La Prensa

En la era del arte complejo y banal

El historiador de la imagen Victor Stoichita analiza la escena artística contemporánea. El ensayista rumano, que estudió el influjo de los sentidos en la creación del Renacimiento y el Barroco, resalta lo efímero de la producción actual. Observa que hoy el espectador tiene una mirada más fugaz y menos aguda que antes.

El historiador de la imagen y ensayista rumano Victor Stoichita, que llegó a la Argentina para ofrecer un seminario sobre la incidencia de los cinco sentidos en la producción del Renacimiento y el Barroco, sostiene que a través de esos dos períodos se puede rastrear el influjo del olfato y el gusto en el proceso creativo de muchos artistas de la época, punto de partida también para analizar el rol de la visualidad y el resto de los sentidos en el arte contemporáneo.

Nacido en Bucarest pero formado en Italia y actual académico de la Universidad de Friburgo, Stoichita acaba de dictar un ciclo en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín titulado "Los cinco sentidos: vista, tacto, oído, gusto y olfato en el arte del Renacimiento y del Barroco", en el que retoma algunas de las formulaciones realizadas en ensayos como La invención del cuadro, Breve historia de la sombra, El ojo místico, El último carnaval y El efecto Pigmalión, entre otros.
Además de escudriñar en la historia del arte, este especialista en antropología de la imagen trabaja también sobre la escena contemporánea, en la que detecta una transformación en la percepción del espectador, que observa al arte desde una mirada "más fugaz y menos aguda" que en el pasado.

"Eso no se da solamente respecto al arte actual. También han cambiado los criterios de contemplación en los museos que exhiben producciones tradicionales. Hoy una visita al Louvre o al Prado se realiza bajo los mismos parámetros de velocidad y superposición que moldean la experiencia del turista frente a una ciudad desconocida", sostiene el especialista en entrevista con Télam.

"Empecé a interesarme hace algunos años por esta cuestión, particularmente a partir de la pintura de Tiziano, que -como todos los pintores- trabajaba con los instrumentos de la visualidad, solo que iba un poco más lejos e integraba en su visión los otros sentidos: el tacto pero también el gusto. Así, a partir de sus obras, me di cuenta de que el tema se podía profundizar y abrir a otros artistas. Así que en los últimos años me dediqué desde la Universidad de Friburgo a explorar nuevas derivaciones. Mi investigación tuvo como punto de partida indagar en cómo irrumpe la plurisensorialidad en dos períodos de la historia del arte, el Renacimiento y el Barroco. Por un lado es la época que conozco mejor pero por otro lado es aquella en que se cristaliza el canon occidental, la manera de ver y sentir que llega hasta la actualidad. Por eso, me pareció central rastrear cómo en esos períodos se trabaja la relación con los cinco sentidos.

OTROS SENTIDOS

-Hoy parece más explícita la relación que el arte establece con los otros sentidos más allá de lo visual. De hecho, por ejemplo en los últimos tiempos se han generado en la Argentina una serie de iniciativas que ponen el foco en lo sonoro. ¿Cómo cree que dialogan los sentidos con la contemporaneidad?

-Sí, hay todo un fenómeno relacionado con un arte que ya no hace foco exclusivamente en lo visual. En esa línea se cuentan algunos museos del olor, que proponen un registro de perfumes y aromas, por ejemplo. Un historiador se plantea siempre problemas que no son solo suyos sino reflejo de la sensibilidad de la época. Mi planteo en ese sentido está focalizado en el arte del ojo. Por eso, lo que me interesa es detectar cómo se traducen los otros sentidos -el tacto, el olfato, especialmente- en la visualidad. Es un proceso muy sutil que da mucho que pensar también desde el punto de vista del método. Estamos siempre muy acostumbrados a hablar de colores, matices, la luz, la sombra, etc... Todo eso es fundamental pero también hay que tomar conciencia de que los medios de comunicación que son físicos también transportan otras sensaciones.

-Como investigador del arte ha trabajo sobre focos poco frecuentados como la sombra o la plurisensorialidad. ¿Cuáles son sus inquietudes a la hora de extraer un objeto de estudio?

