La Prensa
DESDE MI PUNTO DE VISTA

La purga no era una película

Un grupo minúsculo de empresas conocido vulgarmente como redes sociales domina la gestión de la comunicación digital del planeta. Para que estas empresas funcionen, otro grupo de empresas les brinda unos servicios secundarios: conectividad, alojamiento, financiación. Con gran eficiencia, todo este conglomerado de empresas perfecciona su negocio y transforma esas comunicaciones en un sistema de mapeo de sus usuarios de manera de tener un conocimiento gigantesco de cada uno de ellos, como si se tratara de un Demiurgo colosal. Producto del éxito desmesurado de este Demiurgo, la cosa enloquece bastante y ahora no se sabe bien en qué consiste el negocio: si en brindar servicios de intercomunicación entre individuos o, más bien, brindar a los individuos mismos como productos. Codificados, organizados, empaquetados y en la góndola. 

No hay que ir mucho para atrás en la memoria para encontrar el tiempo en el que las redes sociales o sus antecesores, los medios digitales o las comunicaciones interpersonales digitalizadas, eran un servicio ascético. Las personas los contrataban para hacer un uso pasivo como leer un diario, una newsletter; o bien una participación más activa como mandar un mensaje, escribir en algún blog o formar parte de algún grupo al que voluntariamente se sumaban.

La increíble y brillante capacidad del Demiurgo convirtió a esas acciones en un paraíso de servicios, conocimiento, intercambio, generación de riquezas, hedonismo, placer, comunicación y acumulación de información. Además todo es brindado gratis o muy barato, sencillísimo de usar, amigable, amable. Imposible no fascinarse, es un paraíso maravilloso del cual nadie quiere salir. Un solo pequeñito detalle: el Demiurgo se cobró la membresía con la codificación vigilada de la vida de los usuarios y adquirió un insólito poder.

No somos libres

Las personas son en parte dueñas de huir del paraíso, vale decir, pueden dejar de usar Tinder o salirse del grupo de Whatsapp de egresados del colegio. Pero no pueden evitar que fluyan por el paraíso las expensas, los turnos médicos, las facturas de servicios, las cuestiones laborales o las informaciones bancarias. Es decir que libres, lo que se dice libres no son. Tampoco es que haya mucha gente queriendo volver al neolítico, digamos todo. Pero desterremos, para ser honestos, esa idea de que los usuarios son habitantes voluntarios del paraíso digital porque no es real. El si quiero me voy no existe y el ostracismo no es opción.

El control y la centralización produjeron una socialización tecnológicamente mediada. Esa mediación produjo datos y esos datos se convirtieron en oro. Ahora las personas y todos los datos que de ellas emanan, son una mina interminable. La Big Data puede estar al servicio de los usuarios pero al mismo tiempo son los usuarios la savia que alimenta al Demiurgo y con eso establece conductas, estamentos de consumo, patrones sociales, económicos o políticos que puede manipular. Todos esos casilleros en los que el Demiurgo nos coloca nos privan de algo fundamental para el conocimiento: el cuadro general, eso que llamábamos contexto.

Esto no responde a un accionar malvado, es la forma más eficiente de organizarnos como los productos que somos, en la góndola. Así nos pasa que las plataformas de streaming nos ofrecen siempre lo mismo, lo que tiene “el 90% de coincidencias para ti”. Es como una endogamia cerebral en la que es muy difícil que circule una información que no le sea funcional al Demiurgo. Y hay que reconocer que, sumidos en este sistema, tenemos un enorme confort.

Desgracia con suerte

Ahora bien, algo muy disfuncional ocurrió, una desgracia con suerte. La cancelación del presidente de Estados Unidos y de todos sus mensajes, de sus seguidores y de quienes hagan alusión a su existencia misma. Ese intento brutal de borrar a una persona del paraíso e impedirle por todos los medios su existencia digital, generó una terrible alarma en el vergel. Masivamente los usuarios sintieron la asfixia y empezaron a buscar alternativas.

Parler fue el primer camino alternativo y la primera víctima. En una operación coordinada los gigantes se ensañaron con la empresa quebrando contratos y exponiéndose a juicios con tal de no permitir su existencia. Otra plataforma que quedó en la mira fue Gab, cuyo tráfico aumentó en 100 veces en pocas horas, provocando un colapso del que aún no se recupera y recibiendo similares ataques. Telegram, la alternativa al servicio de mensajería más importante jamás conocido: WhatsApp, superó también en horas, los 500 millones de usuarios y la cifra no para de crecer. El éxodo se explica en parte por el cambio abusivo en los términos de privacidad, pero sobre todo en la disconformidad de millones de usuarios por un trato que, como quedó demostrado, podrían sufrir ellos mismos si hacían enojar al Demiurgo.

Una a una, fueron apareciendo alternativas a las distintas redes. Muchas de menor calidad y capacidad, pero esto alertó y enojó al coloso. Como un agujero negro, el Demiurgo sumó a bancos internacionales y sistemas de pago como PayPal. A los canceladores guardianes del paraíso se sumaron la inmensa mayoría de los medios, sellos discográficos, aerolíneas, compañías de todo tipo. Un paternalismo psicópata, totalitario y abusador que se extendió como un reguero de pólvora. El Demiurgo se siente tan poderoso que cree que puede decidir qué es bueno o malo para nosotros, sus productos.

