La Prensa

Una cuentista para descubrir

Taj Mahal
Por Deborah Eisenberg
Chai Editora. 236 páginas

Quien quisiera simplificar mucho las cosas podría decir que entre los cuentistas hay dos grandes familias: la de los que escriben relatos cerrados, esféricos, directos y punzantes, y aquella otra, hoy habitual, en la que el cuento se parece más a una novela concentrada, ya que se expresa por acumulación (o por tensión más que por intensidad, diría Cortázar), y a partir del desarrollo de personajes, no de situaciones. Sus padres en la literatura moderna podrían ser Poe en el primer caso, y Chejov en el segundo.

A juzgar por este libro, la estadounidense Deborah Eisenberg (Winnetka, Illinois, 1945) pertenece claramente a la segunda familia. Que es la más extendida en la letras anglosajonas desde Henry James en adelante (otro posible padre fundador). Su árbol genealógico es frondoso: incluye al Joyce de Dublineses, a D.H. Lawrence, a Katherine Mansfield, al último Kipling, pero también a John Cheever, William Trevor y Alice Munro, por mencionar algunas de sus ramas.

Elogiada por compatriotas como George Saunders o Lorrie Moore (quien se considera algo así como su discípula), Eisenberg es casi una desconocida en el resto del mundo. Tardó en dedicarse a la literatura (lo hizo cerca de los 40 años) y ha publicado cinco obras de lenta construcción: ella misma confesó que le lleva hasta un año escribir un cuento. Taj Mahal es el primero de sus libros que se traduce al castellano en versión lograda de Federico Falco.

Sus temas son los habituales, los de siempre: amores, desencuentros, recuerdos, olvidos, incomprensiones, vidas reales o soñadas, muertes. Nada singular hay en ellos. La originalidad está en la forma. Quien se interne en estos seis relatos apresurado por llegar al final, por develar un enigma o intriga, saldrá frustrado. Su mérito está en otra parte.

Eisenberg narra por capas, que a veces corresponden a distintos tiempos, a veces a diferentes narradores o protagonistas. Buena alumna de la escuela a la que pertenece, se vale de esas capas para hacer invisible la anécdota que sospechamos está en el centro de la historia que se nos cuenta. Pero como se ha dicho, llegar a ese destino no es lo más valioso que le espera al lector. Lo mejor habrá de ocurrir antes, durante el recorrido. 

Taj Mahal reúne seis de esos cuentos. No todos de igual calidad pero sí bastante parejos en su empleo de un humor ácido pero nunca cruel, en su pintura rápida, irónica, de algún temperamento, en la inteligencia de los diálogos, en la renuencia a caer en lo obvio pese a que trata de las emociones básicas de la vida. ¿El más destacable? Elección arbitraria, caprichosa. Tal vez el que da título al libro en la edición argentina (no así en la original en inglés, de 2018).

Es un cuento que podría ser una novela, o muchas novelas. Se ha publicado el libro de memorias del nieto de un director de cine que en los años "60 fue el centro de una constelación de figuras de aquel Hollywood libertino, a su modo contracultural. Algunas de esas estrellas sobrevivientes se reúnen en el presente del relato, que puede ser esta época, para comer y desmenuzar el libro y cuestionar su exactitud o veracidad. De ese almuerzo participa la hija adulta de una de aquellas actrices, ya fallecida. Vuelan los reproches a la obra, pero también asoma el rosario de amoríos, engaños, traiciones, olvidos y abandonos que modelaron la infancia de la hija de la actriz. Al final, cuando todos se despidan, la mujer se llevará mucho más que recuerdos de un tiempo lejano, pero ya no tan impreciso.