La Prensa
El panorama espiritual de la actualidad parece más bien alejado de mostrar signos de una disminución de fieles

La Hermandad del Santo Pesebre

La religiosidad no está en retroceso en el mundo, sino mas bien al contrario, ella reconoce un sensible y peculiar crecimiento. En este sentido puede apreciarse su vigencia, pero también una resignificación de la celebración de la Navidad.

Por Roberto Bosca

Aunque bastantes instituciones religiosas -en particular la Iglesia católica, que sufre un sostenido éxodo de sus miembros- están siendo puestas en entredicho, el panorama espiritual de la actualidad parece más bien alejado de mostrar signos de una disminución.

Contrariamente a lo que a veces podría suponerse, la religiosidad no está en retroceso en el mundo, sino mas bien al contrario, ella reconoce, aunque bajo viejas y nuevas formas, un sensible y peculiar crecimiento.

En este sentido puede apreciarse su vigencia, pero también una resignificación de la celebración de la Navidad. Es verdad que ella no parece estar tan presente en los medios informativos como lo estaba otrora según sus formas tradicionales, pero esto no quiere decir que haya dejado de existir, sino que atraviesa un proceso de desustanciación, en tanto ha asumido otros caracteres y contenidos. Esta distinta Navidad no hace sino reflejar la sociedad que la celebra.

NUEVOS SIGNIFICADOS
Dicha nueva realidad configura en cierto modo una involución hacia antiguos ritos paganos incluso precristianos que parecían haberse superado hace más de veinte siglos, pero que hoy están siendo en muchos casos recuperados y aun recreados, no pocas veces por un impulso ideológico que busca barrer impiadosamente el patrimonio tradicional del pueblo.

Aunque es verdad que la piedad ha remitido en el sentir de grandes franjas de la sociedad, resulta llamativo verificar que las publicaciones que se ocupan del tiempo navideño dedican a esta temática páginas y páginas, sin que haya una sola mención a un signo ni siquiera vagamente cristiano. Una simple búsqueda en miles de sitios de internet bajo la carátula de la Navidad, donde las referencias evangélicas brillan elocuentemente por su ausencia, permite sospechar la presencia de un gato encerrado.

Aún teniendo en cuenta que la fe del pueblo ha disminuido en forma sensible, el proceso de secularización ha provocado que, para un significativo número de personas que viven lo que se entiende hoy por el espíritu navideño, ya no se trata propiamente de una celebración cristiana. Se percibe así que, si bien el acontecimiento primigenio de la natividad es el nacimiento de Jesucristo constitutivo del misterio de la encarnación, ella ha perdido en buena medida su significado original.

Esto quiere decir que la Navidad no se ha eclipsado, sino que ha sido objeto de una, en ocasiones, muy profunda mutación, adquiriendo nuevos sentidos en consonancia con las sensibilidades de la religiosidad propia del mundo poscristiano. La fiesta adquiere así características de la espiritualidad típica de la posmodernidad, más refractarias a lo institucional y más amigables con la subjetividad o el subjetivismo.
Finalmente, la Navidad puede celebrarse en un sentido costumbrista o social, expresando valores religiosos secularizados, como por ejemplo una caridad hipostasiada en la solidaridad.

Aunque ocasionalmente puede llegar a mantener bastantes de sus antiguas formas, su contenido refleja otra realidad que ha sustituido a las antiguas creencias cristianas. Puede desaparecer de ella incluso todo signo cristiano, pero no por esto debe entenderse que ha dejado de existir.
La Navidad no es hoy entonces una fiesta exclusiva o prevalentemente cristiana, sino un momento del año calendario muy especial en el que se produce una emergencia de la afectividad y en el que se ejerce, junto a un frenesí del consumo, un humanismo del reencuentro conformado por buenos deseos muchas veces superficialmente expresados y el intercambio de regalos, centrado todo y muy especialmente en la exaltación de los valores familiares y en signos de una vaga solidaridad.

En una lectura de cierta mentalidad popular, podríamos decir que en ella cobra centralidad un valor neutro como la energía entendida como una suerte de vago fluido espiritual, que no se identifica con una confesión religiosa, pero puede incluirla. Aunque la energía puede comprenderse como un concepto incluyente de la caridad, se trata en realidad de una sustitución del amor propiamente evangélico, que constituye el eje vertebrador de la New Age, precisamente como la caridad lo es en el cristianismo.

LA TERNURA DEL PESEBRE
A través del tiempo la Navidad revela un contenido primariamente religioso mediante la celebración de una verdad teológica como la encarnación, pero también despliega formas culturales diversas en lo que constituye -según una expresión técnica- la inculturación de la fe.
La fe es independiente de las culturas, pero se expresa en ellas. En la perspectiva de la tradición cristiana, una de estas formulaciones es el pesebre, que sigue expresando una catequesis plástica del acontecimiento más importante de la historia de la humanidad, también en nuestros días.

Con el nombre de Admirabile Signum (signo admirable) el papa Francisco ha escrito una carta en la que invita a todos los fieles a reconsiderar el significado de la Navidad a través del pesebre.
No se trata de una creación privativa de los católicos. Si bien la costumbre de armar nacimientos, pesebres o belenes (según sus distintas denominaciones)- que ha tenido incluso expresiones tanto en las artesanías populares como en verdaderas obras de arte-, encuentra su origen en un santo religioso como Francisco de Asís, la Navidad es también celebrada, aunque en otras fechas, en las iglesias ortodoxas. Los pesebres vivientes son una costumbre incluso en algunas confesiones evangélicas.

