La Prensa
ACUARELAS PORTEÑAS

La muchacha del baño público

Desde hace largo tiempo, mucho antes de la aparición del Covid-19 y la pandemia, esta columna ha ejercido una ferviente defensa de la higiene urbana. Siempre remarcamos la ausencia en Buenos Aires de elementos básicos para tal fin: baños públicos. No sólo en las terminales ferroviarias, Retiro, Once, Constitución, Lacroze, que en todo caso se encuentran en territorio federal.

Me refiero a construcciones ad hoc, útiles para quienes recorren las largas avenidas del Barrio Norte, Recoleta o el Microcentro, y confines barriales como Monte Castro, Villa Santa Rita, o ajetreadas concentraciones de modernas torres superpobladas, como Caballito, Belgrano o Palermo.

Luego de una extensa batalla en favor de quienes sufrieron algún apuro de índole gástrica o urinaria en la vía pública, bares, restaurantes u otras opciones gastronómicas, hoy de persianas caidas, se comenzó a notar cierta flexibilización para permitir su uso a solicitud de parte. Los feroces cancerberos defensores del insólito cartel "exclusivo para clientes", fueron algo más flexibles, no sin guardar miradas frías y gesto fiero, gruñendo un "pase" ante cada petición desesperada. 

Claro, debiendo afrontar el usuario, en muchos casos, deleznables condiciones, carentes de mínima comodidad para los fines previstos. En lo personal, confieso que he contado con estrategias diversas para afrontar el trance.

Por ejemplo, si el perentorio llamado interior me alcanzaba en microcentro o cercanías de la avenida Corrientes, contaba con cines o teatros de gran utilidad para esas circunstancias, También los centros comerciales eran un auxilio inapreciable en tales ocasiones. Pero no fueron pocas las veces que, verdad o no, al solicitar a algún encargado pasar presurosamente, encontraba la respuesta estándar: "está clausurado". Y llegar in extremis hasta lograr acceder a esos recintos indispensables para evacuaciones diversas.

La cuarentena extremista decretada, no ha hecho más que agravar cualquier percance de esta índole. Supongamos que se debe concurrir a retirar medicamentos o realizar trámites en lugares  distantes. Antes de salir de su casa, además de contar con la documentación, permisos y credenciales oficiales, resulta imprescindible realizar todo lo necesario para que sus intestinos y vejiga, no le juegen una mala pasada ya que las alternativas antes citadas, no se encuentran disponibles. Y solo algún árbol o estación de servicio son aptos para aliviar urgencias de esta naturaleza.

Debo decir, que en recorridas recientes, he visto a señores muy arreglados y señoras con bolsos cuasi vicepresidenciales, apelar a uno u otro recurso. Por caso, hace pocos días recorriendo la avenida Pueyrredón en dirección de Las Heras, comencé a sentir algúna inquietud que me hizo apurar el paso. Recordé que en el consultorio donde había concurrido, bebi un par de vasos de agua del dispenser sito en el lugar. Por masoquismo o manía, de inmediato comencé a pensar en las cataratas de Iguazú, los Saltos de Moconá y otros sitios de abundante caída de agua que embellecen nuestro país.

En otras ocasiones, salve la situación acudiendo a kioscos solidarios, pero en este tramo la avenida no contaba con ellos. Comencé a observar con interés la abundante arboleda de la zona, dispuesto a arriesgarme a una exhibición poco honrosa, esperando que los transeúntes ocasionales no hicieran recriminaciones extemporáneas, cuando de pronto vi a una muchacha que poco metros más adelante, parecía repartir volantes. Avancé hasta ella, que me recibió sonriente y ante mi acuciante inquietud, me franquó la puerta de un pasillo, informando "mingitorios a la izquierda, inodoros derecha". Sin solicitar mayores detalles y con la premura del caso, logré concretar mi propósito recordando la ingesta de diuréticos en mi dieta química, y exculpando a los humildes vasitos plásticos del consultorio.

Ya con menor inquietud, luego de arreglarme, me dirigi a la muchacha de la entrada. "Me salvaste del escarnio, ¿cuánto te debo ?", le dije mientras llevaba mi mano al bolsillo. "A voluntad", respondió. Dejé un billete en su mano y le pregunté su nombre. "Angela" sonrió al responder.

"Claro" pensé, mientras miraba las puertas internas del emprendimiento. " ¿Pero esto qué es", me inquieté. "Era una casa de sauna y spa que da a Pacheco de Melo. Estos son los vestuarios. Por eso, los baños son tantos" me explicó didácticamente.

"En poco tiempo van a habilitar las duchas, y una o dos bañeras", agregó entusiasmada señalando una puerta verde al final del pasillo. "Sos extranjera, por tu acento digo "arriesgué. "Si, venezolana. Llegamos el año pasado, con mis amigas pensamos irnos este año, pero nos encerraron. Trabajamos en la peluqueria de este lugar. Los dueños se fueron, y nos dejan vivir aquí. Cuando vimos que la gente tenía tantos apuros, empezamos con esto. Vienen hombres y mujeres".

Tomé un volante que decía "Baños públicos. Consultar tarifas". " Eso es para más adelante" aclaró Angela. La saludé y me fuí cavilando. Otra privatización de un servicio esencial.  Que raro que a la inmobiliaria Larreta & Santilli y asociados se le haya pasado. Como en otras ciudades del mundo, Londres, Berlín, Amsterdam, Ginebra, alcanzaría con algunas construcciones básicas en varios puntos estratégicos de la ciudad, para mejorar la vida de muchos porteños. ¿O será que nuestros gobernantes quieren imponer costumbres foráneas ?.

En la isla de Sal, del archipiélago de Cabo Verde, sus habitantes hacen sus necesidades en plena calle. Los únicos baños del territorio insular, estan en los lujosos hoteles del litoral marítimo. Iba  hacia uno de ellos, cuando noté que de pronto una mujer se puso en cuclillas, cubierta por su túnica. Luego ví que otros, (con túnica, vestimenta cotidiana de los nativos sin distinción de género) cada tanto también se agachaban súbitamente. Incluso se saludaban o mantenian animadas conversaciones en portugués. Le pregunté a nuestro guía por esta extraña costumbre. "En las chozas no hay cloacas. Ni baños", respondió. "El único lugar habitable e higiénico es el hotel. Recuérdelo, y goce la playa. Ellos no llegan ahí", me dijo antes de entrar al majestuoso edificio oceánico.

Recordé que en el archipiélago se encuentra refugiado Alex Saab, el testaferro del dictador venezolano Nicolás Maduro, y comprendí que aquél hombre había buscado el destino adecuado. Para quienes se horrorizan de algunas cifras estadísticas de Kenia, Sudán y otros países del continente negro que ya compíten con nuestros relevamientos en materia económica, educativa o judicial, conviene considerar esta africanización cotidiana, en las calles porteñas. 

Dicho sea esto sin desmedro de las laboriosas colectividades de selegaleses, marroquies y migrantes varios, que pululan desde hace tiempo en plazas y arrabales de la ciudad. Donde no suele concurrir la opulenta Victoria Donda, titular del Inadi.