La Prensa
DESDE MI PUNTO DE VISTA

La resistencia de las canas

En Diario de la guerra del cerdo en la Ciudad de Buenos Aires se intenta matar a todos los “viejos” en 15 días. La novela de Bioy Casares publicada en 1969, relata una despiadada cacería de todas las personas “viejas” protagonizada por jóvenes. Bioy nunca deja del todo claro la causa de los ataques pero desliza que la guerra está alimentada por el miedo al poder que podrían llegar a tener los viejos:

 ”La juventud es presa de la desesperación -repitió Faber-. En un futuro próximo, si el régimen democrático se mantiene, el hombre viejo es el amo. Por simple matemática, entiéndame. Mayoría de votos. ¿Qué nos enseña la estadística?, vamos a ver. Que la muerte hoy no llega a los cincuenta sino a los ochenta años, y que mañana vendrá a los cien. Se acabó la dictadura del proletariado, para dar paso a la dictadura de los viejos”.

En la novela, las jubilaciones dejan de ser pagadas, y muchos viejos mueren de hambre, solos, encerrados en sus casas. Entre los múltiples ataques, los jóvenes hacen explotar una bomba en un geriátrico, mientras que el Estado no se mete en la matanza. Es más, parece ser un cómplice que se beneficia con el exterminio. Los “viejos” se ven ante la disyuntiva de dejarse morir u organizarse para la lucha. Los actos de su protagonista, Isidoro Vidal ante un futuro que no le ofrecía más que pánico, le permiten asumir impensados riesgos. La resistencia había nacido del núcleo de la violencia. Medio siglo tiene esta vigente ficción (?)

Eventos subversivos

Mientras tanto, en nuestra vida real, meses atrás apenas instaurada la cuarentena, una saga de eventos subversivos fueron protagonizados por “jubilados”. ¿En qué consistían? En señoras que deseaban salir a caminar, sentarse al sol en una plaza, señores cuyo delito era sacar a pasear al perro muchas veces o que querían darle un beso a sus nietos. Estos actos tan malvados fueron denunciados histéricamente por vecinos y escrachados por los medios masivos con singular saña disciplinadora. Largos meses han pasado, y vaya uno a saber si fue el azar o el hastío, la cosa es que en los últimos días se nos acumularon nuevas noticias sobre ancianos que, siendo víctimas de violentos ataques, lograron por sí mismos (oh, malditos reaccionarios) defenderse.

La pulsión humana en defensa de la vida, la libertad y la propiedad no está llegando de la mano de la dirigencia política, ni de la juventud, ni de los agentes de justicia, ni de la cultura, ni de los medios de comunicación, ni de los empresarios. En una sociedad sin hambre de libertad y sin la dignidad que proviene de la propia defensa de lo querido, lo único que no está viejo y anquilosado, parece que son los viejos.

¿Cómo llegamos hasta acá? El alarmante deterioro de nuestra seguridad se nos presenta irremediable según el siguiente razonamiento expresado por quienes nos gobiernan: Las fuerzas de seguridad no están para actuar sobre el pequeño delito. ¿Por qué? Las excusas son dos, básicamente: que los agentes dedicados a nuestra seguridad son pocos y malamente preparados y que el sistema jurídico hace inservible que se actúe sobre los delitos pequeños porque no son castigados luego en los tribunales. En resumidas cuentas: que ir tras el ladrón o el transa es en vano. La policía no da abasto y ¿para qué si entran por una puerta y salen por la otra?

¿Cuántas veces y de cuántos políticos escuchamos que “no se puede hacer nada”? 

La política progresista rechaza cualquier enfoque en la prevención del delito futuro. Nunca se deben evaluar patrones ni usar la previsión, eso es estigmatizar. Nos dicen: no es trabajo del Estado juzgar lo que podría pasar. El tipo con tres condenas por asaltos violentos no debe ser encarcelado antes de que finalmente mate a alguien. Hay que esperar a que mate.

