La Prensa
OBITUARIO

Harold Bloom (1930-2019)

Harold Bloom, uno de los dos mejores críticos literarios de nuestro tiempo, murió ayer en un hospital de New Haven. Tenía 89 años y la salud quebrantada desde hacía un tiempo. Enseñó durante más de medio siglo literatura de la imaginación en Yale (la semana pasada dio su última clase). Se consideraba a sí mismo un gnóstico empedernido y un ``formulador crítico de lo sublime''. Tenía una fe inquebrantable en el juicio estético y las jerarquías literarias. Predicó la shakespearología como la más benigna de las religiones. Fue un entusiasta maestro de lecturas. Lo echaremos de menos.

 Había nacido en Nueva York en 1930, en el seno de una familia piadosa y pobre de judíos ucranianos. Escribió más de cuarenta libros (muchos influyentes), miles de artículos y hasta los 500 prólogos de los tomos de la Biblioteca de Chelsea.

 Su obra más conocida -y polémica- fue El canon occidental, toda una referencia para el lector que busca la profundidad y calidad literaria. Publicada en 1994, incluyó una lista de trescientas obras de ficción que el hombre ilustrado ``debe asimilar para llenar el vacío de su soledad''.

 Más que la lista en sí (hay omisiones imperdonables y Bloom terminó renegando de ella), lo importante fueron los conceptos con que la edificó. ¿Cómo saber si una obra famosa es canónica? A menos que exija relectura no podemos calificarla como tal, sentenció. La analogía inevitable es erótica.

 Advirtió a sus colegas que siempre deberían preguntarle respetuosamente ante un texto eminente: ¿Contienes originalidad, sabiduría, exuberancia en la dicción, dominio de la metáfora y profundidad psicológica? Las obras canónicas suelen incluir todas o la mayor parte de las cinco potencias estéticas.

 Hay que destacar que en este ensayo imprescindible no solo quiso enseñar a leer. También sugirió abominar de lo que designaba como la escuela del resentimiento, integrada por esos ``idealistas resentidos que denuncian la competencia tanto en la vida como en el arte''. Sentenció con lucidez que leer al servicio de una ideología es no leer nada. La deconstrucción, el multiculturalismo, la corrección política, el feminismo radical fueron sus enemigos. El mensaje primordial de su vasta creación podría resumirse en una frase: las jerarquías literarias existen y son importantes. 

EL ELITISTA

 El erudito siempre trabajó con materiales excelsos pero Shakespeare fue largamente su favorito (véase  Shakespeare, la invención de lo humano). Podía recitar casi toda la obra del vate inglés de memoria y se jactaba de ser capaz de leer y asimilar un libro de 400 páginas en una hora, según The New York Times

 A pesar de su prosa nerviosa y confusa (por momentos) que propende al aforismo y al panfleto, nunca sus juicios dejaron de resultar interesantes. Naturalemente, fue injusto y arbitrario, como todos los grandes críticos. Sostuvo la tontería de que no hay valores artísticos en la obra de Stephen King y Doris Lessing. Todo hay que decirlo, le gustaba provocar y que lo compararan con Samuel Johnson.

Lo paradójico es que Bloom, el elitista, fue el crítico estadounidense más famoso de su tiempo y muchas de sus obras se convirtieron en best sellers. Le pagaron 1,2 millón de dólares como adelantó por Genio: un mosaico de cien mentes creativas ejemplares (2002).

 Pero por sobre todas las cosas, Bloom fue un polemista valiente que desafió las tortuosas corrientes intelectuales de su tiempo. Al fin y al cabo, a cualquiera que se anime a emitir un juicio sobre el valor estético de un texto -``mejor, peor, igual a''- corre el riesgo de ser tachado sumariamente de aficionado total por la Academia o la mala crítica diarística.

LAS INFLUENCIAS

 Otra obra magnífica que no se puede dejar de recomendar de Bloom es Anatomía de la influencia (2011), que retomó una hipótesis presentada en 1973 y a la que consideraba su ``canto de cisne''. Escribíamos en este diario: ``Ha querido publicar el maestro una reflexión final sobre lo que llama proceso de la influencia. Comenta con pasión y sensualidad (la clave en su procedimiento es pensar las sensaciones) unos treinta autores extraordinarios del canon occidental''.

 ``Entiende Bloom que en literatura la influencia (como la jerarquía) existe. Consiste en la transmisión de un escritor anterior a uno posterior. Lo único que importa a la hora de interpretar -sostiene- es como un poema revisa a otro, tal como lo manifiestan sus metáforas, sus imágenes, su dicción, su sintaxis, su gramática, su métrica, su postura poética. El quid es la lectura creativa errónea. Eso sí, la influencia actúa de manera laberíntica, nunca lineal''. 

 ``El agón resulta el rasgo central de las relaciones literarias. El crítico debe comprender la imitación, debe preguntarse de dónde extrae un gran escritor la idea de... y cómo la perfecciona. Que hay de Faulkner en Onetti, por ejemplo''.

¿YAHVE, EL PERSONAJE?

 Bloom también se interesó en la religión. Quiso ser original pero no evitó el disparate, fruto de una imaginación poderosísima con recaídas en el ateísmo. En El libro de J de 1990, Bloom vio al Dios judeocristiano como un personaje literario, inventado por una mujer.

 En Los nombre divinos postuló, incluso, en que no existe una tradición judeocristiana. Las dos historias, los dos dioses, e incluso las dos Biblias serían irreconciliables. El cristianismo es básicamente politeísta; la Santísima Trinidad es una ardid para ocultarlo. El evangelista Juan fue un antisemita terrible. Definió a Cristo como la hiperbólica expansión del acto de usurpar a su amado Padre, tal como hizo Zeus con Cronos. Adorar a esa invención greocorromana sería como rendirle culto a Hamlet o Don Quijote, exageró.

 En 1991, exploró los misterios de la espiritualidad de su país en La Religión Americana, que sería un fenómeno nuevo y aún en desarrollo, que entremezcla antiguas herejías y acentos decimonónicos y avanza con un triunfalismo inmoderado. ``Sería inexacto considerarla como parte del cristianismo histórico'', advirtió. ``Representa una gran victoria de la imaginación, pero ha generado desgraciadas secuelas políticas y sociales''. Incluye a los mormones y a los bautistas sureños.

 Como se ve, Bloom fue un aguafiestas que llegaba con la mala noticia de que las creencias de los estadounidenses no son en absoluto las que dicen tener. No obstante, entendió con toda sabiduría que la religión no es el opio de las masas, sino más bien su poesía. Una lírica desbordada, buena y mala.


 Digamos, finalmente, que abordar los libros de Bloom -como los de Borges o Ecco- implica sumergirse en una desbordante biblioteca. Lo mismo puede aseverarse del otro sublime crítico de las letras que nos queda, George Steiner.