Los datos duros muestran que la movida fue demasiado brutal hasta para los cómodamente adormecidos. Una semana alcanzó para que se produjeran migraciones inimaginadas, caídas en la bolsa, miles de daños colaterales. Y, como el mercado no tiene ideología, el Demiurgo antes tan preocupado por el bien y la moral, empezó a recalcular.

El inefable mandamás de Twitter, Jack Dorsey, ensayó una explicación que lo pinta de cuerpo entero: aparentemente, a él le dolía más que a nosotros la paliza que nos había dado. Era muy malo dar palizas y él lo sabía, pero era necesario pegarnos porque era por nuestro bien. Mientras argumentaba como un psiquiátrico violento, otra empresa, Whatsapp empezaba una campaña mediática para retrasar las modificaciones en el servicio de mensajería y lograr explicarlas mejor. El daño estaba hecho.

Oportunidad gloriosa

Se nos abre, en estas horas, una oportunidad gloriosa para recordar que las empresas están para proveernos bienes o servicios, no para evangelizarnos. No necesitamos que una red social nos dicte clases de moral. No son nada más que eso: un grupo de empresas. Si el amasijo de ceos tuvo tanto poder, que de verdad se creyó el cuento del Demiurgo, este es el momento de recordarles que no son más que personas vendiendo cositas. Y que siempre va a existir un mercado alternativo del principal. Los excesos cometidos en su cruzada de cancelación podrían convertir al mercado alternativo en el principal y que se intercambien los roles. Prohibir personas e ideas no hace que desaparezcan. Los dueños de Google podrían googlear un poco para ver miles de ejemplos en la historia. Por ahora las alternativas son bien incómodas pero cuando los incentivos son suficientes, como un mercado enorme y ofendido, el suplente va a aparecer, siempre hay proveedores si hay demanda.

Acá hay un tema que puede hacer fracasar la oportunidad: La comodidad. Fofos y perezosos, sobrealimentados por el Demiurgo, los usuarios están encantados con el cálido letargo del confort vigilado. Y es que va a ser difícil romper la costumbre de tener todo servido en bandeja. Con un poco de suerte, serán muchos los inconformistas que se sientan tan asfixiados como para romper la burbuja, si algo hay seguro es que van a encontrar gente afuera. Y es que ya es mucha la gente harta del veto pasivo agresivo. El Demiurgo niega contenidos, los suprime o los oculta y ya es trabajoso encontrar algo que los CEOs no quieren que se difunda.

Ojo que a la colisión de derechos que, tan patentemente, se expresó en las redes no tiene sentido responder con más paternalismo. Ceder, por comodidad, la protección de nuestros derechos nos trajo hasta acá. Cuestiones como la libertad de admisión de los dueños de las plataformas no deben ser reguladas. Hay un canto de sirenas a ese respecto de los amantes del estatismo, pero eso es una trampa. Son los Estados los generadores del capitalismo de amigos que generan los contubernios de políticos y corporaciones. Nunca los individuos obtenemos el poder en esos maridajes.

Afortunadamente, la infraestructura de internet no es un servicio público, y esa es la razón de su exitoso desarrollo. Son empresas privadas que tienen sus reglas y está en nosotros decidir si ponemos solamente en sus manos nuestros derechos y libertades. Lo que pasó esta semana tiene que servir para empezar a dosificar nuestras comunicaciones y no depender de una sola red, para burlar las normas abusivas con inteligencia y para hacer crecer las alternativas en base a que nadie tenga el monopolio de nuestras comunicaciones.

Los soberbios

Si desciende el uso de las empresas va a descender el volumen de sus ingresos, pueden aguantar un rato pero a la larga la moralina se rinde a los números. Eliminar cuentas es una porquería, pero es una porquería legítima, ahora bien, también es una porquería estúpida desde el punto de vista del reparto de dividendos. El quebranto no es un factor improbable en una empresa y la aceleración de abusos y malos tratos del Demiurgo ha despertado muchos brotes. Ectoplasmas como AOL, MySpace, Napster saludan desde el más allá a los soberbios.

La coordinación de acciones destinadas a sancionar y desaparecer una opinión o a un político (y realmente no importan acá los personajes) demuestra que existe una radicalización ideológica a escala mundial. Una radicalización selectiva, que edita rangos de valores y que premia y castiga según su propia agenda, jamás refrendada por los individuos. Es una teoría estulta decir que no existe colusión y que las discográficas, las empresas de espectáculos y deportes, los bancos, las compañías aéreas, de seguros, los proveedores de satélites y el 95% de las aplicaciones más usadas no coordinaron la cancelación y que todo fue una casualidad de 24 hs.

No solemos darnos cuenta de lo frágiles que son nuestras libertades y las damos por descontadas, pero no. Estamos viviendo aquello que describía Huxley: “La tiranía perfecta tendrá la apariencia de una democracia, pero esencialmente será una prisión sin muros en la que los prisioneros no desearán escapar. Básicamente será un sistema de esclavitud donde, a través del consumo y el entretenimiento, los esclavos querrán su servidumbre”.

Si no se opone resistencia será su perfecta consagración. Lo que se vivió esta semana no fue censura, fue una Purga y se nos vino encima de golpe. Va a requerir mucha paciencia, inteligencia, incomodidad e inconveniencia enfrentarla. Pero sin el esfuerzo de los usuarios no se va a poder resistir.

 

“No me de las gracias, ahora sus traseros son de nosotros… 

si usted quiere salvar a sus hijos, echeme afuera”

The Purge: La Noche de las Bestias