¿Qué ha pasado durante la cuarentena? Que curiosamente, esta ideología no se aplicó a los ciudadanos comunes ya que, basándose únicamente en teorías sobre lo que podría suceder si salen a caminar con sus hijos o pasean dentro de sus autos, han sufrido el extremo más lunático de vigilancia preventiva. La misma dirigencia que, durante décadas de justicia abolicionista, avaló que salgan libres a asesinos y violadores porque es "injusto" que se los juzgue en función de lo que podría suceder si se les permitiera andar libremente, ahora estigmatizan, multan y condenan a ciudadanos respetuosos de la ley a los que se considera culpables de lo que podría pasar si se contagian, considerándolos irresponsables de su propia salud o de la seguridad de sus propias familias.

Pasando en limpio: no podemos anticiparnos a lo que podría hacer un violador serial así que debe quedar libre. Pero sí podemos anticiparnos a los resultados de los irresponsables actos de una señora que se sienta en una reposera a tomar el sol en la plaza.

¿Resulta que ahora sí la vigilancia policial de microgestión es necesaria? ¿La misma policía que no podía detener a una banda que cometía delitos en plena calle, ahora puede “prevenir” actividades como caminar en un parque o alejarse 500 metros de la casa porque podrían contagiar? ¿No eran pocos los agentes de seguridad? ¿No era que esas contravenciones no se condenaban? Miles de secuestros de autos y multas a comercios y a personas dicen lo contrario.

¿Cómo podremos hacer de cuenta que todo esto no sucedió la próxima vez que los políticos nos digan que la inseguridad es porque no hay mano de obra o recursos para perseguir a los delincuentes? ¿Si podés perseguir a los jubilados, a los runners y a los peluqueros, podés perseguir a los ladrones. ¿O no?

Crecen las penurias

Bueno, no. Las penurias de los ciudadanos comunes ante la inseguridad no paran de crecer y son cada vez peores. Tanto y tanto está creciendo el delito que el mismo gobierno sobreactua planes de contingencia. Anuncia que la gendarmería desembarcará en tal municipio, o que habrá mano dura en tal otra zona caliente. Nos entretienen con trasnochados Rambos que amenazan por televisión a los delincuentes. Fútil puesta en escena.

¿Y quienes son más castigados? Los viejos. Recordemos que al comienzo de la instauración del confinamiento se articuló un relato según el cual, la cuarentena estaba destinada a impedir el colapso en los sistemas de salud que debían ser preservados, justamente, para las personas mayores de 65 años y que debíamos ser solidarios con estos grupos de riesgo. La solidaridad social consistía en no permitirles salir, ni visitarlos, impedirles el contacto con nietos, todo esto por su propio bien. ¡En la Ciudad de Buenos Aires se intentó establecer un draconiano sistema de permisos para ancianos, cuyo incumplimiento sería penado judicialmente! 

¡Para ir contra los viejos no había poca policía ni puerta giratoria! Mientras nos invadían con mensajes de cómo están "protegiendo a los abuelos", los mismos "abuelos" pasaron a estar en mayor riesgo a manos de los delincuentes que soltaron a causa del covid. La misma excusa para el encierro de unos fue para la libertad de otros que apenas salidos se dedicaron a matar y robar impunemente.

Por cada jubilado que logra a duras penas repeler un ataque, miles de ancianos son mutilados, torturados y asesinados para sacarles sus magras pertenencias. ¡Esta curva de delitos contra los viejos no se aplana, pero el escándalo aparece cuando uno de ellos se defiende! Que si tenía o no, el arma registrada, que si disparó en su casa, o a 60 metros. Que si cuando joven, fue maestro rural, policía o modelo de bikini. ¿Era buen o mal vecino? ¿A quién votaba? Daba buenas propinas? Se había dejado lastimar lo suficiente antes de reaccionar? El entretenimiento consiste es desguazar a la víctima en busca de su negatividad.