-Casi que me alejo de la categoría de historiador del arte. Me identifico más bien como un historiador de las imágenes y uno de mis focos predilectos es la dialéctica entre texto e imagen. Hace unos años me interesaba la filosofía y la cultura en general pero en los últimos años me di cuenta de que esta cultura logocéntrica que predicamos es sólo una parte. Por eso mi pregunta se empezó a orientar a cómo funciona la imagen en el conjunto de la cultura occidental. Eso me permitió comenzar a abordar problemáticas menos habituales.

LLEGA INTERNET

-A propósito de esto, hace un tiempo decía en una entrevista que el texto seguía teniendo preeminencia sobre la imagen pero que eso se empezaba a romper con el tema de Internet, que de alguna manera propone otra interacción entre el texto y la imagen. ¿Cómo se consolida ese proceso?

-La imagen está en todas partes pero al mismo tiempo todavía vivimos en una cultura de pensamiento que es fundamentalmente de texto, donde impera la letra escrita. Con la computadora, sin embargo, todo está cambiando porque la pantalla misma es algo que no es texto ni imagen. Los dos mundos se están implicando así que ha cambiado mucho. Casi que no nos damos cuenta hoy en día de esa conexión tan trivial entre el ver y el tocar. Vemos y tocamos de una forma absolutamente naturalizada. La conclusión es que la imagen todavía es marginal en nuestra cultura, que es textual y conceptual.

-Muchas de las obras que se producen hoy al cabo de un tiempo de exhibición y circulación se desmontan y desaparecen. ¿Qué desafíos le plantea a un historiador del arte esta temporalidad acotada?

-Ese carácter efímero de la producción actual inquieta mucho y es un aspecto muy problemático. Confieso que a veces me plantea dificultades cuando intento seguir lo que se produce en esta contemporaneidad porque para estudiar un fenómeno hay que tener acceso a la materialidad de una obra. La noción misma de museo como contenedor de obras ha entrado en crisis. Y también el tema de la arquitectura de un museo en sí mismo: aparecen edificios interesante como en el Guggenheim de Bilbao, que como objeto urbano es fantástico pero terminó siendo mucho más importante que el arte que aloja. Este es un fenómeno inquietante: adentro obras efímeras y afuera un espacio monumental que sobrevive al paso del tiempo. En las afueras de Basilea funciona desde hace un tiempo un nuevo tipo de museo de arte contemporáneo que en realidad es un depósito de obras conceptuales y efímeras. Cada dos o tres meses se monta allí una exposición pero el resto de las obras se ponen a disposición del espectador a pedido. Sólo se muestran cuando alguien se muestra interesado por ellas, el resto del tiempo permanecen alojadas en ese gran depósito. Son obras que no forman parte de una colección permanente ni están organizadas bajo un criterio de curaduría.

-Usted se ha especializado en una época del arte donde el oficio de artista era restringido y dependía muchas veces del financiamiento de un mecenas. Hoy en cambio a partir de Internet se ha democratizado la producción y circulación de arte. ¿Cómo evalúa este fenómeno? ¿Hay mayores dificultades para identificar qué es arte?

-Hay una respuesta histórica a esta problemática que se ha venido dando a lo largo de las vanguardias históricas del siglo XX. Marcel Duchamp instaló esa discusión acerca de cómo un objeto ordinario expuesto en determinadas condiciones se vuelve obra de arte. Respecto a esta cuestión introducida por Duchamp, muchas veces se pasa por alto que él en realidad no escogía cualquier objeto: elegía tanto un urinario como una rueda de bicicleta, objetos industrializados, pero a su vez con una innegable noción de diseño atrás. En la actualidad, hay muchos segmentos de la producción que han incorporado esta idea que democratiza el acceso al arte.

SOBREEXIGENCIA

-Algunos críticos sostienen que el arte actual sobreexige al espectador en tanto hay un forzamiento de la voluntad interpretativa. ¿Comparte esta visión?

-Creo que hay, en torno a esto, dos aspectos contradictorios. Por un lado una acentuación casi abusiva del rol del espectador, a quien se le exige pensar, profundizar y entender en demasía para poder acceder al sentido de la obra. La paradoja es que al mismo tiempo subyace una cierta superficialidad en la idea efímera del arte y una concepción de espectáculo que funciona como el opuesto de esa sobreexigencia. Vivimos entre estos dos polos: por un lado obras de significación compleja y por el otro un contexto de cierta banalidad.

Victor Stoichita destaca la paradoja de que muchos de los museos modernos, como el imponente Guggenheim de Bilbao, terminan siendo más importantes que el arte que alojan.