La Prensa
2020 AÑO BELGRANIANO

Los granaderos, fiebres tercianas y Rondeau

Resulta interesante en estos tiempos destacar algunos aspectos de la sanidad en el Ejército auxiliador del Alto Perú. Desde el cuartel del Retiro en Buenos Aires habían partido con San Martín los dos primeros escuadrones con ese destino cuando fue designado a mediados de  1813 para reemplazar al general Belgrano al frente de aquella fuerza, de quien dijo dicho sea de paso que en materia militar no era “lo mejor que tenemos en la América del Sur”. 

La partida de San Martín del Ejército Auxiliador del Perú, para ocupar la gobernación intendencia de Cuyo, según el viajero sueco Johan Adam Granner, cuya memoria vamos a seguir y a quien ya nos referimos hace unas semanas la califica como una “desgracia”, y le “fue confiado –según sus palabras- para una desgracia todavía mayor, al general Rondeau, recién llegado del Sitio de Montevideo”.

Después de narrar la marcha hacia el norte y el revés de Sipe-Sipe agrega: “Por las disposiciones que tomo Rondeau visiblemente erróneas, y por la embriaguez de sus oficiales, el ejército sufrió una derrota del naturaleza, que el general, personalmente buen soldado, quedó casi sólo en el campo de batalla, o sostenido únicamente por doce o quince dragones, y hubo de combatir hasta entre las filas enemigas. Los restos de sus tropas se reunieron por fin en Jujuy, adonde llegó el general algún tiempo después y allí encontré yo el ejercito en mi camino al Perú. Poco después el general Rondeau, por disposición del Congreso de Tucumán, fue separado del mando que se confió por segunda vez al general Belgrano, llegado de una misión diplomática desempeñada en Londres”.

La opinión del general Paz

La opinión de Graaner sobre Rondeau es compartida por el general Paz, a quien consideraba “un perfecto caballero, adornado de virtudes y prendas estimables como hombre privado, de ningunas aptitudes para un mando militar, precisamente en circunstancias difíciles como las en que se hallaba”.

La retirada narrada por Paz coincide totalmente con la descripción de Graaner, recorriendo casi en soledad más de ochenta leguas, “sin que en diez o doce días que duró esta travesía, se oyese impartir una sola orden suya, ni invocar su nombre, ni se percibiese el menor acto o disposición de su parte, sino para reparar, para hacer al menos que no fuese tan sensible el desastre que acabábamos de sufrir”.

Sin embargo el severo juicio de Paz, también lo indulta cuando afirma: “Sí por lo que hemos dicho se hubiese de medir el mérito militar del general Rondeau (tan recomendable por otra parte por su moderación, patriotismo y otras virtudes que no se le pueden negar) sería inexplicable cómo este jefe pudo mandar el ejército que sitiaba Montevideo con tanto acierto y gloria”. No duda que el origen estaba que la “insubordinación de los jefes a quienes debía el mando del ejército, y la consiguiente indisciplina, habían influido en su ánimo de una manera tan desventajosa que le faltaba la resolución necesaria para hacerse obedecer, y en tal situación prefiriera (erradamente sin duda) dejar correr las cosas, a verse contrariado con una insolencia de que hay pocos ejemplos”. 

Graaner tuvo oportunidad de conocer personalmente a Rondeau, antes de entregarle el mando a Belgrano y comenta algunas excentricidades: “le hice una visita en su campamento cerca de Jujuy, a cuatrocientas treinta y dos leguas de Buenos Aires, en víspera del día en que esperaba ser atacado. Me recibió en su tienda de campaña donde estaba instalado de una manera verdaderamente oriental, con todas las comodidades de un serrallo. Entre la multitud de mujeres de todo color, me obsequió con dulces, diciendo que en país tan devastado y en vísperas de un día de batalla, debía excusarlo si no podía ofrecerme los placeres que pueden encontrarse en un cuartel general de Europa. Chocado yo por la ostentación que trataba de exhibir su lujo amanerado, le respondí que por el contrario me sentía muy sorprendido ante todo lo que tenía delante de mi, y que recordaba haber visto al libertador de Alemania, general en jefe de ciento veinte mil soldados, la noche precedente a uno de sus días de triunfo, acampado sobre el suelo, al abrigo de un molino de viento y mientras caía una lluvia continua, en la mala estación de un clima muy diferente al del trópico austral”.

