La Prensa
Mirador político

Prueba de ácido

La salida del "default" significará una fuerte inyección de fondos para el gobierno nacional, lo que equivale a asfaltarle el camino del éxito. Pero los gobernadores peronistas no pueden bloquear ese camino sin debilitar sus propias economías.

La aprobación o no de la ley para salir del default medirá cuatro cosas: la madurez de la dirigencia, el margen de gobernabilidad, el nivel de la crisis peronista y de qué está hecho Mauricio Macri.

Para evaluar la madurez democrática de la dirigencia es útil una comparación con la crisis de 2001, que tuvo como punto de partida el desastre fiscal que dejó Carlos Menem y como punto de llegada el desastre económico y social que Fernando de la Rúa no pudo resolver.

La caída de De la Rúa fue fogoneada por el duhaldismo y el alfonsinismo, que proyectaron su control de la provincia de Buenos Aires a todo el país con un resultado calamitoso. Por impericia o por compromiso con algunos sectores del poder económico Eduardo Duhalde salió del uno a uno de la peor manera: con un estallido.

Hoy tanto la situación económica como la política son distintas. En primer término, porque el triunfo de María Eugenia Vidal debilitó el sistema de poder peronista y el alfonsinismo es un mal recuerdo para los radicales bonaerenses. Duhalde, borrado por Néstor Kirchner, perdió el poder en 2005 y Alfonsín desapareció en 2009. Nada creció a la sombra de ambos y, además, los Kirchner se encargaron de mantener balcanizado al PJ bonaerense.

En segundo lugar Macri no es de la Rúa. Lidera sin discusión su espacio y trata a aliados y a opositores desde una posición de fuerza. La ex presidenta Cristina Fernández no sólo le entregó una economía arrasada, sino también un peronismo de rodillas, lo que lleva a la cuestión de la gobernabilidad.

La salida del "default" significará una fuerte inyección de fondos para el gobierno nacional, lo que equivale a asfaltarle el camino del éxito. Pero los gobernadores peronistas no pueden bloquear ese camino sin debilitar sus propias economías.

Eso provoca un complejo tironeo con la Casa Rosada en el que quieren aparecer como la parte fuerte con la ayuda de algunos medios de comunicación. En los hechos no es así, pero si Macri cede demasiado, dañará irreparablemente la gobernabilidad. Si la extorsión de la mayoría peronista del Senado le marca la agenda, sufrirá el mismo deterioro que sus antecesores radicales Alfonsín y de la Rúa.

Por suerte para él, el kirchnerismo se encargó de dejar al peronismo dividido y sin liderazgo. Los Kirchner tenían un proyecto de poder que los incluía sólo a ellos. La alternancia ilimitada entre Néstor y Cristina se frustró con la muerte de Néstor y a su viuda no se le ocurrió mejor idea que reemplazarlo con su hijo Máximo que tuvo que debutar en primera división sin haber jugado un solo partido en las inferiores.

Desde la derrota de Daniel Scioli el peronismo transita un desierto político sólo comparable al de los años 80. Una entre muchas señales de su problemática situación es que la presidencia del bloque de Diputados esté en manos de Héctor Recalde, hombre capacitado, pero sin poder propio y cuyo único antecedente es haber sido consejero legal de Hugo Moyano. La ex presidenta no puede salir del lejano pueblo austral en el que se refugió y los gobernadores se miran con desconfianza. Esa es la mayor ventaja con la que cuenta Macri. Cuanto mejor la aproveche, más rápido logrará sacar al país de la crisis económica y encaminar su gestión.