La Prensa
Acuarelas porteñas

Aumentan los ladrones de bicicletas porteños

Era un buen arquero. En aquella época (los "60), el único modo de acceder a los múltiples partidos de fútbol que se jugaban en los confines de la ciudad, era ser dueño de la pelota, o ser arquero. El primer caso no aplicaba, asi que hubo que hacerse diestro en la defensa del arco propio, para garantizarse diversión los fines de semana. El parque Saavedra y donde hoy se levanta el Parque Sarmiento, eran reducto casi exclusivo de los "grandes". Con apenas doce años recién cumplidos, las posibilidades eran escasas.

Pero a pocos metros se encontraba esa "avenida de paseo" que divide la Capital de los partidos bonaerenses, la General Paz. Con sus amplios senderos divisorios de las vías de circulación existentes por entonces, eran una opción reservada para los excluídos de las canchas grandes. Algunos arbustos delimitaban el espacio para el juego, y un par de bolsos o camperas se transformaban en los arcos. Aquél sábado llegué junto a mi amigo Gustavo, dispuesto a demostrar mis virtudes de guardameta. Después de esperar un rato, apoyé mi bicicleta entre los arbustos y pedí entrar en el "picado" ante las carencias notorias de uno de los equipos. De mala gana, me admitieron y con el correr de los minutos (y los ataques rivales) comenzaron las felicitaciones, hasta convertirme en el héroe de una victoria que antes. parecía imposible. Entusiasmado y sudoroso, al terminar el partido fui en busca de mi amigo, quien estaba en otro juego, pero al remover los arbustos descubrí que la bicicleta había desaparecido. Alguien, aprovechando mi concentración en las gambetas y disparos, había aprovechado la ocasión. Quedé desolado. Las felicitaciones y abrazos de mis ocasionales compañeros me encontraron perplejo. Gustavo, que advirtió mi estado, me propuso ir hasta la oficina policial que estaba en el el cruce de esa frontera de amplios y estatégicos horizontes que se encontraba subiendo una cuesta que me pareció interminable. Nos presentamos al agente que ocupaba el primer escritorio: "Me robaron la bicicleta", alcancé a farfullar antes de desatar un llanto angustiado que en el recuerdo se hace interminable. El hombre, gorra y bigote, se acercó a consolarme con un vaso de agua.

"Era la bicicleta italiana de mi abuelo José" dije amargamente. Me pidió algunos detalles sobre el hecho, y dejé anotada la denuncia en un cuaderno, donde quedó registrado mi nombre y la herida interminable. Como en aquella película homónima del gran Vittorio De Sica, los "ladrones de bicicletas", ya estarían desarmándola o revendiéndola en algúna de las ferias informales de la zona. O se marcharían lejos para camuflarla y hacerla irrecuperable.

Con el tiempo tendría otras bicicletas, pero nada hizo olvidar aquella que le sirvió a mi abuelo para trabajar en su "paese" arrasado, en los años de la primera posguerra. Siempre apetecibles, las bicicletas vuelven a ser, no sólo un vehículo indispensable para trabajar en la actualidad, sino que la superación tecnológica las ha transformado en objetos de alto valor, y apetecibles al hurto. En las últimas estadísticas criminales de la policía de la ciudad, se advierte un notorio crecimiento de este rubro de delitos.

A veces se trata de grupos munidos con algún cortafierro industrial o ganzúas, para las correas metálicas o dispositivos de protección que se han hecho indispensables para los usuarios callejeros que deben dejar su vehículo amarrado por algún motivo. También el gobierno de la ciudad ha exhibido un crecimiento de faltantes en las bicicletas de uso público que disponen los vecinos. Y para los numerosos turistas que usan este medio, brindado en muchos casos por negocios privados, para conocer mejor nuestros barrios, resulta insólito el acecho constante y los incidentes que registran cada vez con mayor asiduidad los prestadores. Según los urbanistas, junto a los monopatines eléctricos que desembarcaron recientemente, son el futuro de la movilidad de las ciudades. Sería bueno que también lo fueran en materia de seguridad, porque la experiencia indica que su masividad, es paralela a la vulnerabilidad. Mas allá de la desolación que produce la vejación de un atraco.