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La superación del no lugar

La identidad personal, inefable e irrepetible de cada ser humano, es una unidad originaria y expansiva que se traduce en características peculiares que lo definen, diferencian y permiten que se reconozca a sí mismo a lo largo de su vida.

El proceso de desarrollo y reconocimiento de la identidad personal excede vastamente lo que puede ser construido desde el ambiente, de todos modos no podemos negar que está entrecruzado por múltiples variables y que muchas de ellas están ligadas a lugares físicos y concretos que lo hacen partícipe también, de una identidad comunitaria. Somos moradores en una vivienda, habitantes de un país, empleados en una empresa, estudiantes en una institución educativa…

La “paredes” que nos circundan nos dan sentido de pertenencia y en cierto modo nos identifican. De cada lugar físico que habitamos tenemos recuerdos y recolectamos aprendizajes de frustraciones, de alegrías o de anhelos.  En fin, una historia y una proyección enmarcada en olores, colores y climas característicos de un espacio material delimitado.  

Como seres sociales que somos, pertenecer a un grupo humano que se nos asemeja, nos brinda tranquilidad y comodidad, sobre todo cuando se comparte en un lugar habitual.

Todos los sentidos se accionan cuando entramos en un territorio familiar: el olor a la casa de la abuela, el color del sol a través de la ventana de la oficina, la rugosidad astillada de un escritorio, un desubicado desnivel en el piso. Así se alimenta nuestra convicción de pertenecer a un lugar que conocemos en detalle y lo sentimos propio y compartido.  Marc Augé definió como “lugares antropológicos” a esos lugares donde se da el encuentro personal, que no es solo proximidad física, pero que necesita de ella.

EL NO LUGAR

Hace cuatro décadas, el precitado antropólogo francés definió a los “no lugares” -en contraposición a los “lugares antropológicos”- como aquellos espacios intercambiables en los que las personas permanecen anónimas.  “Si un lugar puede definirse como lugar de identidad, relacional e histórico, un espacio que no puede definirse ni como espacio de identidad ni como relacional ni como histórico, definirá un no lugar”. Espacios de transitoriedad que no tienen excesiva importancia más que para el consumo. Un shopping , un aeropuerto, una habitación de hotel o un ascensor en Buenos Aires puede ser muy semejante a otro en Madrid o en San Pablo. Podemos transitarlos con otras personas, pero no hay real encuentro. Así “como los lugares antropológicos crean lo social orgánico, los no lugares crean la contractualidad solitaria”.

En su momento este neologismo nos puso frente a la despersonalización en las grandes ciudades y de los lugares de paso, sin raíces.

Tan importante es el lugar físico en el que se habita que uno de los castigos históricos inmediatamente más próximos a la pena capital era el destierro. Además del deshonor público, alejar al ser humano del lugar donde transcurrió su historia personal y familiar era casi como matarlo.

LAS MISMAS CUATRO PAREDES

Ya hace tiempo que se ve con cierta ilusión como los países desarrollados tendían al teletrabajo, la educación a distancia y todo de tipo de trámites online. Sin moverse de casa, con todas las comodidades.

Más de un año de experiencia en la “nueva anormalidad” nos permite hacer una reflexión más o menos fundamentada sobre las implicancias de transitar casi exclusivamente la vida social –especialmente la institucional- por espacios virtuales.

Una zona de la propia casa pasó de ser exclusivamente vivienda, a ser, al mismo tiempo, escuela, universidad, empresa, banco, fábrica y sala de juegos. Todo entre las mismas cuatro paredes. De un día para el otro los lugares cotidianos de encuentro y trabajo pasaron a ser un recuerdo. No solo queda invadido el espacio íntimo que antes estaba reservado para la familia sino que los lazos con las instituciones que albergan el pasado, la labor y los proyectos comunes comienzan a desdibujarse. El vínculo siempre queda mediatizado por el aparato. Sujeto y pantalla. Sujeto a la pantalla. Todo en un mismo lugar, sin otro vínculo sensorial más que la vista de una imagen digitalizada.

El no lugar del que hablaba Augé, que parecía ser el extremo de la incomunicación, fue superado por este nuevo espacio multifunción que sume a la persona en el individualismo.

 

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