La Prensa
Acuarelas porteñas

Manual de auxilio en actos proselitistas

 

La mañana se presentaba perfecta. Disfrutaba de los mates y la lectura del diario. El clima suave y fresco como anticipo primaveral me inundaban de tranquilidad, mientras Gladys se encargaba fervorosa de hacer la lista de compras para el super. Entonces sonó el teléfono. 

Extendí el brazo y del otro lado me respondió la voz de mi cuñado: "Hola che, vagueando" como siempre, me imagino". "Que tal José -respondí con indisimulada molestia-. Qué temprano, ¿pasó algo?", agregué. "Y, sí. Pasáme con mi hermana". 

Cedí el aparato sin decir palabra, hacia las manos de Gladys, quien lo tomó con su habitual entusiasmo, y se fue a la pieza. Desde allí, comencé a escuchar murmullos cada vez más encendidos, gemidos y risitas. Opté por esperar su regreso, con rostro luminoso. "¡Tenemos asado de campaña!", me informa, y ante mi asombro explica: "Cumple años la unidad básica de José, y como hay un candidato con plata organizaron un asado con todo, para festejar. Hasta contrataron caterin y disc-jockey". 

"Pero que tiene que ver tu hermano, si él a la política no le dio importancia nunca. Además la unidad básica queda en La Matanza", me alarmé.
"Tranquilo -siguió ella mientras se dirigía al placard -. Ahora lo pusieron a cargo de la logística y se encarga de la invitaciones. Es a la una y tenemos que ir a la inmobliaria de la otra cuadra. De ahí sale una combi con los invitados. Siempre dije que le caías bien a José", me espetó con sorna.
"Dale, vestite y vamos. A las 11 nos esperan", me conminó. 

Resignado, tomé un par de mates y me vestí. Salimos rumbo a la camioneta que ya contaba con varios integrantes de la comitiva. Saludamos, y logramos ubicarnos en un asiento doble. Era una combi de alquiler, que realizan viajes diarios, y estaba bastante trajinada. Al subir, el conductor nos advirtió que íbamos a tardar un par de horas. 

Lindo paseo de domingo, pensé mientras Gladys por el celular, le avisaba al hermano que ya estábamos en viaje. En el camino concluí que al fin, se trataba de un asado convidado, que en estos tiempos no es frecuente, y a pesar de que no coincidía con las ideas, me esperaba alguna charla interesante. 

EL CALVARIO

Más relajado, el resto del camino, dormí livianamente, mientras veía en algún parpadeo, un cartel de Turdera, la estación de Ezeiza y el creciente tránsito de los caminos hacia los barrios cerrados de la zona sur. Luego de unas vueltas llegamos. 

Allí empezó el calvario. José no estaba, pero dejó un encargado para recibirnos. Nos miró como su vinieramos de Marte y dijo que estábamos anotados en la mesa seis. Miré, y había infinidad de mesas. Le pedí más indicaciones con nulo éxito. Caminamos en círculos hasta encontrar un diminuto papel que decía seis. Mesa totalmente ocupada por dos familias con chicos que nos sonreían amablemente. La mesa de al lado estaba vacía, y allí nos sentamos mientras chicas y muchachos del caterin nos iban trayendo bebidas diversas, pan y ensaladas. 

Todo bastante auspicioso. Hasta que salió José al escenario y anunció la lista de oradores que abarcaba, desde el primer candidato a concejal, hasta un diputado nacional, sin olvidar legisladores provinciales e intendentes. Como todo consuelo, recibimos una morcilla y un chorizo tristón (semiseco), después de deglutir prolijamente las ensaladas, y cuando faltaban solo cuatro oradores. De la carne, ni noticias. José vino a la mesa para avisar que estaba en camino (el mediodía pasó largamente), y después había un show artístico espectacular.

El que financiaba era su amigo Roberto, candidato a diputado, con quien se conocía de la infancia. Mientras las achuras eran memoria, las bandejas pasaban con rumbo desconocido, hasta que nos llegó el turno y depositaron en el plato unos reducidos trozos de algún ignoto vacuno de la zona. 

El regreso, después de escuchar a los fenómenos artísticos de Virrey del Pino, fue tortuoso. El conductor, evitando pagar peaje, tomó una ruta que nos depositó en Longchamps, ante la airada protesta general.

Tomamos el ferrocarril para volver, y en el viaje fui anotando:

1) Desconfiar de invitaciones espontáneas.

2) Ir con medios propios.

3) Averiguar hoteles y restaurantes en la zona. 

Normas básicas para sobrevivir a los actos de campaña, sean K, M, o la consonante/vocal que se les ocurra.