En el centenario de Osvaldo Magnasco
Hace un siglo el 4 de mayo de 2020 fallecía en Buenos Aires el doctor Osvaldo Magnasco. Sus padres don Benito Magnasco y doña Adelaida Raffo habían llegado a nuestro país desde Italia en 1845, cinco años más tarde se habían radicado en Gualeguaychú donde el nació el 4 de julio de 1864. Sus primeros estudios los hizo en el Salto Oriental y luego en Buenos Aires adonde se había instalado la familia en 1870, en el Colegio San Luis y luego en los Lazaristas donde padre Cabanell vicerrector del establecimiento lo inició en los rudimentos del francés, el latín e italiano. Luego en el San José de los padres Bayoneses aprendió latín, se recibió de bachiller en el Colegio Nacional de Buenos Aires.
En las aulas de la vieja Facultad de Derecho de la calle Moreno obtuvo su título en 1887 con una tesis sobre el “Sistema de Derecho Penal” en la que se ocupó de la teoría de César Lombroso "L´Uomo delinquente” que dio a conocer en nuestro medio, a tal extremo que traducida al italiano mereció el reconocimiento del autor que le envió su retrato autografiado, con esta dedicatoria: “El primero que enviaba a la Argentina”. Se presentó al Premio Florencio Varela, su padrino de tesis era el general Mitre, pero el tribunal declaró empatado el mérito y le declaró desierto el premio. Eximio latinista en su momento formuló observaciones a la Divina Comedia que tradujera Mitre, volcó a nuestra lengua obras de Horacio e hizo estudios sobre Virgilio y Ovido entre otros clásicos.
Se inició como diputado por su provincia en tiempo de Juárez Celman desde 1889 hasta 1893, en su banca años después se enfrentó por las falencias de los ferrocarriles ingleses y tuvo una polémica con el ministro Lucio Vicente López sobre el Himno Nacional Argentino cuya integridad defendía. Era un orador brillante reconocido por su elocuencia y versación.
Fue ministro de Justicia, Culto e Instrucción pública de Roca con apenas 34 años, propugnó una reforma del colegio secundario, propugnaba como un adelantado a su tiempo las escuelas industriales, de artes y oficios y las escuelas agrotécnicas. El debate lo enfrentó con Alejandro Carbó que el 18 y 19 de setiembre de 1900 expuso sus argumentos contrarios a la ley, que el ministro defendió el 20, 21 y 22 de ese mes. El resultado de la votación le fue adverso, pero quizás quien más perdió fue la educación pública, por la campaña en contra a través de los medios, renunció al ministerio jurando no volver a la vida pública.
Los parlamentarios de su tiempo reconocieron su palabra, José María Ramos Mejía afirmó: “Nadie como él. Orador fecundo, músico de la palabra, prodigio de sonoridades espléndidas y de una originalidad poderosa; nadie ha manejado como él la elocuencia…”.
Joaquín V. González otro de los que no eran de fácil elogio afirmó: “el más brillante de los oradores argentinos” y Ricardo Rojas afirmó “entre los pocos que merezcan el nombre de verdaderos oradores”.
En esos casi dos décadas hasta su muerte fueron de tiempo para valiosos estudios, para organizador de la Justicia Militar, además de ejercer su profesión con tal mérito que afirma Cutolo se lo conocía como “el pequeño Palacio de Justicia”.
Los restos de Magnasco fueron sepultados en la Recoleta donde fue despedido con sentidas palabras por Mariano de Vedia y Mitre quien habría de evocarlo en su libro sobre Roca y su época. También descansaron los de su esposa Concepción Aguilar, que fueron trasladados años más tarde a Gualeguaychú. Allí un Instituto Modelo recuerda su nombre como el Colegio Nacional de General Belgrano en la Provincia de Buenos Aires.
Con solvencia Jorge Reinaldo Vanossi se refirió a él hace más de una década en términos de estricta actualidad: “Magnasco mantiene vigencia y su acometimiento sigue en pie, si se quiere, realmente, concretar el cambio sustancial que la educación requiere como elemento determinante del saneamiento cultural y filosófico. La Argentina sigue saqueada por la destrucción sistemática de sus bases culturales y la falta de adecuación de sus esfuerzos educativos a los desafíos actuales del progreso. Un legado histórico espléndido se pretende reemplazar por aviesas y pueriles leyendas en biografías “noveladas”. Esa tergiversación genera la confusión que nos abruma; y, ante ello, corresponde volverse a las fuentes para encontrar allí la inspiración que imprima al nuevo rumbo. El estudio científico de la historia requiere de manera insoslayable la aplicación de una metodología específicamente historiográfica, cuyas fuentes principales parten del apoyo documental y del aporte testimonial de primera mano. Lo demás, son pretensiones de best seller que no pasan de ser insustentables y efímeras novelerías, dicho esto con expreso pedido de disculpas a los genuino”.