Esta realidad ha sido impactada también por el ecumenismo que proclama la unión de las iglesias cristianas. En los últimos años se han organizado oficios religiosos ecuménicos navideños entre diversas iglesias católicas, ortodoxas y protestantes o evangélicas. Esa interconfesionalidad testimonia la universalidad del amor cristiano.

El documento pontificio invita a volver a contemplar la entraña evangélica que es propia de la celebración, resituando la Navidad en su quicio más auténtico, que es el de un amor misericordioso, infinito e inefable que sale a nuestro encuentro para llevarnos a la verdadera felicidad. Este mensaje aparece en todo su esplendor en la maravilla del amor divino representado en el pesebre mediante la ternura de la vida naciente.

¿Por qué el belén suscita tanto asombro y nos conmueve? se pregunta Francisco en su carta, para responder a continuación: porque manifiesta la ternura de Dios, la ternura es el lenguaje de Dios. Los ejemplos sobran en los textos sagrados, como en el caso del padre del hijo pródigo.
No es ciertamente la primera vez que el Papa nos habla así, de corazón a corazón, de esa infinita ternura. Lo hace a menudo y esa amorosa insistencia no es gratuita sino que tiene un sentido que debemos saber descubrir.

Como sucede también con otro concepto similar con el que guarda una cierta sinonimia, resulta llamativa la cantidad de veces que el Papa ha mencionado esta palabra en su magisterio, sin duda uno de los pontífices que más la han reiterado a lo largo de los siglos.
Esta actitud que ha sido también objeto de una equivocada interpretación, no hace otra cosa que reflejar el llamado evangélico a imitar a ese niño divino y a vivir con la ternura de los niños para ganar el reino de los cielos.

No se trata de ningún invento ni de ningún rictus sentimentalista, y menos de un giro copernicano en la doctrina de la Iglesia, ya que el papa no hace sino registrar la verdad de Jesucristo, que tuvo entrañas de misericordia, que llora en la cuna del pesebre y llora en la vista de Jerusalem, mostrando su costado mas íntimo, más divino y más humano.

En esta misma dirección y como lo deja sentado Andrea Tornielli en un libro reportaje que significativamente lleva por título El nombre de Dios es misericordia, el papa no concibe una acción pastoral de la Iglesia que carezca de ella. Mas aún, él presenta el mensaje evangélico como la revolución de la ternura.
En otro de sus discursos dirigido a un congreso sobre esta misma temática, el papa Francisco citó dos contenidos que debe contener una teología de la ternura, claramente diferenciada de cualquier sentimentalismo: la belleza de sentirse amados por Dios, y la belleza de amar en nombre de Dios.

HERMANDAD DEL SANTO PESEBRE
En nuestro país, hace muchos años que una asociación fundada en octubre de 1955 por el escritor tucumano Rafael Jijena Sánchez, acompañado de otros intelectuales, artistas, folkloristas e historiadores, tiene como misión difundir la piedad tradicional del pesebre, que presenta una doble dimensión artística y religiosa.

Jijena Sánchez fue un precursor de la investigación folklórica además de un inspirado poeta telúrico que reflejó las más puras esencias del interior argentino. Junto a Arturo López Peña, Bruno y Tulio Jacovella, Juan Alfonso Carrizo, Carlos Vega y muchos otros mas, él forma parte de una pléyade de intelectuales que trazaron los fundamentos de una nueva valoración de la argentinidad, en un esforzado rescate de sus mejores tradiciones.

Una de las publicaciones de la hermandad incluye entre sus colaboradores a personalidades de la cultura de la talla de Antonio Ballester Peña, Héctor Schenone, Berta Vidal de Battini, Julián Cáceres Freyre, Miguel Angel Etcheverrygaray, Juan Oscar Ponferrada, Carlos Gregorio Romero Sosa, Olga Fernández Latour y Agustín Zapata Gollán.
El volumen describe la riqueza de la celebración de la Navidad argentina, con sus pesebres, villancicos y demás costumbres típicas, como danzas (entre ellas, la de las trenzas) y comidas y bebidas autóctonas como el arrope y la miel.
En cada uno de sus capítulos se refleja la alegría propia de la buena nueva: Bailad pastorcillos/bailad en Belén/bailad que ha nacido/el más santo Rey.
Las coplas de los villancicos reflejan el amor y la ternura del pueblo que canta con palabras tan sencillas y deliciosas como profundas el gozo del nacimiento del redentor: Al niño recién nacido/todos le ofrecen un don; yo soy pobre, nada tengo,/le ofrezco mi corazón.

No se trata de una mera restauración, porque las realidades actuales no pueden caber en moldes antiguos. Como parte de la necesidad de recuperar el tesoro perdido de la Navidad -porque volver a las raíces es una exigencia esencial de nuestra identidad-, los cristianos han de saber descubrir también en las nuevas realidades culturales los vínculos y puntos de relación que signifiquen verdaderos ecos de ese sentido esencial del mensaje evangélico.

 


 

Epígrafe foto 2
La costumbre de armar nacimientos, pesebres o belenes encuentra su origen en un santo religioso como Francisco de Asís.


Epígrafe foto 3
El papa Francisco ha escrito una carta en la que invita a todos los fieles a reconsiderar el significado de la Navidad a través del pesebre.


Epígrafe foto 4
La Navidad es hoy un momento del año especial en el que se produce una emergencia de la afectividad y en el que se ejerce un frenesí del consumo.

Epígrafe foto 5
Si bien el acontecimiento primigenio de la natividad es el nacimiento de Jesucristo ella ha perdido en buena medida su significado original.