La inmensa mayoría de los muertos por covid son mayores de 70 años. También son mayoritarios en la triste escala de víctimas de delitos violentos. El coronavirus expuso la brutal indefensión de los ancianos en materia de salud y seguridad, amén de volver a robarles parte de su jubilación para sostener el gasto político. Paradójicamente, mientras la sociedad debate tecnicismos respecto de la legítima defensa de un jubilado, el delincuente en cuestión fue velado con bombos y platillos, en funesto cortejo, por dolientes para los que no corrían las generales de la ley respecto a los velorios en cuarentena.

De nuevo: miles de ciudadanos fueron condenados a no poder despedir a sus seres queridos por los “protocolos” mientras ante los ojos del país, los deudos del delincuente abatido hacían lo que se les cantaba en real gana sin ser detenidos, ni dispersados ni nada. La igualdad ante la ley es poco más que una broma, y unos tienen permiso no sólo para delinquir impunemente, sino incluso para saltarse los confinamientos. Debemos consultar a la comparsa de expertos, cómo puede ser que un asado familiar sea el principal foco de contagio del coronavirus, mientras que las manifestaciones de piqueteros, los cortes de sindicalistas o las juntadas de delincuentes son tan buenas que casi pueden acabar con la pandemia, como si el virus reconociera un eximente en la ideología o el prontuario de la víctima.

Aparentemente, lo deseable en la sociedad postpandémica será un aglomerado de seres inermes, temerosos de sus propios derechos, como el de la defensa personal, cada uno aislado en su casa, resignados a la pobreza y a las enfermedades que no sean covid y expectantes de que el Estado no los deje caer en la miseria, con algún subsidio que vaya surgiendo de la improvisación gobernante. A la cabeza una impúdica casta política, aprendiz de preceptor escolar, cínica en la gestión de la escasez y la libertad, cuya estrategia sea la igualdad en lo paupérrimo.

Monstruoso panorama

Ante tan monstruoso panorama, un grupo de jubilados ha plantado cara. La fuerza vital salió de donde no se esperaba. En un mundo perfecto, el recorte de las jubilaciones, el totalitarismo y el crecimiento de los delitos de los últimos meses deberían ser una sentencia política. Pero no va a pasar, poco respeto tenemos por nosotros, y cuando llegue 2021, la mayoría habrá olvidado cómo las fuerzas de seguridad trabajaron incansablemente para evitar caminatas por la plaza y cumpleaños familiares, mientras los delincuentes se dedicaban a matar ancianos.

Para los gobernantes, la cuarentena habrá sido una maravillosa lección sobre cómo los ciudadanos argentinos no necesitan explicaciones coherentes para medidas y decretos que afectan letalmente sus vidas. En la postpandemia nadie se va a acordar que se abrieron las cárceles mientras la dureza estricta de la ley estuvo reservada para los verdaderos delincuentes: jubilados atacados en sus propias casas que osaron reaccionar como pudieron y como les dio el cuerpo, señoras que tomaron sol en la plaza, familias que se juntaron a comer asado, gente que salió a dar una vuelta en su auto, malditos viejos que no leyeron el código penal del que, los delincuentes, están exentos.

Pero todos sabemos que la excusa de la protección de los ancianos ha sido una farsa. Desde marzo están aislados, con menos plata, con menos salud, con más inseguridad. Llevan meses viendo esta degradación como los viejos de la novela de Bioy, sabiendo que están por las suyas. Por eso no debería llamarnos la atención la oleada de “jubilados” que han decidido protegerse solos. Lo que sí debería llamarnos la atención es lo envejecidas que están nuestras instituciones, lo anquilosado que está nuestro sentido ético, lo obsoleto de nuestro sistema de seguridad, lo vetusto de nuestra justicia y lo decrépito de nuestros corazones.

 

“Cuando estamos planeando para la posteridad, 

debemos recordar que la virtud no es hereditaria”

Thomas Paine