Una vez más la severa apreciación de Graaner, coincide con la del general Paz, en las cosas parecidas que vio en el ejercito durante el mando de Rondeau.

En el parte detallado que éste hace de la derrota de Sipe-Sipe el 29 de noviembre de 1814, resultan de interés algunos párrafos, uno de ellos que incluso fue publicado incluso en la Gaceta de Madrid el 2 de mayo de 1815 vale este comentario: “de todos los cuerpos que habían entrado en acción, sólo marchaba ordenado el de granaderos a caballo”, lo que pone de relieve la formación que le había dado el Libertador.
No hace falta insistir en el saldo de una derrota especialmente para el vencido por el aspecto de la moral de la tropa, y los problemas de salud por el clima que podían generar las terribles fiebres tercianas con la llegada del verano y las lluvias.

En el parte del 2 de diciembre Rondeau informa que después del combate de Venta y Media “en que empezó a minorarse nuestro ejército” trató de evitar un ataque sorpresivo y para ello decidió de acuerdo con los jefes marchar a Cochabamba. Y aquí agrega un dato sorprendente el de ocupar “un país benigno y de abundantes recursos donde se repondrían sobre 300 enfermos, cuyos males se agravaban por lo apurado de la estación y la rigidez del clima”. Imaginemos ese número de soldados enfermos que debían ser trasladados en carretas, con mínima asistencia.

Eficaz retirada

La eficaz actuación en esa retirada le cupo según el parte al Regimiento de Granaderos: “con intermedio de algunas leguas cubrió desde el principio la retaguardia del ejército, a cuyo comandante el teniente coronel Juan Ramón Rojas se encargó de recoger a los enfermos y enseres que quedasen en el camino; quien en la escasez de los recursos que nos rodeaban, valiéndose de indias, jumentos, carneros de la tierra, y aún de sus mismos soldados, pudo conseguir que no se perdiese renglón alguno de los que se dejaban, de modo que el enemigo a pesar de sus movimientos en nuestra dirección, no pudo tomar ni un enfermo ni una carga”.
Increíble y heroica actuación la de los granaderos de encargarse de todos los enfermos, si 300 eran pocos días de Venta y Media el 19 de octubre, ni pensar en la cantidad un mes después de la acción de Ayohuma, agregando a ello los que sufrían las enfermedades por causas naturales en las que nada tenía que ver la guerra; como las fiebres tercianas y otros males. Una epopeya más de nuestros heroicos Granaderos a Caballo que descubrimos en las pocas líneas de un documento.

Seguramente se preguntarán que tiene que ver este interregno sin Belgrano en el Ejército del Norte, pero dejemos la respuesta no en nosotros sino en la carta que Tomás Manuel de Anchorena diputado al Congreso de Tucumán, viendo la ineficiencia de Rondeau al frente esa fuerza, le escribió en febrero de 1816 a su hermano Juan José residente en Buenos Aires:

“Ahora han conocido en Tucumán, en todo el Perú y en el ejército, lo que éste [Belgrano] valía; que entendía más de lo que pensaba del arte de la guerra, sin haber estado en ninguna escuela ni al lado de grandes generales; que sus pérdidas fueron casuales, y por falta de hombres que lo ayudasen; y que le energía con que obraba, a que llamaban despotismo, era necesaria para sostener el orden en los pueblos y en el ejército. Claman por él, aún sus mayores enemigos; lo desean por instantes, pero creo que ya es tarde”.