La Prensa
Acuarelas porteñas

Las exóticas fases del voto nacional

Los días de elecciones son, en mi caso, festivos. Desde aquel lejano "73 hasta el domingo pasado, se trata de ocasiones, que más allá del resultado, permiten descubrir las siempre reveladoras actitudes de la sociedad, en algunos casos exóticas, en otras previsibles, pero siempre igual a sí misma. Un espejo de esta irracional marea humana que integramos cotidianamente, con defectos y virtudes, pero de expresión insoslayable en todos los casos.

En esta oportunidad me dispuse a cumplir mi rutina habitual. Levantarme tarde, tomar mates mientras escucho jazz, tratar luego de acomodar la cama, ducharme, elegir atuendo, llamar a mis hijos para adivinar donde irán luego del rito cívico; y aquí, primera sorpresa. El menor decidió incorporarse al sistema. Primer voto, aunque ya tuvo otras opciones y edad suficiente. Claro, iba a hacerlo en la lejana Munro, localidad del conurbano norte, donde mantiene su domicilio a pesar de los años que vive en Capital. Tenía dudas propias de millenial. ¿El sobre es autoadhesivo, o hay que cerrarlo con la lengua? ¿El DNI me lo escanean cuando ya puse el voto en la urna o antes? ¿Tengo que sellar o firmar algo?
Esclarecidas las incógnitas preferí no pensar el destino de la boleta elegida. Sólo deseaba que embocara la urna. Algo conmovido por esta puntual requisitoria, esperé en la puerta a mi vecina del quinto, mientras se acicalaba. Terminé el cigarrillo y me disponía a quitar unas flores mustias del cantero de entrada, cuando un perfumado vaho cubrió varios metros a la redonda. Era ella.
Nos dirijimos a la avenida Belgrano ya pasado el mediodía, esperando encontrar filas reducidas en nuestras respectivas mesas. ¿Y, ya pensaste a quien votar?, requerí esperando la respuesta habitual ("el voto es secreto"). Lejos de ello tuve que escuchar una extensa lista sobre las incoherencias del sistema electoral, y la mera obligatoriedad del caso. 
"A los que estaban antes, ni loca los voto. Y los que están ahora, mejor que empiecen a hacer las cosas mejor porque lo que hay, no alcanza", me espetó. Sorprendido por su politizado análisis, reiteré: ¿Y a quién vas a votar? "A Rodríguez".

EL FERRETERO
Guardé silencio media cuadra, tratando de asimilar el golpe. ¿Quién es Rodríguez?, pregunté finalmente, luego de apelar a mi deteriorada memoria. "Rodríguez, el dueño de la ferretería. Se postula a jefe de gobierno por un partido vecinal. Prefiero eso a darle el voto a alguno de estos sátrapas. Además me va a hacer descuento para cambiar la grifería del baño", explicó.
Callé, ante tal muestra de pragmatismo electivo y seguimos charlando de trivialidades hasta llegar a destino. Las filas eran largas, y nos dirijimos a nuestras mesas ya memorizadas como así también el número de orden, costumbre que siempre era muy festejada por las autoridades de turno. Hicimos nuestro aporte democrático. 

Al salir decidimos ir a almorzar a algún restaurante étnico, como es de rigor en jornadas comiciales. Vamos a un chino, propuse, pero vino el contragolpe, frío y letal. "No. Los chinos me tienen cansada. Te traen de todo, y vamos seguido. Estoy gorda". 
¿Querrá sushi?, iba a preguntar cuando siguió su admonición: "Ni pienses en japoneses. Caros y traen poco. Me quedo con hambre", finalizó. Recurrí a mi cultura gastronómica, pero ni franceses, árabes, italianos o españoles estaban al alcance del presupuesto. Entonces, surgió como un faro en medio de la tormenta: "Hay uno croata, cerca de casa. Nunca fuimos, probamos?".
Nunca supe si su apellido es serbio, checo o eslovaco. Creo que ella tampoco sabe de dónde proviene esa acumulación de consonantes impronunciable. Ante mi sorpresa, asintió y allí fuimos por la ancha avenida del medio, rumbo al bajo. Desde fuera, nada extraordinario. 

Al ingresar, calidez, buen ambiente y una muchacha rubia de ojos profundamente azules nos ubica cerca del ventanal. En el televisor, advierto que pasan un video mostrando paisajes croatas, bellas playas y montañas. Luego muestran cómo hacen la masa de strudel y otras delicias que íbamos a consumir con el apetito exacerbado de lo nuevo. Luego de unos chorizos ahumados de panceta y solomillo, con chucrut, y los más delicados arrolladitos de repollo y cevapcici, se acerca el propietario para consultar sobre el menú. Aconseja los postres croatas.

Mientras, advierto que los mozos recorren el salón con la camiseta del seleccionado (croata), no puedo dejar de recordar a Sampaoli y compañía. Los postres llegan, y después, ¡hay kraskuvak! Los licores de pera son mi punto débil. Reconozco que el chartreuse es mi preferido, pero el costo de importarlo impide conseguirlo. Me consolé con una copa más de kraskuvak y una charla amable con los dueños del lugar. Clarita, la mesera que atendió al entrar, era la hija. Mientras nos retirábamos, buscaba a esa Marilyn de arrabal, antes de cumplir con el resto de los ritos eleccionarios que faltaban.