La Prensa
Claves de la seguridad

Argentina arruinó su futuro y no hay señales de que pueda recuperarlo

Un futuro mejor ha sido siempre el gran movilizador de la esperanza humana. Esa promesa alumbró grandes esfuerzos de personas y pueblos por sobrevivir y superarse. La historia de la guerra es el más claro reflejo de ello. La guerra en su concepción clásica supone en los combatientes la convicción de remover por medio de la violencia extrema, incluso a costa de la propia vida, el obstáculo que impide ese futuro promisorio. A la pregunta: "¿por qué luchamos?" se la ha respondido en cada guerra, invariablemente y desde cualquier bando: "por un futuro mejor".

No es importante para el análisis que muchas veces ese "futuro mejor" haya sido la mera ilusión del combatiente, el punto es la creencia de pelear por un futuro mejor. Esa esperanza en el porvenir hace tanto al concepto clásico de la guerra, que fue el temor al holocausto nuclear y su imposibilidad de futuro, por la recíproca capacidad de exterminio de las potencias del mundo bipolar que siguió a la Segunda Guerra Mundial (la última guerra ilimitada) lo que determinó, en la necesidad de poner un tope infranqueable a la espiral ascendente del conflicto, el cauto pero no por ello menos violento esquema de disputa de la preeminencia mundial conocido como Guerra Fría.

La guerra sin horizonte de futuro, sin esperanza en los combatientes, no es una novedad histórica pero conceptualmente surge recién a finales del Siglo XX cuando Hans Magnus Enzensberger, en su libro de 1994 "Perspectivas de Guerra Civil", ensaya el concepto de la Guerra Civil Molecular y lo enmarca en características propias de la vida moderna: "Los combatientes saben muy bien que sólo pueden perder, que no pueden alcanzar victoria alguna. Hacen todo cuanto está en sus manos para agudizar al máximo su situación. No sólo quieren convertir en "una auténtica mierda" a sus contrincantes, sino también a sí mismos". El concepto resulta de interés por ser aplicable a la realidad argentina.

Es un hecho observado por propios y ajenos que Argentina arruinó su futuro y no hay ninguna señal que indique vaya a recuperarlo, porque gobierno y oposición son una misma casta política que comparte la cultura de la decadencia a la que vota el 90% del electorado. Así se aprecia un aumento de argentinos que proyectan emigrar, o al menos fantasean hacerlo, mientras países como Uruguay y Paraguay buscan atraer capitales y negocios impedidos de prosperar en Argentina. Entre los que piensan quedarse, por razones prácticas o sentimentales, la idea del futuro es incierta en el mejor de los casos y resignada a empeorar en la mayor parte. Por supuesto hay una masa poblacional que, adoctrinada hasta el embrutecimiento para depender de la prebenda estatal, no piensa en irse ni en quedarse. No piensa. Son los que reciben el ficticio beneficio discursivo de la calidad de vida que materialmente disfrutan los integrantes de la casta política.

En este contexto, dudar que Argentina pueda recomponerse pacíficamente no supone todavía que vaya a desatarse una guerra civil de modalidades clásicas. Simplemente acentúa la perspectiva de profundizar su decadencia normalizando la irracionalidad y violencia propia de la guerra civil molecular, cuyos escenarios y acciones proliferan desde hace décadas como una cruel paradoja al uso y abuso de la jeringonza del "Estado presente" que inflama las gordas lenguas de la carísima casta política.

La dinámica de la guerra civil molecular en Argentina es la sistemática y fáctica negación del concepto de la Seguridad Interior, definido según surge de nuestro orden jurídico como la situación de hecho en la que se encuentre garantizado el estilo de vida propiciado por la Constitución Nacional. Los constituyentes de 1853 pensaron un país que resolviera la disyuntiva de Sarmiento a favor de la civilización, y fue la gloriosa

Generación del 80 la que con Roca como abanderado engrandeció a la Nación Argentina, entendiendo que: "El secreto de nuestra prosperidad consiste en la conservación de la paz y el acatamiento absoluto a la Constitución". Palabras del Presidente Julio Argentino Roca que sintetizan un plan sencillo y exitoso.
Cuando otras generaciones de argentinos quisieron inventar la pólvora y se salieron del pensamiento de los constituyentes abandonando el ejemplo de la Generación del 80, comenzó esta decadencia que se precipita hacia la barbarie en la vuelta de tolderías y malones.

Mientras se siga gobernando para la decadencia, más cotidianas y violentas serán las acciones de guerra civil molecular como las registradas el 19 de Agosto de 2020 en la Villa 1-11-14 a consecuencia de un homicidio. Apenas otra postal del conflicto, de las más suaves entre tantas otras que ilustran hechos del Conurbano Bonaerense, Rosario, usurpaciones de tierras y viviendas, ataques al campo fronteras perforadas, etc. Frente a ello Alberto de la Fernández, dice "Vamos a dar batalla contra la inseguridad, no queremos hacernos los distraídos". Confiesa que no se está combatiendo la inseguridad y sí se están haciendo los distraídos. Algo que, por cierto, ya todos sabíamos. Y si Sabina Frederic tuviera una pizca de dignidad hubiera presentado de inmediato su renuncia, porque el tiempo verbal es un lapidario juicio sobre su "gestión".

A la par que la casta política sigue una agenda ridícula que prioriza hablar como idiotas, el éxito en la manipulación del miedo durante la pandemia para lograr que se ignore la Constitución y se resignen libertades hace que el gobierno suponga que su proyecto totalitario de corrupción estructural también podrá servirse del miedo que genere la creciente inseguridad, desconociendo en ello que la guerra civil molecular tiene su propia dinámica y el ComIn (su "Comandante Invisible") nunca resigna el mando.

A este tipo de guerra en curso no la detiene la sarasa, igual que al malón no lo detuvo la zanja de Alsina. Para detener esta guerra sin mañana, políticos como Fernández deberían someterse a la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional y empezar a devolver el futuro que se robaron, pues como enseña Enzensberger: ahí está la clave.