publicó en su boletín un artículo de su autoría “Un ensayo español inédito”. No podía dejar de pertenecer en su Rosario al Centro Numismático de esa ciudad que en su revista de 1970 publicaba la nota “Venturas y desventuras de una cabeza clásica” con Luís María Novelli. Ese fue el comienzo de más de 140 artículos sobre su especialidad, sin contar algunos inéditos o apuntes que se encontrarán entre sus papeles, los que una década después lo llevaron a integrar la Academia Argentina de Numismática y Medallística como correspondiente. Ya en 1982 a instancias de Eduardo de Cara y de Eduardo de Oliveira Cézar entrañables amigos llegó al Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades como correspondiente y en 1995 como numerario.         

A esta trayectoria se sumaba que en 1968 fue nombrado por el gobierno de la provincia de Santa Fe asesor de la dirección y en 1976 designado como miembro de la Dirección del Museo Histórico Provincial de Rosario “Dr. Julio Marc” en carácter de secretario. En 1981 fue fundador y el primer Director del Museo Municipal de la Ciudad de Rosario. Renuncia a ambos cargos en 1983, pero quedó vinculado como asesor a las Asociación de Amigos ambas instituciones. Fue el fundador de la carrera de Museología en ese municipio y profesor de la misma en 1984 y Director del Centro Cultural “Bernardino Rivadavia”, dependiente de esa comuna de 1996 al 2006.

No hubo institución de su ciudad natal que no contara con su participación y en todas ellas integro su Directiva en distintos cargos: la Sociedad de Historia de Rosario, hoy Junta de Historia de Rosario desde 1982, las comisiones de Cultura de la Bolsa de Comercio, donde propició la creación del Museo y la del Jockey Club; impulsado por su amor a la música la Asociación Cultural “Teatro El Círculo” desde 1992; el Rotary Club del que fue Presidente durante el período 2006-2007. A esto debemos agregar Junta Municipal del Monumento Nacional a la Bandera y miembro de la Comisión del Congreso de la Lengua celebrado en esa ciudad en el 2004. Este año integró la del Congreso Belgraniano organizado por la Academia Nacional de la Historia que por razones de la pandemia no se pudo concretar. 

Su labor en la numismática lo llevaron a integrar la Federación de Entidades Numismáticas y Medallísticas Argentinas, fue jurado del Primer Premio de Literatura Numismática y Medallística “Alberto Coco Derman” su gran amigo, instituido para el año 2008. 

La Academia Nacional de la Historia, lo designó miembro correspondiente en la Provincia de Santa Fe en el 2011 y la Academia Argentina de Artes y Ciencias de la Comunicación en la misma categoría en el 2015. Integró el Consejo de Redacción de Histopía.

Publicó numerosos folletos y libros, el más importante sin duda en el 2010 Medallic portraits of Admiral Vernon (Kolbe & Fanning Numismatic Booksellers – Ohio – U.S.A.) Obra en inglés escrita conjuntamente con John Weston Adams y con la colaboración de Anne. E. Bentley directora de la Massachussets Historical Society. Como también sobre la medalla del monumento a Alvear de Bourdelle , “La sublevación de Túpac Amaru y sus medallas” con el sello de la Academia Nacional de la Historia en el 2013 y 2014. Finalmente “Monedas argentinas de emergencia” con Mariano Cohen, Roberto Díaz y Emilio Paoletti auspicia por el Instituto Bonaerense de Numismática y Antigüedades en el 2016.

A instancias del que firma sus últimos trabajos fueron sobre “Belgrano y los beneméritos naturales” con Mariano Cohen, para el libro sobre el prócer editado por la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires; y una colaboración en La Prensa sobre una medalla belgraniana, donde tenía previsto seguir con algunos otros temas.

Ese era Fernando el maestro, de los de la vieja escuela que nos quedaban, discípulo y amigo de la anterior generación y generoso con los nuevos. En 1995 recibió el “Premio de La Fundación Héctor I. Astengo” en el centenario de su creador, “por su valiosa contribución a la cultura de la ciudad y el país”, si ya por aquella época había hecho mucho, este galardón no hizo más que estimularlo, y en este cuarto de siglo dejó bien en alto el prestigio de su ciudad y de su país, pero sobre todo fue un hombre de bien y un hacedor.

En una amistad de tres décadas, lo conocí en la intimidad familiar y puedo dar fe de su leal vivir, junto a Cecilia Cabanellas su mujer, dedicado padre de Fernandito y Mercedes, pero abuelo ejemplar, recuerdo compartir en el Colón con sus nietos un espectáculo, o alentar a otro a leer sobre mitología con lo que ponía en aprieto con preguntas olvidadas. Cocinando sus famosas paellas, disfrutando de Garopaba (fue el primer argentino en instalarse en el lugar) y oxigenándose en el campo, siempre amable y conciliador; aún con los que pensaban distinto a su criterio. Hemos recibido y leído tantos mensajes de colegas y amigos del país y del exterior, donde todo es elogioso y donde un patrón común se da, “el caballero”, “el hombre de bien” y el “permanente hacedor”. 

Hizo Patria sin darse casi cuenta como algo natural, se fue en el día del coleccionista, tan elegante por fuera como por dentro, tenía la palabra justa y a veces saltaba la fina ironía, hilvanó amistades y se ofreció generosamente, caminó rectamente y nunca se alejó del meridiano luminoso con que el destino lo había señalado.