La Prensa
EL LATIDO DE LA CULTURA

La casa de papel

Tendría cerca de diecinueve años cuando me fui a vivir a los libros. Había terminado el secundario hacía no mucho tiempo. Que lo había terminado es un decir porque debía materias. No es que fuera un mal estudiante sino que a aquellos contenidos que no eran de mi interés les bajaba la persiana, ni siquiera hacía el esfuerzo. Eran siempre las mismas: Física, Química, Economía, Matemática y Contabilidad. Aprobaba el resto de las materias con buenas notas pero a las Exactas las había movido a un casillero de mi cerebro, destinado a todo aquello hacia lo cual no tenía consideración. 

Leía Clásicos durante esas horas de fórmulas y ecuaciones. El Quijote, Victor Hugo, Melville, El conde de Montecristo. Tacos gordos, ladrillos que pudieran raptarme de la calamidad de esa lengua fría y sin sangre. Eso representaban para mí las Exactas, materias en lengua extranjera, idiomas que no me interesaba aprender a hablar. 

Por eso gran parte de mi formación en literatura clásica se la debo a las Exactas. Algunos profesores se enojaban porque no prestaba atención. Otros, como no molestaba ni conversaba, me dejaban leer tranquilo. O tal vez me dejaban leer porque me estaban poniendo una ficha, el voto de confianza que le daban al alumno lector rodeado de futuros agrónomos y administradores de empresa. El retador frente a los créditos locales. 

A medida que avanzaba el secundario el ciclo diciembre-marzo-julio se estiraba y más materias —algunas previas de años anteriores—se sumaban a una cuenta que no se terminaba. Con la carga de esa mochila pesada pagaba el precio de mis horas de lectura. 

Dos previas me impidieron comenzar la facultad por lo que durante un año anduve boyando. De regreso a casa una tarde, en la vereda, al lado del canasto de basura encontré dos valijas llenas de mi ropa. La explicación de mi padre fue que no podía seguir allí de esa manera, que debía trabajar o estudiar. Un modesto empleo en un supermercado a dos cuadras fue, en cierta medida, mi primer alquiler, el ingreso que debía generar ante mis padres para seguir viviendo bajo su techo. 

Pero estar bajo un techo no equivale a vivir. 

Las conversaciones entre mis padres y mis hermanos, las reuniones, la dinámica familiar comenzaba a desinteresarme. En la planta alta de aquella casa había un pequeño cuarto de servicio. Había estado vacío durante años. Tenía un cama, una ventana, una mesa de luz y un escritorio. El último tiempo junto a mi familia lo viví ahí, a veces medio escondido como Gregorio Samsa, sin tener que dar explicaciones acerca de hasta qué hora leía o qué comía. No me drogaba, no fumaba, no tomaba alcohol, no veía amigos. Solo leía. En aquella dependencia construí mi casa de papel, un hogar bohemio donde fui feliz sin necesidad de robar ninguna casa de la moneda. Antes de irme físicamente de lo de mis padres, de mudarme a mi primer departamento, tuve esa instancia de parásito inofensivo, esa mediatinta entre vivir solo y vivir acompañado. El cuarto intermedio de la literatura. 

Hace un par de años mis padres se mudaron y decidieron demoler esa casa. Cuando no me hago tiempo para leer o escribir recuerdo ese cuarto y es como si le rezara. Le pido que vuelva de entre los escombros. Amén.