La Prensa
Mirador político

Poder y anarquía

 

El actual gobierno tiene dos velocidades. Por un lado avanza rápido en las maniobras judiciales para aliviar la situación de Cristina Kirchner y por otro demora las decisiones sobre el resto de la cuestiones de Estado. O las toma espasmódicamente, sin decir agua va. Estas últimas son las que están a cargo de Alberto Fernández.

Los problemas que están empezando a multiplicarse reflejan ese orden de prioridades. Por dar sólo algunos ejemplos de los últimos desaciertos de Fenández: la rebelión policial, la toma de tierras, Vicentin, el arrebato de fondos a CABA, la embestida contra las TICs, etcétera. Todo lo que no tenga que ver con la vicepresidenta o sale mal o se estanca.

El fenómeno no debe ser atribuido al doble comando. El poder es uno solo y lo tiene la vicepresidenta. Controla el Senado y lo hace avanzar como una aplanadora para conseguir sus objetivos. 
El problema reside en que el presidente Fernández dispone de la administración de los asuntos que claramente no son la principal preocupación de la persona que cuenta con el poder real. Por eso después de 10 meses no existe aún, por ejemplo, un programa económico articulado.

Hay antecedentes de otros gobiernos bicéfalos. El más recordado es el de Héctor J. Cámpora. Pero el “tío” estuvo 49 días en la Casa Rosada mientras que Fernández ya pasó los 250.

Menos recordado es el caso de Luis Sáenz Peña, que ocupó la Casa Rosada entre 1892  y 1895. No pudo finalizar su mandato porque Julio Roca, el verdadero dueño del poder, le retiró su apoyo.
A la falta de poder personal y de un gabinete a la altura de las dificultades, Alberto Fernández le sumó otro problema: la desconfianza de los factores de poder corporativo. Los empresarios y la CGT desaparecieron del radar hace ya un par de meses, porque comprobaron que las únicas metas económicas consisten en no pagar las deudas y pisar el dólar. El resto sigue siendo un misterio.
Fernández trata de controlar el nivel de deterioro; no mucho más. Lo que no se entiende es cómo la idea de preservar un “statu quo” adverso, pueda servir para remontar la parálisis económica, porque ahí se acaban sus ideas. Lo pusieron para atajar penales, pero van todos adentro.

En suma, lo que avizoran los agentes económicos es un largo desierto. No habrá inversiones y comienzan a aparecer los nombres de empresas que se retiran en busca de entornos menos adversos.
Naturalmente la escasez de recursos estimulará la puja distributiva como se vio en el caso de la coparticipación porteña. Hay un empobrecimiento creciente y autoridades con un discurso combativo que no creen en el consenso, lo que hace inevitable un aumento de la conflictividad. A lo que hay que agregar que fuerzan más allá de lo razonable el funcionamiento institucional. Cartón lleno.

La falta de cohesión opositora completa un cuadro inquietante, porque lleva a una parte numerosa de la ciudadanía a salir a la calle a protestar aumentando el caos. Pero la solución no la tienen ni los opositores ni los ciudadanos de a pie, sino el oficialismo que debe unificar personería y armar un plan de acción que no sólo le sirva a la vicepresidenta sino a todo el resto de los argentinos. Si el poder no se usa para gobernar, termina desencadenando la anarquía.