La Prensa
LECTURA HEDONICA Y EXAMEN CRITICO SE CRUZAN EN `UNA CIERTA IDEA DE MUNDO', DE ALESSANDRO BARICCO

En la biblioteca de un escritor

Con la excusa de comentar los mejores 50 libros que leyó en un período de diez años, el autor italiano revela gustos, fobias, envidias y algunos secretos de su oficio. En todos los breves ensayos predomina un engañoso tono informal.

En casi todas las literaturas es posible encontrar un verdadero subgénero, encantador y estimulante, que podría denominarse como el de los "libros sobre libros". Aparece con frecuencia en la era moderna, aunque sus antecedentes se remontan a la antigüedad clásica. En castellano hay muchos ejemplos. Piénsese en Clásicos y modernos y Al margen de los clásicos, de Azorín, en las series de Simpatías y diferencias de Alfonso Reyes, Contra esto y aquello de Miguel de Unamuno, La verdad de las mentiras de Mario Vargas Llosa, o las recopilaciones borgianas de Textos cautivos (con los escritos aparecidos en la revista El Hogar) y Borges en Sur. Son obras que se ubican en la frontera entre el prólogo, la crítica literaria, el periodismo cultural y el más relajado apunte de lecturas. Al tiempo que pintan un determinado paisaje literario y una época, van esbozando el retrato mental del escritor que leyó esos libros para compartirlos con otros, sus lectores del futuro

Es esta última característica la que reivindica el italiano Alessandro Baricco en Una cierta idea de mundo (Anagrama, 179 páginas). Lo hace explícito ya desde el título y en el prólogo: a través del ejercicio sostenido de leer y comentar, en la expresión de sus tajantes opiniones personales sobre libros, géneros o temas, el autor es consciente de que dirá casi tanto de sí mismo como de las obras que se propone reseñar con finalidad laboral, placentera o lúdica

En Una cierta idea de mundo Baricco (Turín, 1958) no hace crítica propiamente dicha, ni análisis literario más o menos profesional, ni reformula prólogos ni reseñas al uso tradicional. Aspira a algo diferente. Enhebra impresiones y juicios acerca de una selección de títulos que no es caprichosa pero tampoco justificable. Asegura haber partido de una sola exigencia: comentar los cincuenta mejores libros que leyó en una década, que es la que va de 2001 a 2012 (año de la publicación original en italiano), luego de una mudanza que lo obligó a formar una nueva biblioteca personal. Aunque es cierto que la tarea se originó en un compromiso periodístico. Todos estos escritos aparecieron primero a modo de columna en el diario La Repubblica a razón de una por semana. 

CUESTION DE TONO­ 

El tono debe ser primordial en este tipo de ensayos. El de Baricco propende en todo momento a la informalidad. En el encabezamiento de cada texto, en unas pocas líneas en cursiva, cuenta de qué modo dio con el libro que pasará a comentar, si fue por azar, por recomendación de un amigo o curioseando en una librería. Más de una vez no sabe bien por qué se decidió por uno o por otro. En algunos casos las lecturas son en verdad gozosas relecturas de clásicos muy queridos.

De los cincuenta seleccionados, Baricco eligió mitad obras de ficción y mitad ensayos o libros de historia. No parece haber respetado compromisos editoriales ni periodísticos, aunque eso es difícil de verificar dada la distancia geográfica y también temporal. En cambio se ajusta a algunas reglas personales: leer cada año "un Faulkner y un Shakespeare", y al menos un clásico de filosofía (el incluido aquí es el Discurso del método, de Descartes).

Novelista sutil y autor reconocido y hasta popular, Baricco se presenta en estas páginas como un comentarista más entusiasta que refinado, que tiende a referirse más a la forma que al fondo de los libros que revisa, aunque no siempre cumpla esa norma. Su guía primordial es registrar el placer físico, no necesariamente intelectual ni dotado de sentido, que se experimenta con la lectura. También se permite la contradicción. Por un lado confiesa que sólo termina los libros "que me enseñan algo o que brillan con una lengua que me maravilla...Sólo maestros o voces irrepetibles". Pero varios capítulos más adelante agrega: "Se lee no tanto para aprender ni tampoco para poder uno entretenerse de un modo inteligente, se hace para dejar que la prosa impregne un cansancio, un fracaso o una derrota personales, aliviando el resquemor y limpiando la herida". Cualquier lector veterano puede identificarse con las dos ideas. 

