Un experimento social: el aprendizaje del miedo

Existe una famosa experiencia de 1967, hoy quizás impensada, que consistía en lo siguiente: a un perro se lo colocaba en una jaula que se encontraba adosada a otra y estaban separadas por un muro que dificultaba el paso entre ambas. En un momento se prendía una luz roja e instantes después el piso de la jaula donde estaba el animal transmitía una descarga eléctrica, breve, de baja intensidad, pero molesta. En respuesta a esto, el animal saltaba o superaba el obstáculo e iba al otro lado donde el piso no presentaba ese problema.

Hasta ahí teníamos lo que para el común denominador ya fue conocido como reflejo condicionado, el animal ya había aprendido que prendida la luz había que escaparse, y lo hacía, aprendía a evitar la descarga. El problema era la segunda etapa del experimento y es cuando a los perros se les dificultaba la salida o si, al saltar, encontraban que la otra jaula también tenía electricidad. No había escape. Al cabo de cierto tiempo, esos perros ya no intentaban nada, y, posteriormente, frente a la luz roja, ya no saltaban.

Habían aprendido en el primer caso una estrategia que los liberaba del malestar y, en el segundo, que hicieran lo que hicieran no había escapatoria. Habían aprendido, en resumen, a no esperar nada, que estaban indefensos y solo podían padecer. Habían aprendido que, sin importar lo que hicieran, era inútil ya que no había forma de defenderse o no había esperanza. Martin Seligman llamó a esto “learned helplessness”, que a veces era citado equívocamente como “desesperanza aprendida”, pero quizás refiriendo a la vivencia interna que se percibía en pacientes cuando este experimento se trasladó a la clínica y a los humanos.

 

VULNERABILIDAD

Es que el estado de indefensión, hoy quizás podríamos asociarlo a la idea de vulnerabilidad, ha tenido luego claras implicancias para comprender el comportamiento social. Ha sido citado en cualquier situación en la que el efecto estresante pasa a la categoría de trauma, cuando es imposible escapar del mismo o que en su repetición, la escapatoria, es solo parcial y hasta ilusoria.

En estos días se cumplen los 100 de la cuarentena. Desde el inicio, sorprendió la negación en comprender algo que repetíamos una y otra vez, y es que la salud es un todo integrado del ser con su mundo. No un sistema celular organizado aislado, que reaccionaba bajo forma de alergia a una cadena de RNA, es decir un virus, en este caso el SARS-Cov-2, o para nosotros CoVid-19, por coronavirus de 2019. Era, es, un todo, pero ese paradigma casi quirúrgico de la antigüedad que consistía en atacar aquello que había atacado, un tumor, una bala, o un virus, había que combatirlo, y en una guerra no hay tiempo de dudas. El disenso, una invocación a la muerte. Ese paradigma olvidaba que el campo de batalla de esa guerra era el ser y, por extensión, la sociedad. Esta sociedad, en sus infinitas ramificaciones (social, económica, psicológica, etc.), sufría pero era el costo para evitar la inminente muerte. Miedo. Culpa.

El anuncio de las novedades del frente, la liberación de esa cuarentena, era esperado quincenalmente con la precisión de un metrónomo, pero, al cabo de los cuales volvía a producirse la descarga, renovando con la promesa primero, fantasía luego, que estaríamos liberados. La repetición del estímulo termina convenciendo al animal sobre el que se experimenta, de lo inevitable: no habrá salida, no hay escape, estamos indefensos. Para reforzar conductualmente la respuesta, una consigna: quedarse quieto, el movimiento social (casualmente, el aspecto olvidado del ser) nos protegerá de la descarga, la inevitable muerte anunciada, repetida una y mil veces bajo imágenes mentales inducidas, que refuerzan el condicionamiento. Médicos que anuncian fosas comunes, colapsos de sistema y pilas de cadáveres. Imágenes, cogniciones, que refuerzan la conducta.

Al dilema “ente social psicológico vs cuerpo”, se le opuso “la vida vs la muerte”. Hay que elegir y eso implica, en la falsa antinomia, la exclusión de lo otro. La base, el medio que rodea todo esto, es el miedo, tan difundido e invocado las 24 horas por los medios.

Finalmente, tenemos todos los ingredientes del condicionamiento. El estímulo, la imposibilidad de la respuesta.  El animal sabe que no hay salida y su destino está condicionado dese afuera, cede su autonomía. Pero, afortunadamente, esta experiencia tuvo una continuación y en el siguiente encuentro hablaremos de ella.