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Los indignados

La gobernabilidad es algo que suele atribuirse al peronismo como algo inherente al poder. Con esa lógica, lo que se explica es que aquellos gobiernos de signo contrario ejercen el poder desde una debilidad, más allá de haber sido legitimados en las urnas. Eso seguramente tenga que ver con el poder de movilización histórico del peronismo, algo que a otras vertientes políticas como el radicalismo les cuesta más. Lo llamativo por estos días no es observar la quietud de las masas peronistas, teniendo en cuenta que están haciendo culto de la verticalidad del Movimiento y las órdenes de no movilizar por la pandemia, sino ver el copamiento de las calles por parte de las expresiones opositoras que hoy nuclea juntos por el cambio y en las que converge una mirada común; el antiperonismo y el antikirchnerismo.

Las consignas se repiten y se multiplican. En diez meses de gestión, de los cuales siete fueron en pandemia, ya hubo nueve marchas en contra del gobierno. Y las concentraciones se distribuyen en todo el país, aunque con un claro epicentro en las grandes urbes como la Ciudad de Buenos Aires, el Gran Buenos Aires, la provincia de Córdoba, el Gran Rosario y Mar del Plata, entre otros puntos neurálgicos. 
A contramano de lo que plantean algunos, esto no significa que el peronismo perdió la calle. Significa que la oposición –política y social- por primera vez en mucho tiempo consolida su protagonismo en el espacio público. Ya no son marchas aisladas. Antes las convocatorias masivas –las espontáneas- se daban en circunstancias muy específicas y con poca frecuencia. Como ocurrió con la muerte del fiscal de la Nación Alberto Nisman. O la conmoción social que provocó el asesinato de Axel Blumberg. También hubo convocatorias motorizadas por sectores políticos que no tuvieron tanto éxito. 

Como sea, hoy eso cambió y el fenómeno de las manifestaciones públicas por parte de otras expresiones no peronistas parece haber llegado para quedarse. Quienes movilizan buscan repetir las marchas en cada feriado para evitar las complicaciones en la vía pública y reunir mayor caudal de gente, intentando marcar las diferencias con el estilo justicialista. Sin embargo, sea feriado o no, el corte de calles está legislado del mismo modo, aunque algunos llamen piquetes a unos y marchas legítimas a otras. 

Es positivo que todos los sectores amplíen su capacidad de movilización. Ese es el primer paso para involucrarse en política; alzar la voz. En ese sentido, es llamativo escuchar a muchos delfines del kirchnerismo llamar golpistas o destituyentes a quienes se manifiestan democráticamente, así lo hagan una vez por mes. Desde la comodidad del sillón no se puede pedir un cambio, así como tampoco se pueden esperar resultados distintos si repetimos siempre las mismas fórmulas. 

El problema central no es el desgaste de unos y otros a partir de las marchas, sino seguir entrampados entre Cristina y Macri en ambos extremos. La experiencia de Alberto Fernández todavía no concluyó, pero la centralidad de Cristina es tan grande que parece difícil imaginar algo distinto a lo que viene sucediendo. En cuanto a la oposición, algo parecido. El ex presidente Mauricio Macri  no parece encaminarse hacia un gesto magnánimo de corrimiento para darles paso a otros actores como el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta. 

Aún en la incertidumbre absoluta que asoma en el horizonte, hay algo claro en el porvenir; urgen vientos de cambio para refundar la Argentina. Si no logran interpretarlo a tiempo ambos sectores políticos dominantes, posiblemente nos enfrentemos a un fenómeno parecido al de los indignados en España. La sociedad lo está advirtiendo. Es sólo cuestión de tiempo.