La Prensa

Con el sabor de la nostalgia

Una temporada para silbar
Por Ivan Doig
Libros del Asteroide. 349 páginas

Publicada en 2006, esta novela del estadounidense Ivan Doig (1939-2015) que transcurre a comienzos del siglo XX parece escrita por un autor de ese tiempo ahora remoto. Hay en sus páginas un deliberado espíritu anacrónico que viene dispuesto por la elección de los temas, la estructura de la narración y el estilo llano, todo unido para dar forma a una historia perfectamente coherente en su realismo tierno, candoroso.

Es además una novela del Oeste norteamericano, al menos según la mirada de un escritor de nuestros días al que suele compararse con otros cultores modernos del rubro, como los más famosos Norman Maclean o Wallace Stegner.

El narrador en primera persona es la versión adulta de uno de los protagonistas de la trama, Paul Milliron, quien en 1957 recuerda, con precisión de literato, el cambio decisivo que experimentó su vida y la de su familia entre 1909 y 1910, cuando tenía doce años.

Los Milliron eran el padre, Oliver, y sus tres hijos, Paul (el mayor), Damon y Toby. Llevaban una vida de granjeros en la Montana de principios del siglo XX, un territorio todavía virgen y exigente. Era una vida difícil al que la muerte el año anterior de Florence, esposa de Oliver y madre de los niños, sumió en una tristeza recatada.

Ese es el panorama que transformará la llegada de Rose y Morris, dos hermanos emigrados desde la lejana Minnesota. La primera contratada a la distancia por Oliver como ama de llaves de los Milliron, y el segundo convertido por una vacante inesperada en maestro de la única escuela rural de la zona.

La historia, atravesada por las rutinas de la vida en el campo, la amenaza de un rústico villano y su hijo sometido y las oscilaciones de un clima crudo e imprevisible, seguirá las andanzas del misterioso dúo venido del centro del país. Rose, cada vez más incorporada a la vida de los Milliron, y Morris, el maestro excéntrico y genial que no tardará en ponerse en el bolsillo a los alumnos de su curso único, en especial a Paul, el narrador y el más aventajado de sus discípulos.

Hacia el final habrá tiempo para el significativo paso del cometa Halley, en 1910, y para algunas vueltas de tuerca que resolverán intrigas y agregarán pequeñas zozobras a una novela de raíz autobiográfica que ha sido escrita con depurada sensibilidad y con el sabor agridulce de la nostalgia.