DESDE MI PUNTO DE VISTA

Justicieros anticapitalistas: otra vez entre nosotros

De los agitados días que parió el año 1968, hubo uno que marcó a fuego a Pier Paolo Pasolini. Fue el 1 de marzo cuando miles de estudiantes partieron a primera hora de la mañana a la Facultad de Arquitectura de Valle Giulia, en Roma. La zona estaba tomada por la Celere, la policía antidisturbios. Los estudiantes marcharon hasta las escaleras de la facultad sosteniendo algunas pancartas con consignas contra el sistema que oprimía a los pobres. Fueron en compañía del periodismo que les garantizaba que sus acciones no cayeran en el saco de la indiferencia y el olvido. En el año 1968 estos enfrentamientos se volvieron cotidianos, pero esta vez en particular los jóvenes respondieron a la custodia policial “con una rabia furiosa”, según los cronistas, y lograron ocupar la facultad. La batalla campal de Valle Giulia causó un terrible desconcierto, gracias a la violencia que impactó en el movimiento estudiantil como cebador de lo que sucedería después.

Fue entonces que Pasolini, quien comulgaba ampliamente con la ideología de estos jóvenes, se desmarcó de las generales de los medios y de los artistas y publicó en la revista L’Espresso “El PCI a los jóvenes”, un poema demoledor que sintetizaba el conflicto que existía entre las reivindicaciones clásicas de los trabajadores y las ensoñaciones de los jóvenes que decían representarlas:

Ahora los periodistas de todo el mundo (incluidos los de las televisiones)

les lamen –todavía, creo, se dice así en la jerga universitaria— el culo. 

Yo no, queridos.

Tenés cara de hijos de papá.

Los  odio como odio a vuestros papás.

Que la buena casta no engaña.

Tenés la misma mirada maligna.

Sos miedosos e irresolutos y están desesperados (¡magnífico!), 

pero también sabés cómo ser

prepotentes, chantajistas, seguros y desafiantes:

prerrogativas pequeño-burguesas, queridos.

Cuando ayer en Valle Giulia se liaron a mamporros con los policías,

¡Yo simpatizaba con los policías!

Porque los policías son hijos de pobres.

Vienen de las periferias: campesinas o urbanas, no importa.

Tienen veinte años, vuestra edad, queridos y queridas.

Los muchachos policías

A los que vosotros, con sacro vandalismo de hijos de papá, han apaleado,

pertenecen a la otra clase social.

En Valle Giulia, ayer, se desarrolló, pues, un episodio de lucha de clases: 

y ustedes, queridos, eran los ricos (...)

 

Dos postales premonitorias

Quiso la casualidad que el 29 de octubre pasado tuviesen lugar en Argentina dos acontecimientos paralelos: sendas órdenes judiciales para que fuesen desalojadas dos usurpaciones inmuebles que fueron sabrosamente aderezadas por la progresía oficialista como acciones de reparación social. Se desalojaron los predios de Guernica y Santa Elena y esta afrenta a los pequeños justicieros anticapitalistas nos ha dejado premonitorias postales: 

La de una niña en sus 20, portando ropa y celular de precio equivalente a varias jubilaciones mínimas, flequillo cortísimo que dejaba ver una faz bien cuidada por los cobijos de una vida acomodada. La niña se filmaba y transmitía el desalojo de Guernica llena de ira. Juraba eterno reclamo a una sociedad a la que culpaba de todos los males. Una sociedad que, según la niña y sus compañeros justicieros anticapitalistas, estaba obligada a brindar a cada ser humano una casa y un mantenimiento de por vida.

La niña estaba convencida de que, dado que nuestra legislación expresa que todas las personas tienen derecho a la vivienda, de esto se desprende que es el Estado quien debe proveerla. Un razonamiento equivalente a decir que como toda persona tiene derecho a circular por el país, el Estado debe proveerle un auto, un avión y un barco para tales fines. Lo curioso es que similar sofisma sostenían, también, periodistas y políticos (ya lejanos a sus años pubertos) insuflando el accionar de los justicieros anticapitalistas.

Como si se tratase de un parque temático, las semanas que transcurrieron de la toma de Guernica, fueron un polo de atracción de los justicieros anticapitalistas que concurrieron a sacarse fotos, a llevar los enseres de su caridad y a brindar su esclarecida visión política a los okupas. Poco les importaba entender cómo, de un día para otro, miles de personas imposibilitadas legalmente por la cuarentena y físicamente por la falta de recursos y lejanía, habían florecido en un predio perfectamente cuadriculado. Cómo gente reducida a la abyecta miseria y sin la menor organización había convenido plantarse en medio de un diseño a perfecta equidistancia a resistir. Para la excursión de los justicieros anticapitalistas, no era necesario preguntarse dónde estaban antes, cómo iban a sobrevivir sin trasladarse a trabajar o a conseguir alimentos o medicamentos y donde iban a hacer sus necesidades. ¿Con qué levantarían sus casas? ¿Respetarán la propiedades de los vecinos contiguos? ¿Podrían vender esos lotecitos debido a su extrema necesidad? En fin, que miles de preguntas quedaban sin formularse. Eran preguntas capitalistas y los anticapitalistas no deben hacer el juego a la retórica maldita.