Cómodo en su pose informal, Baricco prodiga más confesiones. Odia el thriller y admite que la novela negra no lo vuelve loco. Tiene problemas con el uso del tiempo presente en literatura (y eso dicho más como escritor que como lector). Adora los libros que hablan de derrotas (en la selección hay un par que se ubican en ese apartado). Es un aficionado a la novela histórica de calidad: lo demuestra con la inclusión de una obra del sueco Per Olov Enquist y de la formidable Wolf Hall (En la corte del lobo), inicio de la galardonada trilogía de la inglesa Hilary Mantel sobre la vida del maquiavélico cortesano Thomas Cromwell.

Al pasar, sin grandes aspavientos, asoma el crítico oculto dentro del lector. Son apariciones que se agradecen por discretas y precisas. El Baricco crítico se anima a destacar las diferencias esenciales que separan a los libros del ámbito angloamericanos del modo de escribir europeo, "inmensamente menos confeccionado, incauto y ambicioso, más irregular". Frente al inglés Ian McEwan, de quien comenta On Chesil Beach, tiene reparos. La suya, objeta, es "literatura que encuadra la vida real para luego descomponerla y explicarla, como si quisiera que los que la viven vieran lo que hacen cuando la viven". Refiriéndose a los cuentos de la estadounidense Elizabeth Strout no tarda en ubicarla en el linaje de cuentistas que inauguró Chéjov, aunque con matices. Recuerda que la meta de esa escuela literaria, que alcanzó su culminación en los relatos de Raymond Carver "que Gordon Lish maquilló", era "hacer que la voz del narrador desaparezca". Luego establece la distinción crucial: Strout consiguió la misma proeza, pero animándose a intentar un "equilibrio entre mutismo y voz, entre frialdad y compasión, y además hacerlo bien, con elegancia y precisión", en un ejercicio que sólo ve comparable al que practicaba Alice Munro.

El Baricco lector se disfruta más cuando lee como escritor. O al menos es al asumir esa condición que sus opiniones resultan más originales, más agudas y afinadas. En el texto que dedica a Anatomía de un instante, de Javier Cercas, hay crítica literaria, o incluso más que eso, casi un breve ejercicio de exégesis literaria. Pero se trata al mismo tiempo del examen atento, brevemente minucioso, que hace un escritor de los recursos y los mecanismos creativos de otro escritor. Es una instructiva conversación entre colegas que no tiene desperdicio

Hay más ejemplos. La relectura de El Gatopardo, al que define como "un libro tocado por la gracia", lo invita a reflexionar sobre las riquezas que ofrece el idioma italiano al que sepa y pueda explotarlas en toda su magnitud. "¿Dónde ha ido a parar esa lengua tan refinada, exacta, opulenta, sensual, física y elegante?", inquiere con melancolía.

De Truman Capote lee en tándem Desayuno en Tiffany's y A sangre fría, dos libros opuestos que por su radicales diferencias realzan el genio del escritor que los concibió ("Es difícil imaginar una exhibición de maestría más cristalina e indiscutible que esta", asegura). Pero acto seguido se concentra en el segundo, ese híbrido que consiguió lo que apenas se ha logrado en otros dos o tres casos, y es aquello de convertirse en literatura "limitándose sólo a contar fielmente la crónica de un suceso". ¿Cómo lo hizo Capote? Responde Baricco: "Opino que por encima de todo se trata de una sobrehumana habilidad en la frenada: el estilo, la imaginación y la participación emotiva. La parte genial del libro es todo lo que no contiene"

ENVIDIAS­ 

Este escritor que lee no teme confesar sus envidias. La siente por Capote, pero también por Philip Roth ("el más grande en absoluto, si se habla de don, de facilidad, de mano invisible") al que sólo parangona con J.M. Coetzee, autor de una prosa "inevitable y perfecta". De Fred Vargas envidia su capacidad de inventar personajes y "mantenerlos ahí", mientras que del sueco Enquist subraya el "modo desconcertante de captarte, allá dónde estés, y de ponerte en medio de la historia que te está contando". Al final se rinde, confesando una especie de amargura no exenta de espíritu competitivo, ante la escritura del Bolaño de 2666: "Ningún esfuerzo aparente, ninguna fricción. Agua clara, fresca y dulce".

Menos guía de lecturas que rosario de impresiones personales, Una cierta idea de mundo gana en profundidad cuando se desvanece el personaje del lector despreocupado y hace su entrada el autor profesional, ese que lee con papel y lápiz y al hacerlo revela algunos de los secretos de su oficio al descubrir los que preservan sus colegas de todas las épocas.