La Prensa
Claves de la posmodernidad

Aborto y batalla cultural ­

 

­Como si la crisis sanitaria, económica y social que atraviesa la Argentina no fuera suficiente, vuelve a ponerse en debate un tema tan polémico como el aborto a partir del protocolo de Interrupción Voluntaria del Embarazo que aprobó la Legislatura porteña. Más allá de lo cuestionable de los alcances que propone la ILE, el telón de fondo excede lo estrictamente vinculado a la salud y esconde una batalla cultural de la que pocos hablan. ­

En simultáneo, el Gobierno Nacional anticipó que enviará al Congreso el proyecto para legalizar el aborto "tan pronto pueda'', a pesar de que Alberto Fernández repitió al asumir su mandato que había "otras urgencias que atender''.­

Repasando lo que dejó la discusión en 2018, se han exhibido múltiples argumentos, de un lado y del otro. Entre ellos, se ha debatido desde el plano científico-médico -si hay o no vida desde la concepción-, desde la óptica de la salud pública -por las mujeres que mueren en abortos clandestinos-, y hasta desde lo ideológico -encerrando a aquellos que se ven representados por el pañuelo verde en el rotulo de progresistas, y enfrascando al colectivo celeste dentro de la derecha, como si la totalidad de unos y otros pudiese reducirse en alguno de los extremos.

Es cierto que la casi totalidad de quienes defienden las dos vidas son religiosos. Lo que no es cierto es que esa mayoría rechaza la interrupción del embarazo por su sola condición de fe. Existen, de modo aislado, argumentos en ese sentido por parte de algunos militantes contra el aborto que son utilizados por aquellos que promueven la legalización del aborto con el objetivo de reducir la discusión al plano que más les conviene; razón o fe. 

Sin embargo, hay un trasfondo muy importante que se está soslayando, que tiene que ver con una batalla cultural que confronta los derechos individuales contra el sentido de comunidad y el reconocimiento de el otro. La inmensa mayoría del colectivo verde lo hace desde ese anclaje, con manifestaciones tales como "es mi cuerpo'', "yo decido'' y otros conceptos que denotan nítidamente el sentido individualista de su lucha, no sólo anulando la intervención del padre en la toma de decisiones sino, lo que es peor, eliminando una vida indefensa en gestación. ­

­

LA OPINION DE GALEANO­

­

En el prólogo Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971, Eduardo Galeano hacía referencia al tema de la siguiente manera: "La población de América latina crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con creces. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia: lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Cada vez queda más gente a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad, donde reinan las máquinas. Las misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan''.­

Y sigue: "Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina; `Combate a la pobreza, ¡mate a un mendigo', garabateó un maestro del humor negro sobre un muro de la ciudad de La Paz. ¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert McNamara, el -entonces- presidente del Banco Mundial que había sido presidente de la Ford y Secretario de Defensa, afirmaba que la explosión demográfica constituye el mayor obstáculo para el progreso de América Latina y anunciaba que el Banco Mundial otorgaría prioridad, en sus préstamos, a los países que apliquen planes para el control de la natalidad''.­

Este texto de Galeano, un escritor de vasta trayectoria vinculada a la izquierda latinoamericana, demuestra que constituye un error enfrascar la discusión en torno a rótulos ideológicos de derecha o de izquierda.­

Está claro que en esta era de posverdad poco importan las verdades o las razones ciertas si se tiene una justificación verosímil que se construye como relato de modo colectivo en un sector determinado de la sociedad, en este caso los jóvenes de clase media acomodada del Area Metropolitana de Buenos Aires.

En esa construcción se ha instalado que ese sector pugna por defender, sobre todo, los derechos de los más pobres, que presuntamente sufren las consecuencias de no tener acceso a un aborto en condiciones dignas. Sin embargo, las organizaciones sociales y los curas villeros, que trabajan y viven en el territorio conociendo la realidad como pocos, han dado testimonio que en los lugares más vulnerables el aborto no es la primera opción ni la más recurrente. Por el contrario, afirman que se trata de casos aislados; la gran mayoría, a pesar de los múltiples inconvenientes que presentan, quieren tener a sus hijos.

Como sea, nadie puede negar la problemática que existe respecto a quienes, por el motivo que fuere, no quieren ser madres y se encuentran en una situación de embarazo no deseado. No se trata de ocultarlo, sino de que el Estado les garantice el acompañamiento adecuado y les brinde las herramientas necesarias para evitar que el descarte de una vida por nacer sea una posibilidad. ­

Hay sectores dentro de los que motorizan las denominadas marchas "pro vida" que limitan su reclamo al Estado al cumplimiento del primer derecho que cualquier ser humano debe tener, que es el derecho a nacer. Sin embargo, en el mediano y largo plazo resulta insuficiente. Es que, una vez garantizado el derecho a la vida, debería militarse con el mismo ahínco para que el Estado se ocupe del desarrollo de esas vidas igualando oportunidades y no dejando -como ocurre hoy- a uno de cada dos chicos sumergidos en la pobreza, muriendo por causas vinculadas al hambre, la desnutrición o los efectos colaterales que puede traer el entorno sanitario.­