Proyecto Artigas

Algunos cientos de kilómetros más al norte, otro grupo de justicieros anticapitalistas que se habían juramentado luchar contra el agrocapitalismo genocida, habían dado a luz al “Proyecto Artigas” un sofisticado plan de agricultura que por supuesto era ecológico, sustentable y por sobre todas las cosas, anticapitalista. A tales fines había usurpado una estancia valiéndose de una disputa familiar. Como los jóvenes de Valle Giulia, se habían asegurado no pasar inadvertidos, signando como archienemigos a los dueños de la estancia que eran oligarcas capitalistas: ni el mejor novelista hubiera conseguido perfilar antagonistas mejores.

Prontos a mostrar las bondades anticapitalistas, los justicieros se abocaron a mostrar mediáticamente cómo trabajaban la tierra de manera anticapitalista. Amontonados, se ensañaban con unos pedacitos de tierra sin saber ni qué eran ni cómo se usaban las herramientas que habían elegido para tan noble labor. Tan supina ignorancia hizo que no se avergonzaran de subir a las redes las fotos de la imbecilidad. 

Tampoco ellos se preguntaron cómo iban a vivir allí, qué comerían, como estudiarían, trabajarían o se curarían en ese lugar y quién pagaría la energía eléctrica que cargaba sus teléfonos. Estúpidas preguntas capitalistas. Como en Guernica, estaban allí para salvar al mundo de la opresión y para denunciar la injusticia y no para hacerse preguntas tan tendenciosas. Cobró fama el incipiente Proyecto Artigas (que luego vimos que consistía en la muerte del ganado por inoperancia y unos plantines de perejil que no conocieron el esplendor).

El Proyecto Artigas fue otro parque temático, en donde los justicieros jugaban a la reforma agraria, retozaban en una huertita improvisada, se reunían alrededor de los equipos informáticos más caros a criticar a los capitalistas y se hacían traer por la peonada comida y bebida, cantando dulces canciones hasta la madrugada. Los trabajadores de la estancia declararon: “estaban como de vacaciones”. 

El portavoz era otro justiciero anticapitalista, también de cuna privilegiada y existencia acomodada: Juan Grabois, que (de nuevo, porque es consecuente) puso en la palestra la idea del reparto de tierras discrecionalmente, gerenciado por las manos de los justicieros anticapitalistas. La idea de tomar lo que no es propio y repartirlo es una constante en la política nacional, razón por la cual, al Presidente de la Nación no le pareció descabellada la propuesta! Luego del berrinche de Grabois por el desalojo el Presidente debió halagarlo. ¿Será eso aliciente para que vuelva a repetir el “Proyecto Artigas” en algún lugar menos vistoso? Este nutrido grupo de justicieros anticapitalistas contaron con el aval logístico y jurídico de miembros del gobierno nacional y provincial y además con su afectuosa compañía física. 

Hasta la selfie

Mesiánicos de cuna, la niña de Guernica, como el niño del Proyecto Artigas no pensaron en meter a los desposeídos de la tierra en sus casas, la convivencia llega hasta la selfie. No donaron sus dineros ni bienes. Los justicieros anticapitalistas no hacen filantropía con sus herencias. Se perciben militantes, necesarios, contraculturales, vengadores y cancilleres de un grupo (siempre fluído) de subyugados que no entienden lo que es bueno para ellos. ¿Quién no los ha oído con el típico discurso de que los pobres no tienen otra opción que usurpar? Y que, por tanto, hemos de permitirles la entrada sin control a cualquier espacio que les sirva del techo que es derecho. Sin embargo, el discurso se resquebraja, si les pedimos que ese techo sea su propia casa.

En tanto estos juegos se suceden, incoherencias borbotean como para asustar a cualquier persona con dos dedos de frente. Un gobierno de “científicos” dictando órdenes contradictorias que se autoflagela varias veces al día, con toda suerte de prohibiciones y siendo partícipes ellos mismos de la ruptura de las reglas más básicas. Una vicepresidente dueña fáctica de la legitimidad del gobierno que se despega de la falta de rumbo, confirmando nuestras peores sospechas. Se entrampan y seguirán haciéndolo hasta la médula por la sencilla razón de que no hay un plan sensato. 

Las andanzas de estos niños ricos con tristeza (al final la frase tenía mucho sentido) pusieron en jaque la salud, la seguridad, el trabajo y la vida de las personas que quedaron atrapadas en sus delirios revolucionarios. Las personas usadas y tiradas que se utilizaron para atizar las tomas, los trabajadores de la estancia, los vecinos y (como siempre) la policía que pone el cuerpo donde los justicieros arman sus parques temáticos. Ahora el odio es carne entre los justicieros anticapitalistas. Habían decidido plantar cara ante esta sociedad pletórica de desequilibrios, iniciaron una guerra y perdieron en el mismo día dos batallas. ¿Qué pasó con el acuerdo alcanzado con el oficialismo? 

En estas circunstancias, el terremoto político generado por la ansiedad de los justicieros anticapitalistas está volviéndose peligroso. Ante las crisis cada sector busca obtener lo prometido más temprano que tarde, por las dudas. Nadie criticó a Grabois cuando anunció a viva voz que iba a hacer lo que finalmente hizo. Nadie dijo que llevar a las personas como si fueran cosas descartables para tomar terrenos era criminal. Nada, dejaron hacer y cada uno atiende su juego y en este contexto el tribalismo africano triunfa. 

No son gratuitos los juegos de los justicieros anticapitalistas. No es gratis hacer de cuenta que son bribonadas bienintencionadas, porque en este desbarajuste anómico están agazapadas las mechas que encienden los infiernos. Por cierto… ¿no eran niñatos ricos y mesiánicos los que desataron sobre nosotros las peores tormentas pasando a la acción su retórica anticapitalista?